El beisbol volvió a Villahermosa como sabe hacerlo: con ruido, con luces y con estadio lleno… pero sin garantizar nada en el terreno.
Desde antes del primer lanzamiento, el Estadio Centenario 27 de Febrero ya respiraba distinto: filas largas en los accesos, familias ocupando sus lugares con calma, vendedores apurando el paso entre pasillos y ese murmullo creciente que anuncia que algo está por empezar.
No fue una apertura cualquiera. Fue una escena completa, con drones iluminando el cielo, fuegos artificiales dibujando figuras sobre la noche húmeda y una grada que no quiso quedarse vacía. La temporada 2026 de la Liga Mexicana de Béisbol arrancó con espectáculo, sí, pero sobre todo con una señal: la gente decidió volver.
En el centro del diamante, Javier May Rodríguez tomó la pelota con esa mezcla de protocolo y exposición que tiene el primer lanzamiento, acompañado por Daniel Gómez Arellano y el cátcher Alan Espinosa, quienes completaron una postal donde el beisbol se cruza inevitablemente con la política pública y la vida cotidiana.
El envío fue limpio, directo al guante, imposible de batear, y aunque el gesto no tenía valor deportivo, sí cargaba una intención clara: aquí el juego importa, pero lo que lo rodea pesa tanto como cualquier entrada. El aplauso no fue por la calidad del pitcheo, sino por lo que representa ver el estadio lleno y activo, funcionando como punto de encuentro en una ciudad que ha aprendido a medir sus espacios.
¡Con un gran espectáculo dimos inicio a la temporada 2026 del Rey de los Deportes en Tabasco!
— JAVIER MAY (@TabascoJavier) April 18, 2026
Lanzamos la primera bola de lo que promete ser uno de los mejores campeonatos de la historia, y disfrutamos de un Lleno total en el Estadio Centenario 27 de Febrero, junto a la afición… pic.twitter.com/h4DgFLhrL8
El acto inaugural también tuvo su propio pulso desde las gradas. Durante la presentación de algunas autoridades, se escucharon rechiflas aisladas que contrastaron con la ovación dedicada a la madrina del equipo, María Fernanda Palma Miramontes, quien sí conectó de inmediato con el público. No fue un episodio que dominara la noche, pero sí una señal clara de algo que el beisbol no esconde: la afición no solo aplaude, también evalúa.
Antes de ese momento, el cielo ya había sido tomado por una coreografía de luces que no es casual ni decorativa, sino parte de una estrategia donde el espectáculo acompaña al deporte para sostener la atención de una afición cada vez más exigente.
En las gradas, las 17 embajadoras de la feria caminaron entre la gente como un recordatorio de que en Tabasco el beisbol nunca ha estado aislado: convive con lo popular, con lo festivo, con esa mezcla de identidades que hacen del estadio algo más que un recinto deportivo.





Donde el juego realmente se explica
El partido comenzó con ese ritmo que distingue al beisbol de cualquier otro deporte: pausado, tenso, lleno de silencios que no son vacío sino expectativa. Y en ese ritmo, la grada se convierte en protagonista, porque ahí se construye otra narrativa que no aparece en la pizarra.
En una de las secciones, entre el jardín izquierdo y el home, Roberto Herrera observaba el campo con una concentración que no admite distracciones, esperando una pelota que todavía no existía pero que sabía que podía llegar. Cuando el batazo se fue de foul, reaccionó con precisión y la atrapó sin estridencias, como quien repite un gesto conocido. Era la número 85 de su colección.
No se trata de una cifra anecdótica, sino de una forma de habitar el juego. Herrera guarda cada pelota, las cuenta, las coloca en un jarrón y, cuando puede, busca que los jugadores las firmen, construyendo una memoria personal que corre paralela a la historia oficial del equipo. Dice que esta puede traer suerte, y lo dice con una convicción que en el beisbol no resulta exagerada, porque este deporte admite esa relación íntima entre el aficionado y el azar.
¡La afición tabasqueña va con todo en apoyo a nuestros @OlmecasTabasco! pic.twitter.com/DOs0p0JCZY
— JAVIER MAY (@TabascoJavier) April 19, 2026
A su lado está su padre, de quien heredó el gusto por el juego, en una escena que se repite sin necesidad de palabras: el beisbol también se transmite así, de generación en generación, sin discursos ni explicaciones.
La grada no solo observa, también interviene. Cuando otra pelota se escapó hacia el jardín derecho, alguien lanzó un grito que desató la risa colectiva: “¡Denle un canasto!”. El estadio respondió de inmediato, no como burla, sino como complicidad, como parte de ese humor que acompaña al beisbol y lo vuelve cercano.
Desde la bocina, el narrador pidió precaución, recordó el riesgo de las pelotas en juego, pero nadie dejó de mirar el aire; la tensión y el peligro forman parte del espectáculo, y el público lo asume como parte del pacto.
El estadio como termómetro social
En las butacas no solo había aficionados locales, sino trayectorias distintas que convergen en un mismo punto. Una pareja llegó desde Palo Mulato, Huimanguillo, repitiendo un recorrido que ya habían hecho la temporada anterior, y en ese regreso hay una lectura más clara que cualquier discurso: cuando la experiencia funciona, se repite.
Otra familia, originaria del municipio de Centro, describió el ambiente como “hermoso”, una palabra sencilla que encapsula algo más complejo: la sensación de pertenencia y de seguridad que permite a las familias apropiarse del espacio.
El análisis deportivo también apareció entre comentarios espontáneos: un equipo que muestra buen bateo, jardineros con brazo fuerte y refuerzos que generan expectativa, especialmente la posible presencia de Luis Enrique Cessa, cuyo paso por Grandes Ligas eleva la conversación en la grada.
Sin embargo, el señalamiento más preciso no tuvo que ver con la alineación, sino con el contexto: esto cuesta. El estadio lleno no es casualidad ni accidente; es resultado de inversión, de logística y de una decisión colectiva de participar. La ecuación es simple, pero exige constancia: sin público no hay espectáculo, y sin espectáculo el beisbol pierde fuerza.
Lo que realmente se jugó esa noche
Antes del primer pitcheo, el cielo iluminado marcó el tono de una noche donde el entretenimiento no es accesorio, sino parte central de la experiencia. La mascota Pochi recorrió el campo manteniendo la energía cuando el juego se detenía, entendiendo que el ritmo no puede caer aunque el beisbol, por naturaleza, se construya en pausas.
Las gradas se tiñeron de verde, azul y blanco, no como uniforme impuesto, sino como expresión de identidad compartida, y en ese gesto el estadio dejó de ser solo un lugar para ver un partido y se convirtió en una extensión de la ciudad.
El arranque de temporada no definió nada en términos de campeonato, pero dejó señales claras sobre lo que está en juego fuera del marcador. El estadio lleno es un síntoma de algo que va más allá del deporte: habla de confianza, de recuperación de hábitos, de espacios públicos que vuelven a ocuparse. El reto, sin embargo, no está en la inauguración, sino en la permanencia, en sostener ese nivel de respuesta a lo largo de una temporada que siempre pone a prueba la paciencia del aficionado.





Cuando la pelota volvió a volar en el Centenario y la gente levantó la vista para seguir su trayectoria, el mensaje quedó claro sin necesidad de discursos: el beisbol sigue vivo porque la gente decidió que así fuera, y mientras esa decisión se mantenga, el ruido del estadio seguirá siendo uno de los pocos lugares donde Tabasco se reconoce a sí mismo sin intermediarios.
El juego, sin embargo, tomó otro rumbo en el diamante. Tigres de Quintana Roo enfrió la noche con un triunfo de 8-2, construyendo la ventaja entrada por entrada hasta romper cualquier intento de reacción temprana. El golpe más duro llegó en el séptimo, cuando un cuadrangular de tres carreras terminó de inclinar la balanza.
La historia no se detuvo ahí. Un día después, el guion volvió a repetirse con otro matiz: Tigres se llevó el segundo juego 6-5 y con ello aseguró la serie inaugural en el Centenario. A diferencia del viernes, esta vez Olmecas sí compitió de frente, tomó ventaja con poder al bat —incluido un cuadrangular de Domingo Leyba que parecía encaminar la noche—, pero el juego se les escapó en los detalles.
En ese terreno donde el beisbol suele castigar más: un wild pitch, un error en la misma jugada y la pizarra que se volteó en el octavo episodio. Tabasco reaccionó en la última entrada, apretó el marcador, pero no alcanzó. El resultado dejó una lectura clara: hay equipo para pelear, pero aún no para cerrar.
Un día después, en el segundo juego de la serie, ocurrió otra escena que también define este arranque, aunque desde otro lugar: la memoria. Agustín “Guti” Murillo entró a la antesala en la séptima entrada y con ese movimiento silencioso igualó una marca histórica: 18 temporadas como tercera base en la Liga Mexicana de Béisbol, cifra que lo coloca junto a Jesús Sommers.
No es un dato menor. Murillo no solo suma años, suma legado: más de 1,400 juegos en la antesala, más de 300 doble plays, y una carrera que ha cruzado equipos, ligas y países. En un inicio de temporada marcado por resultados adversos, su presencia funciona como recordatorio de algo que el beisbol siempre deja: el tiempo también juega, y algunos lo juegan mejor que otros.
Murillo llegó a Tabasco para reforzar la base nacional, pero también para aportar algo menos visible: experiencia en momentos donde el juego se define en una jugada.
Dos juegos, dos derrotas. Y todavía faltaba el domingo.
El domingo terminó de completar el cuadro. En un juego marcado por una pausa obligada por la lluvia en la segunda entrada —como si la propia noche quisiera frenar el ritmo de la serie—, Olmecas llegó a tomar ventaja 2-0, apoyado en un elevado de sacrificio de Randy Romero y una carrera más que encontró el plato tras un descuido defensivo.
El control parecía suficiente, pero el beisbol rara vez se sostiene solo con inercia. Tigres reaccionó tarde, pero con precisión: primero un cuadrangular solitario que rompió la blanqueada en el octavo, después el empate con casa llena y, finalmente, en la novena, los imparables consecutivos que le dieron la vuelta definitiva al marcador para el 4-2. La serie no solo se perdió: se escapó en los últimos innings.
El Centenario se llenó, la ciudad respondió y el beisbol volvió a sentirse propio. Pero la serie dejó una advertencia clara desde el primer fin de semana: la emoción no alcanza para sostener un juego completo. Olmecas mostró momentos, compitió por lapsos… pero Tigres fue más constante. La temporada apenas comienza, pero el mensaje ya está sobre la mesa.
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