BARCELONA, ESPAÑA.— La presidenta Claudia Sheinbaum no fue a Barcelona a escuchar. Fue a proponer.
En la cuarta Cumbre en Defensa de la Democracia, convocada por el presidente español Pedro Sánchez con el respaldo del brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, México presentó tres iniciativas que marcaron la agenda del encuentro: una declaración contra cualquier intervención militar en Cuba, destinar 10 por ciento del gasto mundial en armamento a la reforestación del planeta, y la candidatura de México como sede del foro en 2026.
No es un detalle menor. Sheinbaum había sido invitada al encuentro anterior, en Santiago de Chile, y no asistió. La expectativa acumulada era alta. Lo que entregó fue más de lo que muchos esperaban.



Una voz del sur
El foro reunió a más de 20 países, incluyendo 15 presidentes y primeros ministros: el colombiano Gustavo Petro, el sudafricano Cyril Ramaphosa, el uruguayo Yamandú Orsi, más representantes de Alemania, Austria, Letonia, Ghana y República Dominicana, entre otros. La plenaria final convocó a más de 6 mil militantes y ciudadanos de base que siguieron las palabras de sus líderes a través de pantallas gigantes. No era solo un cónclave diplomático; era también un acto político de masas.
Sheinbaum llegó a ese escenario y eligió hablar primero de identidad. Habló de los pueblos originarios, de la Pirámide del Sol, de Tláloc, de Coatlicue. Habló del general Lázaro Cárdenas y de los republicanos españoles que México acogió cuando el mundo cerró sus puertas. Habló de un pueblo que «ha aprendido a resistir sin odiar, a defender sus derechos sin dejar de respetar a los demás».
Era un discurso construido para un auditorio que lleva años escuchando la retórica del unilateralismo y necesitaba oír otra cosa.
Cuba, el centro
La propuesta más concreta —y la más políticamente arriesgada— fue colocar a Cuba en el centro del debate. Sheinbaum instó al foro a emitir una declaración contra cualquier intento de intervención militar en la isla, a la que describió como «esa pequeña isla del Caribe» que defiende su soberanía con estoicismo.
El resultado fue un comunicado conjunto firmado por México, Brasil y España que expresa «enorme preocupación» por la crisis humanitaria cubana, llama a respetar el derecho internacional y a aumentar la ayuda humanitaria, y reafirma el compromiso «irrenunciable con los derechos humanos, los valores democráticos y el multilateralismo».
Tres potencias de la izquierda global unidas en un texto. Es un espaldarazo a la posición histórica de México sobre Cuba y, al mismo tiempo, una señal clara hacia Washington: el continente no está alineado detrás de la política exterior de Donald Trump, cuyo nombre, sin embargo, nadie pronunció durante el encuentro.
La advertencia de Sánchez
El anfitrión del foro no anduvo con rodeos. Pedro Sánchez advirtió contra «una peligrosa normalización del uso de la fuerza» y disparó contra la ultraderecha con una frase que resume bien el tono del encuentro: «La ultraderecha y la derecha lacaya hacen mucho ruido, muchos tuits. Pero estos ultras no gritan porque estén ganando, gritan porque saben que su tiempo se acaba».
Propuso reformar la ONU y que su próxima secretaria general sea una mujer. También denunció que sin reglas, «la tecnología nos divide», y que los algoritmos premian el odio.
Lula, por su parte, fue más directo: «No podemos despertar todos los días en la mañana e ir a dormir por la noche siempre con el tuit de un presidente amenazando al mundo». No necesitó mencionar a Trump. El auditorio entendió.
La crítica al Consejo de Seguridad de la ONU fue compartida. Lula la articuló con crudeza: los cinco miembros permanentes, creados para garantizar la paz tras la Segunda Guerra Mundial, «se transformaron en los señores de la guerra». La misma institución que tuvo fuerza para crear el Estado de Israel no puede hoy sostener al Estado palestino.
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El elogio que no se esperaba
Mientras el foro se clausuraba, el periodista y analista político israelí Alon Misrahi publicó una reacción al discurso de Sheinbaum que circuló ampliamente: «me arrancó lágrimas de los ojos». Misrahi señaló que México y Estados Unidos «muestran a la humanidad los dos caminos que puede elegir. Violencia vs paz; negación vs reconocimiento; humildad vs arrogancia».
Que un analista israelí elogie la posición mexicana sobre Cuba y el multilateralismo no es un dato anecdótico. Es un indicador de cómo el discurso de Sheinbaum trascendió las fronteras ideológicas habituales del foro.
México propone; el foro escucha. Eso es nuevo. Durante años, la política exterior mexicana operó desde la discreción o la reacción. En Barcelona, Sheinbaum fue proactiva: puso tres temas sobre la mesa y se fue con al menos uno convertido en comunicado conjunto.


La pregunta que sigue abierta es si estas declaraciones se traducirán en acciones concretas o si quedarán como lo que frecuentemente son los comunicados multilaterales: fotografías bien intencionadas sin consecuencias prácticas.
Por ahora, lo que está claro es que la cuarta Cumbre en Defensa de la Democracia cerró con un rechazo explícito a la guerra, a la ultraderecha y al unilateralismo. Y que México, por primera vez en mucho tiempo, no estuvo al margen de esa conversación. Estuvo en su centro.
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