La guerra de los
hijos de Abraham
Un protestante y un judaísta atacan a un islamista. Pide paz un católico. Las cuatro religiones del conflicto más peligroso del siglo.
Héctor I. Tapia | Análisis Internacional | Abril 2026
Desde Abraham nacieron tres religiones. Desde Abraham, una sola guerra.
No es metáfora. Es el mapa de abril de 2026: un cristiano protestante y un judío secular bombardean a un Estado islámico chií. El único que pide que paren es un cura de Chicago que vuela sobre África en papamóvil blindado mientras el Pentágono amenaza a su embajador.
Cuatro hombres. Cuatro dioses que son el mismo Dios. Tres de ellos en guerra.
El escándalo no es la guerra. Las guerras entre los hijos de Abraham tienen cuatro mil años de historia ininterrumpida. El escándalo es la teología que cada uno despliega para justificarla o para detenerla: Donald Trump tuiteando “¡Gloria a Dios!” al anunciar los bombardeos sobre Irán.
Benjamin Netanyahu recitando el Shemá —la oración cardinal del judaísmo— horas antes de ordenar los ataques. Mojtaba Jamenei, el nuevo ayatolá, para quien la guerra no requiere justificación religiosa porque él es la religión: en la República Islámica, el Estado y Dios son la misma cosa. Y el Papa León XIV, desde Camerún, respondiendo a todos con una frase que ninguno de los tres puede rebatir sin contradecirse: “Dios no bendice ningún conflicto.”
Aquí está la ironía que el siglo XXI no sabe cómo procesar: las tres tradiciones que hacen la guerra predican, desde el mismo libro y desde el mismo Dios, que no matarás. La que pide paz es la que, históricamente, más guerras ha bendecido. La última vez que un Papa aprobó explícitamente una guerra fue Urbano II, en 1095, cuando lanzó la Primera Cruzada. Han pasado nueve siglos. Hoy el Pentágono intenta invertir los roles.
Los hijos de Abraham, ¿quiénes son y qué creen?
Conviene saber con quiénes tratamos.
Donald Trump se bautizó presbiteriano, se confirmó en 1959 en Jamaica, Queens, frecuentó durante décadas la Marble Collegiate Church de Norman Vincent Peale —el predicador del “pensamiento positivo”— y en 2020 declaró que ya no era presbiteriano sino cristiano no denominacional: el segmento de mayor crecimiento del protestantismo estadounidense, sin jerarquía, sin dogma central, sin nadie que le diga cómo orar ni a quién rendirle cuentas.
Desde su primer mandato vende Biblias a 60 dólares, declara cruzadas culturales y rodea sus actos de retórica mesiánica. En octubre de 2025, volando en el Air Force One, confesó a los periodistas que no estaba seguro de si iría al cielo. Meses después se retrataría como Cristo sanador.

Benjamin Netanyahu nació en una familia sionista de raíces rabínicas —su abuelo paterno fue rabino y escritor— pero su judaísmo es ante todo cultural y nacional. Come langosta, que la ley kosher prohíbe. Trabaja en Shabat. Va a la sinagoga cuando su cargo lo exige, no cuando su fe lo llama.
En sus discursos cita a Isaías y a los Salmos como quien cita la historia, no como quien ora. Y sin embargo, en junio de 2025, horas antes de que Israel atacara Irán en la llamada Guerra de los Doce Días, fue al Muro de las Lamentaciones. Y antes de la conferencia de prensa que siguió al ataque, recitó el Shemá Israel —”Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno”— la declaración más sagrada del judaísmo, reservada para los momentos de mayor gravedad. La religión que practica poco le sirve, en los momentos límite, como armadura narrativa.

Mojtaba Jamenei es otra categoría. No usa la religión: él es la religión. Clérigo chií duodecimano, hijo del ayatolá asesinado, elegido el 8 de marzo de 2026 por la Asamblea de Expertos bajo presión de la Guardia Revolucionaria, su título es Rahbar —Guía Supremo— y en la República Islámica eso significa que su autoridad es simultáneamente política, militar y teológica. No hay separación posible.
El chiísmo duodecimano cree en una cadena de doce imanes como sucesores legítimos de Mahoma. El último, el Imán Oculto, regresará al final de los tiempos. Hasta entonces, el jurisconsulto supremo gobierna en su nombre. Jamenei no declara la guerra en nombre del Estado. La declara en nombre de Dios.

El Papa León XIV se llama Robert Francis Prevost, nació en Chicago en 1955, es agustino, y lleva menos de un año como pontífice —fue elegido en mayo de 2025 tras la muerte de Francisco, en apenas cuatro rondas de votación.
Durante diez meses mantuvo un perfil relativamente bajo. Luego comenzó la guerra contra Irán, y algo cambió. Sus referencias genéricas a la paz se volvieron directas, urgentes, nominales: señaló a Trump por su nombre. Dijo que Dios no bendice los conflictos. Denunció los “delirios de omnipotencia.” Y siguió volando, esta vez a África, mientras Washington intentaba hacerlo callar.
Hay un dato que ningún cable de agencia menciona y que sin embargo define todo el conflicto: el Papa no tiene feligreses en los países donde está la guerra. En Irán hay entre 2,000 y 6,000 católicos sobre 90 millones de habitantes —menos del 0.01% de la población. En Israel, menos del 1%.
Son comunidades tan pequeñas que resultan estadísticamente invisibles. León XIV habla sin ejército, sin petróleo, sin territorio y sin feligresía en dos de los tres países en conflicto. Y sin embargo es el único al que todos escuchan, todos atacan o todos defienden. Trump lo insulta. Meloni lo defiende.
El presidente de Irán lo protege. La Arzobispa de Canterbury suma 85 millones de anglicanos a su llamado. Habla desde el vacío institucional —y resuena más que cualquiera de los tres que hablan desde el poder.
La única excepción es Estados Unidos. Ahí el Papa sí tiene representación —70 millones de católicos, la comunidad más influyente del mundo occidental. Los mismos que votaron mayoritariamente por Trump en 2024. Los mismos cuyos obispos reprenden hoy públicamente al presidente que eligieron.
Cuatro hombres. El mismo Dios de Abraham. Y una guerra que ninguno de los tres que combaten puede justificar sin traicionar la fe que invocan.
Trump vs. Papa León XIV — 13 al 17 de abril de 2026
Publica en Truth Social una imagen de IA donde aparece como Cristo sanador: túnica blanca, orbe brillante, mano sobre un enfermo. Al fondo: la Estatua de la Libertad y aviones de guerra.
Borra la imagen tras 13 horas. Ante la prensa dice que pensó que era “un médico de la Cruz Roja”. Se niega a disculparse con el Papa. Lo llama “débil en crimen y pésimo en política exterior.”
Declara a la prensa en vuelo hacia Argelia: “No le temo al gobierno de Trump, ni a proclamar en voz alta el mensaje del Evangelio.” Dice que seguirá criticando la guerra.
Giorgia Meloni —aliada europea de Trump— condena sus ataques al Papa como “inaceptables.” Trump rompe con ella. Obispos estadounidenses, incluso conservadores, reprenden públicamente al presidente.
Trump publica una segunda imagen religiosa: Jesús abrazándolo. El vicepresidente JD Vance —católico converso— critica al Papa en Georgia: “Que sea cauteloso cuando habla de teología.”
“Ay de quienes manipulan la religión y el nombre de Dios para su beneficio militar, económico y político.” Lanza palomas al aire frente a la catedral. Bajo escolta militar blindada.
Condena la IA como instrumento de “polarización, conflicto y violencia” —golpe indirecto a Trump. La Arzobispa de Canterbury suma a los 85 millones de anglicanos al llamado del Papa por la paz.
La chispa
La guerra contra Irán comenzó el 28 de febrero de 2026. El conflicto entre Trump y el Papa comenzó después, pero es inseparable de ella.
Durante semanas, León XIV había hecho referencias genéricas a la paz. El tono era el de siempre: diplomático, universal, cuidadoso. Luego algo cambió. Sus palabras se volvieron directas, nominales, urgentes. “¡Basta ya de la guerra!”, suplicó en una vigilia por la paz, denunciando los “delirios de omnipotencia” que buscan la violencia. Acusó a Trump de “arrogancia inadmisible.” Y lanzó la frase que Washington no pudo ignorar: “Dios no bendice ningún conflicto.”
Frente a eso, Trump había estado tuiteando “¡Glory be to GOD!” al anunciar los bombardeos sobre Irán. Dos hombres. El mismo Dios invocado para propósitos opuestos.
La respuesta de la Casa Blanca no fue teológica. Fue política y personal. Trump lo llamó “débil” y “pésimo en política exterior.” Luego, la noche del domingo 13 de abril, publicó en Truth Social una imagen generada por inteligencia artificial: él mismo con túnica blanca, una mano posada sobre la frente de un hombre enfermo, un orbe brillante en la otra mano, la Estatua de la Libertad y aviones de guerra al fondo. La iconografía era inequívoca. Cristo sanador. Trump redentor.

La imagen estuvo en línea trece horas. Las críticas llegaron de todas partes, incluso de su propia base religiosa. Brilyn Hollyhand, ex copresidente del Consejo Asesor Juvenil del Comité Nacional Republicano, escribió: “Esto es una blasfemia atroz. La fe no es un accesorio”.
El obispo Robert Barron —voz conservadora, miembro de la Comisión de Libertad Religiosa de Trump— pidió públicamente que se disculpara. El Arzobispo Paul Coakley, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, emitió un comunicado inusualmente extenso: “El Papa León no es su rival; tampoco es un político. Es el Vicario de Cristo.“
Trump borró la imagen. No se disculpó. Explicó que pensó que era “un médico de la Cruz Roja”.
Al día siguiente publicó una segunda imagen religiosa: Jesús abrazándolo. Y esa misma noche, el vicepresidente JD Vance —católico converso, hombre que encontró la fe de adulto y hace de ella una identidad pública— le dijo al Papa, desde un estrado en la Universidad de Georgia, que “sea cauteloso cuando habla de teología”.
Un católico converso reprendiendo al Papa sobre teología. La geometría del absurdo estaba completa.
Mientras tanto, el Papa volaba hacia Camerún. En Bamenda —epicentro de una guerra civil que lleva casi una década y ha dejado miles de muertos— llegó en papamóvil con cristales blindados, bajo escolta militar, y desde la catedral lanzó palomas al aire. Luego habló: “Ay de aquellos que manipulan la religión y el propio nombre de Dios para su propio beneficio militar, económico y político.”
No mencionó a Trump por su nombre. No necesitó hacerlo.
Cómo cada líder usa —o encarna— su religión en el conflicto
El pentágono llama al nuncio
La guerra tiene frentes visibles e invisibles. El frente visible es Irán. El invisible es el Vaticano.
Mientras el Papa endurecía su postura semana a semana, la tensión entre la Santa Sede y Washington escalaba en silencio. Hasta que dejó de ser silenciosa. Según diversos medios, entre ellos The Free Press, el Nuncio Apostólico en Estados Unidos fue llamado al Pentágono. La reunión fue tensa. El subsecretario de Defensa para Política, Elbridge Colby, advirtió que Estados Unidos tiene el poder militar “para hacer lo que quiera en el mundo” y le ordenó a la Iglesia Católica, sin ambages: “más le vale ponerse de su lado.”
Tanto la vocería del Pentágono como la nunciatura rechazaron esa versión y describieron el encuentro como amistoso. Pero el mensaje había circulado. Y su sola existencia como versión periodística —verificada o no— dice algo sobre el clima entre ambas instituciones.
Conviene detenerse aquí y medir la enormidad del gesto. La superpotencia militar más poderosa de la historia humana convocando al embajador de una institución religiosa para ordenarle que cambie su postura moral. No es una negociación diplomática. Es una intimidación.
Lo que hace aún más insólita la amenaza del Pentágono es su contexto: están intimidando a una institución que no tiene un solo soldado en Irán, que no representa a casi ningún ciudadano israelí y que en el país atacado —Irán— apenas existe como comunidad. El Pentágono no amenaza a un rival territorial. Amenaza a una voz. Y eso dice más sobre el miedo de Washington que sobre el poder del Vaticano.
Y su blanco es una Iglesia de 1,400 millones de fieles en 193 países, que no tiene ejército, que no tiene misiles, que no tiene petróleo. Que tiene, solamente, la autoridad moral que sus actos le otorgan.
La última vez que un Papa aprobó explícitamente una guerra fue Urbano II, en 1095, cuando convocó la Primera Cruzada desde el Concilio de Clermont con la frase “Deus vult” —Dios lo quiere. Nueve siglos después, el Pentágono intenta la operación inversa: que el sucesor de Pedro diga “Deus vult” sobre los bombardeos en Irán. León XIV respondió yendo a África.
El enemigo defiende al Papa
Aquí está el dato que ningún analista geopolítico sabe bien cómo clasificar.
Cuando Trump publicó la imagen de Cristo —él mismo con túnica blanca, orbe brillante, mano sanadora— las críticas llegaron de donde se esperaba: obispos católicos, conservadores religiosos, líderes protestantes. Pero también llegaron de donde nadie anticipaba. El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian —musulmán chií, líder del Estado que EU e Israel bombardean— salió a defender al Papa.
Su declaración en X fue directa: “Su Santidad el Papa León XIV, condeno el insulto a Su Excelencia en nombre de la gran nación de Irán, y declaro que la profanación de Jesús, el profeta de la paz y la fraternidad, no es aceptable para ninguna persona libre.” Y cerró con una frase que vale la pena leer dos veces: “Os deseo gloria por Alá.”
Para entender por qué esto no es una anomalía sino una consecuencia lógica, hay que conocer la teología islámica. En el islam, Jesús —llamado Isa— es un profeta sagrado, uno de los más venerados del Corán. No es el Hijo de Dios —eso el islam lo rechaza— pero sí es el Mesías, el que nació de una virgen, el que obró milagros, el que regresará al final de los tiempos. Retratar a Jesús como disfraz político es, para un musulmán devoto, una ofensa religiosa tan grave como para un católico.
Y entonces la geometría moral del conflicto queda completamente invertida: el “enemigo” iraní y el Papa unido por la misma ofensa. El aliado Vance —católico converso— atacando al Papa. Trump ganó la mayoría del voto católico en 2024. En abril de 2026, sus propios obispos lo reprenden públicamente. El presidente de la nación que bombardea defiende al líder de la Iglesia que el bombardeador ataca.
Desde Abraham, tres religiones. Ninguna de ellas donde uno esperaría encontrarla.
Trump invita al Papa a la celebración del aniversario de EU. El Papa rechaza la invitación. Decisión sin precedentes en la historia del pontificado.
En lugar de Washington, el Papa elige Lampedusa: la isla italiana más pequeña donde miles de migrantes africanos arriban en embarcaciones precarias.
El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos, pero se mantiene unido gracias a una multitud de hermanos y hermanas.
Papa León XIV · Bamenda, Camerún · 16 de abril de 2026Lampedusa vs. Washington
Trump invitó al Papa a Washington. Quería que el primer Papa estadounidense estuviera presente el 4 de julio de 2026, cuando Estados Unidos celebre el 250 aniversario de su independencia. Era una invitación calculada: tenerlo ahí, en el Mall, bajo las banderas, sería una imagen de legitimación que ningún discurso puede fabricar.
El Papa dijo que no. Según el diario estadounidense The National, León XIV habría optado por no visitar Estados Unidos mientras Donald Trump continúe en la presidencia. Una decisión sin precedentes en la historia moderna del pontificado. Ningún Papa había rechazado una invitación presidencial en términos tan explícitos.
En lugar de Washington, el 4 de julio el Papa estará en Lampedusa —la isla italiana de apenas 20 kilómetros cuadrados, en el Mediterráneo sur, donde miles de migrantes africanos arriban cada año en embarcaciones precarias y condiciones inimaginables. Mientras Trump derrame soberbia nacional en el Mall de Washington, León XIV estará en el lugar más pequeño y más olvidado del Mediterráneo, con los más pobres y los más invisibles del mundo.

No es solo un gesto diplomático. Es una declaración teológica sin palabras. Y su significado no se le escapa a nadie: el Papa que nació en Chicago eligió a los migrantes sobre el presidente de su propio país.
El contexto lo hace más afilado aún. Trump ganó la mayoría del voto católico en las elecciones de 2024. Los católicos estadounidenses —unos 70 millones de fieles— fueron parte fundamental de su base electoral. En abril de 2026, sus propios obispos lo reprenden públicamente. La Arzobispa de Canterbury suma a 85 millones de anglicanos al llamado de paz del Papa. Y el Episcopado Mexicano respalda a León XIV mientras advierte que callar ante la violencia es “traicionar el Evangelio.”
La coalición de la paz no tiene misiles. Tiene feligresía.
Lo que Abraham no pudo prever
Desde Abraham nacieron tres religiones. Las tres predican, desde el mismo texto y desde el mismo Dios, que no matarás. Las tres tienen en su centro la idea de que la vida humana es sagrada porque fue creada a imagen de lo divino. Las tres construyeron, sobre esa base, siglos de filosofía moral, de ley, de compasión institucionalizada.
Y las tres están, en abril de 2026, en guerra.
Trump invoca a Dios al bombardear. Netanyahu recita el Shemá antes de atacar. Jamenei declara la guerra en nombre del Imán Oculto. Tres hombres. Tres formas distintas de usar al mismo Dios como munición. Y en el medio, un cura de Chicago que no tiene ejército, que no tiene misiles, que no tiene petróleo, que vuela en papamóvil blindado sobre África y dice, con una sencillez que avergüenza a los tres: “Dios no bendice ningún conflicto.”
El especialista en religión Bernardo Barranco lo sintetiza con precisión quirúrgica: mientras Trump construye una narrativa religiosa para justificar sus disposiciones —usando frases como “Dios lo apoya” o “¡Gloria a Dios!” al referirse al conflicto— el Papa responde con una afirmación que desmonta toda esa arquitectura en seis palabras. No hace falta más.
Hay una pregunta que este conflicto deja flotando y que ningún análisis geopolítico convencional sabe responder: ¿qué dice de una civilización que sus guerras más peligrosas se libran entre los hijos del mismo Dios? ¿Qué dice de la religión que sus líderes más poderosos la usan para justificar lo que sus textos más sagrados prohíben? ¿Y qué dice del mundo que el único en este drama que no usa a Dios como arma sea también el único al que todos atacan, amenazan o defienden según les convenga?
No hay respuesta cómoda. Solo hay una imagen final: el Papa en Bamenda, bajo escolta militar, lanzando palomas al aire. Y Trump en Washington, borrando a Cristo de su celular.
Desde Abraham, tres religiones. Desde Abraham, una sola guerra. Y desde Chicago, un cura que se niega a bendecirla.

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