CDMX.— La tarde cae sobre el estadio Ciudad de México, aunque para todos siga siendo el Azteca. Afuera, las camisetas verdes avanzan como una marea lenta, con ese modo mexicano de convertir la espera en ceremonia. Hay familias, vendedores, policías, banderas, nervios. Y hay una frase que ya no suena a ocurrencia de redes, sino a contraseña colectiva: ¿Y si sí?
México llega al cruce ante Inglaterra con una primera ronda perfecta, el arco invicto y una fe que hace tres meses parecía rota. En la reapertura del estadio, la selección fue silbada tras empatar sin goles ante Portugal. Hoy la misma grada que entonces reclamaba, camina hacia Santa Úrsula como quien vuelve a confiar en alguien que ya lo hizo sufrir.
El futbol mexicano tiene una frontera vieja: el quinto partido. En 1970 y 1986, cuando México fue anfitrión, esa puerta se abrió hasta cuartos de final. Después se volvió pared, expediente, costumbre. Esta vez, el rival es una potencia tasada en 1,360 millones de euros, con historia, músculo y memoria propia en el mismo estadio donde Diego Maradona dejó una herida inglesa que todavía respira.
Javier Aguirre no vende épica barata. Habla de “hacer un juego perfecto” y de entrar en la historia. Lo dice después de una semana incómoda: la amenaza de tormentas eléctricas, las versiones sobre un cambio de horario y el ruido provocado por el ingreso de un influencer apostador al Centro de Alto Rendimiento, donde intentó regalar relojes de lujo a futbolistas. Las piezas fueron devueltas. El barullo quedó.

NOCHE HISTÓRICA
México busca romper ante Inglaterra la barrera que lo persigue.
La fe y el ruido
La selección parece vivir dos partidos antes del silbatazo. Uno ocurre en la cancha, donde deberá cerrar espacios, ganar duelos y resistir los primeros golpes ingleses. El otro ocurre afuera, donde el Mundial se mezcla con seguridad, negocio, política urbana y duelo social. El futbol rara vez es solo futbol. Menos en México. Menos en el Azteca.
La celebración por el triunfo ante Ecuador dejó una sombra imposible de esconder: cuatro personas fallecidas en los festejos alrededor del Ángel de la Independencia. Tres murieron por asfixia y una por una crisis convulsiva que terminó en paro cardiorrespiratorio. Guillermo Ochoa, el portero de seis Mundiales, pidió que el dolor funcionara como advertencia. No hubo frase de ocasión. Hubo una verdad simple: la fiesta también debe cuidarse.
Para el partido ante Inglaterra, 7,500 policías custodiarán el estadio. El dato retrata el tamaño de la expectativa. También el miedo a que la euforia se vuelva desorden. México quiere cruzar una barrera deportiva, pero la ciudad quiere evitar otra noche de estampidas, empujones y descuidos fatales. En el país donde el futbol suele servir como desahogo, también debe aprender a no convertirse en riesgo.
Aguirre prefirió no usar la conferencia para hablar de asuntos que, dijo, no le competen. Ya antes había esquivado pronunciarse sobre los migrantes mexicanos ante las políticas de Donald Trump. “No soy portavoz de los mexicanos, sino el entrenador de la selección”, dijo entonces. La frase pesa porque reduce el oficio, pero también lo desnuda: un técnico puede no hablar de política, aunque el partido lo rodee de política por todas partes.
DUELO DIRECTO
Los antecedentes favorecen a Inglaterra, pero el Azteca cambia el clima.

El rival y la altura
Thomas Tuchel llegó con calma alemana a una ciudad que lo recibió con ruido. Caminó por el Azteca como quien sabe que pisa un archivo sentimental. Para Inglaterra, ese estadio no es neutro. Allí quedaron los goles de Maradona en 1986, la rabia de Peter Shilton, la eliminación, la discusión eterna entre genio y trampa. Tuchel eligió bajarle fuego al pasado: no busca revancha, dijo, porque no es el mismo rival.
Su Inglaterra entrenó en Cantera, blindada, entre música electrónica y pop melancólico. El técnico habló de México con respeto táctico: presión alta, ataque, balón parado, intensidad. También habló de la altura de la Ciudad de México como un obstáculo que puede sentirse durante 15 o 20 minutos, no como una sentencia. Los ingleses llegaron un día antes para adaptarse. No quieren excusas. Quieren control.
México tampoco puede jugar desde la inferioridad aprendida. Raúl Jiménez recordó que enfrente hay un rival histórico, pero sostuvo que el equipo ya demostró que puede competir. La frase tiene fondo. Durante décadas, al Tri lo persiguió el apodo de “ratones verdes”, nacido tras un 8-0 ante Inglaterra en Londres, el 10 de mayo de 1961. Esa etiqueta sobrevivió demasiado. Ahora el partido ofrece la posibilidad de discutirla en el único idioma que el futbol acepta: el resultado.
Los antecedentes no favorecen a México: seis victorias inglesas, un empate y dos triunfos mexicanos. Pero los antecedentes no corren, no saltan, no cierran al segundo poste. Sirven para entender el tamaño de la noche, no para firmarla antes de tiempo. Aguirre lo resumió sin rodeos: si no creyera que puede ganarle a Inglaterra, lo diría. No lo dijo.
CERCO VERDE
La ciudad refuerza seguridad tras festejos con saldo fatal.
El último baile mexicano
El dato tiene un filo simbólico: será el último partido de esta Copa del Mundo en suelo mexicano. Después, el torneo y el negocio cruzarán hacia Estados Unidos. Por eso el Azteca no solo despide un juego. Despide su parte del Mundial con una pregunta enorme en la garganta. No hay escenario más cargado para intentar responderla.
La selección llega limpia de goles en contra, con tres victorias en fase de grupos y una afición reconciliada a la velocidad brutal con la que el futbol perdona. Contra Sudáfrica, Corea del Sur y República Checa construyó la confianza. Contra Ecuador encendió la calle. Contra Inglaterra deberá demostrar que la ilusión no era espuma.
El peligro de estas noches es creer que la historia juega por uno. No juega. La historia acompaña, presiona, asusta, empuja. México tendrá que correr mejor, pensar más rápido y equivocarse menos. Tendrá que usar el estadio sin dejarse devorar por él. Tendrá que convertir el “¿Y si sí?” en plan, no en plegaria.
Cuando ruede la pelota, el Azteca será otra vez ese viejo teatro donde México se mira entero: la alegría, la herida, la desconfianza, la esperanza, el miedo, la policía, la memoria y la pelota. Todo cabrá en noventa minutos. Quizá más. El país no necesita una promesa. Necesita un partido perfecto.
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