PARÍS.— Donald Trump no necesitó la pompa de una ceremonia en Suiza para cerrar, al menos formalmente, tres meses de guerra con Irán. Lo hizo entre copas y aplausos, durante una cena en el Palacio de Versalles ofrecida por el presidente francés Emmanuel Macron, al margen de la cumbre del G-7. El Memorando de Entendimiento de Islamabad —así bautizado en honor a la mediación pakistaní— quedó firmado de su puño y letra, mientras Teherán optaba por la vía electrónica y descartaba, de movida, la ceremonia presencial que estaba prevista para este viernes en Bürgenstock, Suiza.
La secuencia fue casi cinematográfica: el secretario de Estado Marco Rubio entregó el documento, Trump estampó la firma, Macron exclamó “Bravo” y el subjefe de Gabinete Dan Scavino difundió el video en cuestión de minutos. Del lado iraní, el portavoz de la Cancillería, Esmaïl Baghaï, fue igual de directo: el texto “quedó finalizado con la firma de los presidentes” y una ceremonia adicional “realmente no tiene sentido”. Antes de eso, el memorando ya contaba con la firma electrónica del vicepresidente JD Vance y del presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, validada el domingo bajo la supervisión de Trump.
Lo que separa esta firma de un simple gesto protocolar es lo que contiene: catorce puntos que detienen las hostilidades, reabren el estrecho de Ormuz y destraban miles de millones de dólares congelados, pero que dejan exactamente donde estaban —es decir, sin resolver— los dos asuntos que encendieron la guerra en primer lugar. Ni los misiles balísticos iraníes ni el futuro del enriquecimiento de uranio aparecen mencionados en el texto que la administración Trump finalmente accedió a leer ante la prensa, después de días de presión bipartidista por la falta de transparencia.
Esa omisión no es un detalle menor ni un descuido de redacción. Es, según reconocieron funcionarios pakistaníes y confirmaron varias agencias, una decisión deliberada: ambos temas quedaron fuera de la agenda de los próximos sesenta días, reservados para una negociación que todavía no tiene garantías de éxito.

Lo que el memorando sí resuelve, en cifras concretas
El documento —de apenas una página según fuentes pakistaníes citadas por la agencia AP— establece compromisos inmediatos y verificables. Mientras lo que más le importaba a Washington en su narrativa pública queda en el terreno de lo aspiracional, los puntos operativos son contundentes:
Las dos partes declaran el fin “inmediato y permanente” de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano, y se comprometen a no usar la fuerza entre sí. Israel, por su parte, acató el cese pero sin renunciar a su libertad de acción militar en el sur libanés, una salvedad que preocupa a los críticos del acuerdo en el propio Capitolio.
Irán garantizará el paso seguro y gratuito de buques comerciales durante sesenta días, exclusivamente entre el Golfo Pérsico y el mar de Omán. Pasado ese plazo, Teherán negociará con Omán la administración futura de la ruta, lo que en los hechos abre la puerta a que Irán reclame algún tipo de control o cobro sobre el tránsito que hoy es libre. Estados Unidos, en paralelo, levantará su bloqueo naval por completo en un máximo de treinta días.
Washington emitirá de inmediato exenciones para que Irán retome la exportación de petróleo y productos petroquímicos, y pondrá en marcha el mecanismo para liberar activos congelados, dejando que el Banco Central iraní decida cómo emplearlos. A esto se suma el compromiso de armar, junto a aliados del Golfo, un plan de reconstrucción con un piso mínimo de 300.000 millones de dólares.
A cambio de esa apertura financiera, Irán asume la obligación de congelar su programa nuclear actual y colaborar en el desminado del estrecho, dos condiciones que funcionan como garantía mínima mientras se negocia el resto.
El nudo nuclear: una promesa de palabra, no de papel
Aquí es donde el memorando se vuelve más débil de lo que la Casa Blanca quería admitir. Irán reafirma en el texto que no fabricará ni adquirirá armas nucleares, en línea con el Tratado de No Proliferación, y acepta discutir mediante un mecanismo supervisado por el Organismo Internacional de Energía Atómica qué hacer con su material enriquecido. Pero el destino concreto de los aproximadamente 440 kilos de uranio enriquecido al 60% —apenas un escalón por debajo del umbral necesario para una bomba— no quedó zanjado por escrito.
Trump lo resolvió a su manera, apelando a entendimientos verbales que no figuran en el documento: “Tenemos un entendimiento de ciertas cosas sin necesidad de plasmarlo por escrito, y si no lo cumplen, probablemente volveremos a bombardearlos hasta que lo hagan”. Es una amenaza que, dicho sea de paso, suena distinta a la que pronunció hace meses, cuando la presión militar todavía parecía una opción real y no un wishful thinking diplomático.
El giro más llamativo de la conferencia de prensa no fue económico sino retórico. Trump sugirió abiertamente que Irán debería poder conservar cierta capacidad de misiles balísticos, el mismo arsenal que él y su equipo habían señalado en febrero como la justificación central para ir a la guerra, argumentando entonces que esos misiles protegían el programa nuclear iraní y le permitían desestabilizar la región.
“Tienen que tenerlos porque otros los tienen”, dijo el miércoles, casi con resignación. “Los misiles no son el problema, hacen un poco de daño, pero no hacen explotar el planeta”. La frase contrasta, palabra por palabra, con la épica bélica de hace cuatro meses, y alimenta la crítica de que la administración terminó aceptando exactamente lo que antes calificaba de inadmisible.
EL GIRO
Comparativo de las posiciones de Trump entre febrero y junio sobre Irán
Los dos temas que justificaron la guerra en febrero quedaron fuera del memorando firmado en junio.
Fuente: Elaboración propia con declaraciones de Donald Trump y funcionarios estadounidenses
La defensa económica de Trump: el fantasma de Hoover
Lo más revelador de la comparecencia de Trump no fue lo que dijo sobre Irán, sino lo que admitió sobre Estados Unidos. Por primera vez, vinculó explícitamente el cierre del conflicto con el temor a una recesión global, después de que el bloqueo del estrecho de Ormuz disparara los precios mundiales del petróleo. Dijo que no quería que lo compararan con Herbert Hoover, el presidente cuyo mandato quedó sepultado por la Gran Depresión.
“Habría sido más fácil, y habría complacido a un grupo del diez por ciento de la población, pero habría sido un error, y podría haber provocado una depresión internacional”, reconoció. Es un giro de ciento ochenta grados respecto de su postura de hace pocas semanas, cuando sostenía que los precios altos del petróleo “valían la pena” para frenar el programa nuclear iraní y prometía que bajarían rápido apenas terminara la guerra.
Esa frase, leída con la frialdad del tiempo, es la verdadera explicación del memorando: no fue una victoria militar la que empujó el acuerdo, sino el cálculo de que Estados Unidos ya había exprimido lo que podía de su campaña de bombardeos y su bloqueo naval, sin lograr doblegar el control iraní sobre Ormuz ni desactivar la amenaza de una crisis económica más profunda.
Just prior to this evenings dinner at Versailles in France, hosted by President @EmmanuelMacron—President @realDonaldTrump signed the Iran Memorandum of Understanding, once Secretary Rubio received it…
— Dan Scavino (@Scavino47) June 17, 2026
“A pretty key moment in history we are sharing together…” @SecRubio pic.twitter.com/sLYi6G9TM3
Las grietas dentro del propio bando de Trump
No todos en Washington compraron el resultado. Republicanos y demócratas exigieron transparencia durante días, hasta que un alto funcionario terminó leyendo el texto completo a los periodistas, justo después de que Trump defendiera el acuerdo en público. El malestar no se limitó a la falta de información: hay incomodidad concreta con que Irán reciba ayuda económica temprana sin condicionamientos verificables, y con que el lenguaje del memorando pueda limitar el margen de acción de Israel en el Líbano.
Un estratega republicano de política exterior, que pidió anonimato, resumió el sentimiento con una ironía filosa: durante una semana la propia administración pidió atacar a la prensa por difundir “noticias falsas” sobre las concesiones a Irán, para terminar confirmando con su propio memorando que esa cobertura era enteramente correcta.
LOS 14 PUNTOS CLAVE
Compromisos centrales del memorando que detiene la guerra entre Irán y Estados Unidos
El acuerdo final, con 60 días de plazo, deberá resolver uranio, sanciones totales y mecanismo de supervisión.
Fuente: Elaboración propia con información de agencias internacionales y funcionarios de EEUU e Irán
Lo que queda planteado para los próximos sesenta días
El memorando no cierra la negociación: la abre. Todo lo que la Casa Blanca presentó como un triunfo de máxima exigencia —desnuclearización verificable, desarme de misiles, fin del apoyo iraní a milicias regionales— queda formalmente excluido de la discusión inmediata y postergado a un “acuerdo final” cuyo resultado nadie puede garantizar todavía. Mientras tanto, el petróleo ya empezó a reaccionar a la baja y los mercados, incluido Wall Street, celebraron la noticia con cierto alivio, aunque los analistas advierten que la normalización del estrecho de Ormuz será lenta y frágil.
Para Teherán, el memorando es ante todo un respiro económico inmediato: dinero, petróleo y un plazo de dos meses sin nuevas sanciones. Para Trump, es la salida de una guerra que se volvió más costosa en el frente interno —inflación, presión sobre los aliados del mundo MAGA— que en el frente externo. Y para la región, sigue habiendo dos preguntas sin respuesta escrita: cuánto poder de fuego balístico conservará Irán, y qué pasará con el uranio que hoy lo deja a un paso de la capacidad nuclear.
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