ASÍ LO DIJO EL TABASQUEÑO / POR HÉCTOR I. TAPIA / 01/11/26
Meses después de morir mi padre, mi madre me contó, mientras comíamos, que una abeja llevaba semanas visitando la ventana de su recámara.
—Creo que es tu papá. Viene a decirme que está bien. Me prometió que ni muerto iba a dejarme.
Me quedé perplejo. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué? En el Tabasco de mi infancia los muertos nunca terminaban de irse. Seguían entre las pencas de guineo, el pozol y las guayabas. Tal vez les hacemos sitio entre los vivos para no sentirnos tan solos.
Mi abuelo aseguraba haberse encontrado con el diablo. Dormía en su hamaca cuando una mano enorme le agarró el brazo. Nos reproducía el apretón y repetía orgulloso:
—¡Chinga tu madre! ¡Yo soy de Dios, no del diablo!
El espanto desapareció.
Ayer, comiendo pibipollo, mi madre volvió al asunto:
—Héctor, creo que me están espantando. Anoche me movieron la cama.
—¿Y qué hiciste?
—Les menté la madre, como tu abuelito. Y me dejaron en paz.



