ASÍ LO DIJO EL TABASQUEÑO / POR HÉCTOR I. TAPIA / 05/10/26
Tengo un árbol de 44 años. O eso quiero creer. Lo sembré siendo niño, en 1982, en el viejo Parque Tabasco. Nos subie-ron a un camión, nos dieron una planta y allá fuimos, decenas de escolares, entre la ceremonia monumental de aquellos años.
El domingo pensé en aquel niño al ver arrancar una operación que pretende sembrar 2.5 millones de árboles durante octubre en los 17 municipios. Funcionarios y ciudadanos llenaron llanos sin sombra de pequeños troncos. Hay algo extraño en plantar un árbol: uno trabaja para la sombra de un desconocido.
Mi madre y mi suegra, ya mayores, aman las plantas con una devoción que yo no aprendí. Yo llegué después: apenas sé mirarlas. Una ceiba adulta todavía consigue detenerme.
A May lo vi muchas veces tomar al paso un gajito de albahaca y ponérselo en la oreja. Pensé que era una rareza. Quizá decía algo.
Hace unos veinte años regresé al Parque Tabasco y encontré mi nombre escrito en cemento junto a aquella ramita. «Cómo hemos crecido», le dije. Ahora no estoy tan seguro. Si aquel árbol sobrevivió, hizo exactamente lo que debía. Nosotros todavía estamos aprendiendo.
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