En Villahermosa, la muerte salió de los cementerios y se mezcló con los vivos. Caminó entre catrinas, escuchó tamborileros, encontró su rostro en cientos de calaveras y se dejó envolver por el naranja de los cempasúchiles. La capital tabasqueña se preparó para recibir el Día de Muertos con una fiesta que, más que despedir a los ausentes, pareció invitarlos de nuevo a casa.
Desde el jueves 29 de octubre hasta el domingo 1 de noviembre, plazas, museos y edificios históricos se llenaron de expresiones culturales. Hubo altares, música, cine, exposiciones y familias recorriendo espacios que por unos días hablaron un mismo idioma: el de los recuerdos. Porque en Tabasco la muerte también tiene sonidos, sabores y nombres que sobreviven al tiempo.
Cuatro días para recordar
De los museos a las plazas y mercados, así transcurrió la celebración en Villahermosa.
La memoria llega a Plaza de Armas
El Camino de la Memoria, los homenajes a personajes tabasqueños y el cine al aire libre marcan la jornada.
En Plaza de Armas, frente al corazón político de Tabasco, el pasado encontró una manera de volver. El gobernador Javier May Rodríguez inauguró El Camino de la Memoria y el altar Entre catrinas y memorias, dedicado a siete personajes que, desde distintos caminos, ayudaron a escribir la historia del estado y del país.
Allí coincidieron Francisco I. Madero, Gregorio Méndez Magaña y Andrés Sánchez Magallanes, junto a Tomás Garrido Canabal, José Narciso Rovirosa, Carlos Pellicer Cámara y Chico Che. La política, las luchas históricas, la ciencia, la poesía y la música compartieron un mismo homenaje. Sus vidas fueron distintas, pero sus nombres siguen encontrando lugar en la conversación de los tabasqueños.

El mandatario llamó a reencontrarse como familia, como estado y como país a través de las tradiciones. Y el domingo, cuando el Palacio de Gobierno abrió sus puertas para mostrar el altar instalado en su interior, aquella invitación adquirió un sentido cotidiano: las familias pudieron entrar, observar las ofrendas y recorrer un edificio acostumbrado a otra clase de encuentros.
Luz del Carmen Varela Sánchez llegó acompañada de su nieta y celebró que el recinto estuviera abierto al pueblo. Soledad Jáuregui observó los elementos del altar, desde las flores hasta las ofrendas, y encontró una frase que resumía su impresión: «Es muy bonito». A veces la emoción popular no necesita palabras más elaboradas.





La muerte tiene colores
A unas calles de distancia, la celebración tomó otros rostros. La Secretaría de Cultura extendió las actividades por museos, galerías y centros culturales. En la Casa de Artes José Gorostiza comenzó Que vivan las costumbres, mientras el Museo Regional La Cacaotera abrió espacio al Gran Festival de Tradiciones Chontales.
El Museo Regional de Antropología Carlos Pellicer Cámara reunió a más de 40 artistas en Calaveras y Alebrijes, exposición dirigida por Héctor Fernández Martínez. En la Galería Jaguar Despertado, Eduardo Alcántara presentó Tzompantlis, con más de 400 cráneos intervenidos mediante pintura, escultura, cartonería, grabado y otras expresiones artísticas.

La imagen de la muerte dejó de ser una sola. En esas obras apareció multiplicada, transformada por la imaginación de los creadores. También hubo lugar para La Muerte y sus Máscaras, mientras la Quinta Grijalva recibió una muestra de artes plásticas y Memoria que florece, con la participación de estudiantes del CEIBA.
La Comparsa Macabrona 2026 llevó esa imaginación a las calles. Los estudiantes del CEIBA mostraron caracterizaciones y vestuarios preparados durante semanas. La tradición dejó los salones para caminar entre la gente, demostrando que el recuerdo no pertenece exclusivamente a los mayores: también puede heredarse entre disfraces, creatividad y entusiasmo juvenil.
La memoria ocupó la ciudad
Una misma tradición encontró distintas formas de expresión.
Selección de espacios y actividades reportadas durante la celebración del Día de Muertos de 2026.
Tabasco también recuerda
Pero el Día de Muertos no tiene un solo rostro en esta tierra de ríos y antiguas comunidades. En el Parque Museo La Venta, una actividad dedicada a los altares exploró sus expresiones nacionales, yokot’an y mestizas. Fue una oportunidad para reconocer que, detrás de cada ofrenda, existen distintas maneras de entender la vida, la ausencia y la continuidad familiar.
En el Festival Cultural CICOM, FECCI, la memoria encontró otros caminos. Artesanos, productores y cocineras tradicionales compartieron dos jornadas con marimbas, tamborileros, cantantes y hasta rock and roll. La fiesta reunió expresiones antiguas y contemporáneas sin exigirles que se parecieran: todas encontraron un espacio dentro de la celebración.
El sábado por la noche, la Plaza de Armas se convirtió también en sala de cine al aire libre. Las familias acudieron a dos proyecciones organizadas como parte de las actividades de la Oficina de la Gubernatura. La convivencia encontró así otro escenario, entre los edificios del centro histórico y una ciudad que había decidido reunirse alrededor de sus tradiciones.
Siete nombres contra el olvido
La política, la ciencia, la poesía y la música se encontraron en el altar de Plaza de Armas.
Carlos Pellicer Cámara
Poeta tabasqueño cuya obra dio una voz singular al paisaje, la luz y la naturaleza tropical.
Selecciona un personaje para conocer su legado. Los siete fueron recordados en el altar Entre catrinas y memorias, instalado en Plaza de Armas.
Flores para volver
El domingo, lejos de las exposiciones, la memoria conservó su rostro más sencillo. En el Mercado José María Pino Suárez y sus alrededores, las familias acudieron a comprar cempasúchiles y velas. Eran los preparativos para una celebración que, después de ocupar plazas y galerías, terminaría encontrando su lugar más íntimo en las casas y los cementerios.
Las compras transcurrieron con normalidad, bajo la presencia de autoridades del operativo Panteones Seguros. Pero más allá de la vigilancia y el movimiento comercial, aquellas flores y velas hablaban de algo profundamente humano: la necesidad de reservar un sitio para quienes ya no pueden sentarse a nuestra mesa.
Porque hay una diferencia entre levantar un altar para que lo admire la ciudad y preparar una ofrenda para alguien a quien todavía se extraña. Los dos gestos pertenecen a una misma tradición, pero el segundo guarda una intimidad imposible de medir. Una fotografía, una comida preferida o una vela pueden decir lo que muchas veces las palabras no consiguen.
Los que permanecen
Villahermosa vivió así un fin de semana en el que la historia pública y la memoria familiar caminaron juntas. Los personajes del pasado compartieron protagonismo con los recuerdos domésticos; el arte contemporáneo convivió con las costumbres indígenas y mestizas; la alegría de las comparsas encontró sentido junto al recogimiento de los altares.
Este lunes 2 de noviembre, cuando las familias visiten las tumbas, coloquen flores o enciendan una vela, la celebración llegará a su momento más personal. Entonces importarán menos las exposiciones y los grandes homenajes que el nombre de aquella persona cuya ausencia sigue teniendo un lugar en casa.
La música terminará, las flores se marchitarán y los altares serán desmontados. Pero quedarán las historias que cada familia vuelva a contar, las canciones que recuerden a alguien y las costumbres que pasen de una generación a otra. Porque Villahermosa celebró con los vivos para demostrar que sus muertos todavía tienen memoria, nombre y lugar entre nosotros.



