En Tabasco sabemos bien que no es lo mismo tener la razón que parecer tenerla. Y en política, esa diferencia cuesta. Morena, partido que nació con la promesa de terminar con los excesos del poder, enfrenta una prueba de fuego: explicar por qué varios de sus líderes han sido vistos vacacionando en hoteles de lujo en Europa y Asia, justo cuando la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que el poder debe ejercerse con humildad.
No es sólo un tema de gastos, sino de símbolos. Andrés Manuel López Beltrán, hijo del ex presidente y actual secretario de Organización de Morena, fue captado en el Hotel Okura de Tokio, uno de los más exclusivos de Japón.
La noche más barata ronda los 11 mil pesos; la más cara, casi 50 mil. A su lado, el ex jefe de la Ayudantía de AMLO, Daniel Asaf, también vacacionaba. Las imágenes filtradas al periodista Claudio Ochoa Huerta, circularon como pólvora.
Desde Palacio Nacional, Sheinbaum fue tajante: “Siempre el poder debe ejercerse con humildad. Esa es mi posición y siempre va a ser”. No defendió al hijo del fundador del movimiento. Tampoco justificó el viaje. Lo que hizo fue marcar límites. Límites morales, no legales.
JUICIO SIMBÓLICO
Luisa María Alcalde, presidenta nacional de Morena, trató de matizar el escándalo: “No es delito, fue con recursos propios”. Pero lo relevante no era si era delito, sino si era congruente. Y eso es justo lo que se cuestiona. ¿Puede alguien formar parte de un movimiento que promueve la austeridad, y al mismo tiempo disfrutar de cenas de dos mil pesos y tiendas Prada en Tokio?
La respuesta no la dieron Alcalde, ni Andy López, ni Asaf. Tampoco fue el PAN quien los exhibió. Las imágenes y señalamientos provinieron de periodistas, influencers y medios críticos del lopezobradorismo, algunos con abierta animadversión hacia el movimiento.
Pero el golpe no cayó sobre la oposición, sino sobre la base morenista, que vio en esos lujos una traición a los principios que les prometieron. No se trató de una crítica jurídica, sino de un juicio ético.
Muchos votaron por Morena porque representaba algo distinto: la honestidad, la austeridad, la cercanía con el pueblo. Al ver a sus líderes en restaurantes caros, hoteles de cinco estrellas o tiendas de diseñador, lo que sufren no es envidia, sino la indignación de quien confió en una promesa moral. Es la humildad invertida, la medianía juarista que se transforma —por descuido o cinismo— en opulencia morenista.
Incluso los más cercanos, como Gerardo Fernández Noroña, optaron por desviar el debate: “¿Quién decide qué es lujoso? ¿Nos van a pasar lista de hoteles?”. La crítica no era si pueden viajar, sino si deben hacerlo así, con ese nivel de ostentación, cuando buena parte del país —y del electorado— sigue haciendo milagros para comer tres veces al día.
CAÍDAS INTERNAS
El efecto político ha sido inmediato. En cuestión de semanas, se desdibujó la imagen de varios liderazgos que pretendían tener peso dentro de la 4T. Ricardo Monreal, Mario Delgado, Fernández Noroña e incluso Andy López Beltrán, fueron tocados por los escándalos. Y en ese vacío, quien ha salido fortalecida es Sheinbaum.
Sin necesidad de gritar, sin rupturas públicas, la presidenta ha ganado terreno como figura ética del movimiento. No por decreto, sino por contraste. Mientras unos viajan, ella gobierna. Mientras unos aparecen en antros de Ibiza, ella recorre las calles, presenta proyectos, defiende principios.
Morena atraviesa una reconfiguración interna silenciosa, pero profunda. Ya no se trata de quién es más cercano a López Obrador, sino de quién está dispuesto a sostener los valores que le dieron sentido a la Cuarta Transformación. Y en ese terreno, la presidenta parece estar un paso adelante.
VACÍO DE OPERADORES
El problema, sin embargo, no termina ahí. El fortalecimiento de Sheinbaum no es sinónimo de estabilidad inmediata. Como ha ocurrido en otras transiciones tabasqueñas, la soledad en la cima también implica desgaste. Hoy por hoy, la presidenta necesita operadores políticos que compartan su visión y que tengan legitimidad propia. No puede hacerlo todo sola.
Su gabinete mantiene el ritmo, pero fuera de Palacio, pocos tienen rostro reconocido. A excepción de figuras como Marcelo Ebrard u Omar García Harfuch, no hay perfiles con peso político que puedan cargar parte del movimiento, tender puentes con gobernadores, empresarios o sindicatos. Y eso, en el largo plazo, puede volverse un problema.
Desde Tabasco, sabemos lo que ocurre cuando el poder se concentra en un solo actor. O gobierna con todo el respaldo… o enfrenta un aislamiento peligroso. Sheinbaum, hasta ahora, ha elegido lo primero. Pero necesita consolidar un equipo político fuerte que traduzca esa autoridad moral en gobernabilidad real.
EL RIESGO DE LA INCONGRUENCIA
Los viajes y lujos no son un simple escándalo de redes. Son una advertencia de lo que puede ocurrir si se olvida que el poder en la 4T es sobre todo simbólico. Morena no nació para ser un partido tradicional, sino un proyecto ético. Por eso, cada vez que uno de sus cuadros rompe con esa expectativa, se pone en riesgo el corazón mismo del movimiento.
Claudia Sheinbaum lo sabe. Por eso su reacción no fue emocional, sino política. Recuperó la narrativa fundacional: “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. Con esa frase, retomó las palabras de Juárez y de López Obrador, pero también marcó que en su gobierno no habrá espacio para los que confundan el poder con el privilegio.
El reto está en sostener esa congruencia. Porque el desgaste llegará, los adversarios golpearán y los propios errores internos, como los viajes de lujo, seguirán ocurriendo. La pregunta es si Morena tendrá la capacidad de corregirse a tiempo. Por lo pronto, la presidenta ya lo está intentando.
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