Héctor I. Tapia
No fue una semana de coincidencias. Fue una secuencia de señales.
El 18 de abril, la presidenta Claudia Sheinbaum pedía paz en Barcelona ante líderes de gobiernos progresistas. Cuatro días después, el 22 de abril, su gobierno exigía a Washington una explicación formal por la presencia de agentes de la CIA en un operativo en Chihuahua realizado sin autorización federal.
Al día siguiente, 23 de abril, la Cancillería entregaba el extrañamiento formal al embajador Ronald Johnson —el mismo que horas antes había convertido la inauguración de una planta en Sinaloa en una cátedra sobre transparencia y anticorrupción.
Ese mismo 23 de abril, el Departamento de Justicia anunciaba cargos federales contra 47 miembros de la Mexican Mafia en California y Washington aplicaba sanciones económicas contra una red transnacional de precursores de fentanilo con presencia en México.
Cinco días. Una cronología que no admite lectura casual.
El accidente que reveló la operación
El detonador del conflicto diplomático más agudo de la semana no fue una decisión de Estado. Fue un accidente.
Agentes de la CIA participaron en un operativo con autoridades del gobierno de Chihuahua para desmantelar un narcolaboratorio. La operación salió a la luz de forma involuntaria —el fiscal estatal intentó encuadrarla como una “capacitación”— y desencadenó una crisis constitucional que el gobierno federal no podía ignorar.
El 22 de abril, México exigió a Washington una explicación. La Fiscalía General de la República (FGR) abrió una investigación por posible violación a la Constitución y a la Ley de Seguridad Nacional. El 23 de abril, la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) entregó formalmente el extrañamiento al embajador Johnson.
Sheinbaum fue precisa sobre el alcance del problema: “La Defensa no sabía que había personas que no eran ciudadanos mexicanos participando en este operativo”. Ni la Sedena, ni la SRE, ni la Secretaría de Seguridad fueron notificadas. La cadena de mando federal fue eludida por completo —y el eslabón que lo permitió fue un gobierno estatal gobernado por la oposición.

Chihuahua: el flanco panista en el conflicto soberano
El foco institucional recayó sobre la gobernadora panista Maru Campos. Sheinbaum documentó que la Secretaría de Seguridad Pública de Chihuahua había anticipado, hace un mes, que mantenía acuerdos de colaboración con Estados Unidos, con el argumento de que daría aviso a la SRE “de manera paralela”. La presidenta cuestionó esa lógica sin concesiones: “¿Cómo de manera paralela, si es una obligación notificar para que la Cancillería autorice?”
La mandataria convocó a Campos, al fiscal y al secretario de Seguridad estatal a dar explicaciones, y encargó al secretario Omar García Harfuch reunirse con la gobernadora para revisar los términos de los acuerdos celebrados con Washington. Sobre una posible destitución del fiscal de Chihuahua, Sheinbaum fue puntual: “Eso tiene que determinarlo la gobernadora y el Senado”.
Legisladores de Morena acusaron a Campos de traición a la patria. El PAN rechazó que la gobernadora compareciera ante el Senado —postura que Sheinbaum calificó como expresión de una “visión de subordinación” enraizada en la lógica calderonista de la guerra contra el narcotráfico: “Ellos tienen una visión de subordinación; no tienen respeto para la soberanía”.
La fractura no es solo entre México y Washington. Corre también por el interior del sistema político mexicano: entre una federación que reclama el monopolio de la coordinación con potencias extranjeras y un gobierno estatal de oposición que operó al margen de ese monopolio.
Johnson en Sinaloa: el discurso que se lee diferente con el extrañamiento encima
El miércoles 22 de abril, Ronald Johnson estaba en un hotel de Los Mochis hablando de transparencia y certeza jurídica. El jueves 23 de abril, la Cancillería mexicana le entregó un extrañamiento oficial. La secuencia no es una ironía menor.
Johnson participó en la ceremonia de colocación de la primera piedra del complejo Pacífico Mexinol, en Topolobampo, Sinaloa —un proyecto con inversión de 3,300 millones de dólares orientado a convertir carbono en gas natural. Ante autoridades y representantes del sector energético, el coronel en retiro convirtió el acto inaugural en una cátedra sobre las condiciones que, según Washington, hacen posible la inversión.

“La inversión sigue a la certeza y se aleja de la corrupción”, afirmó. “Ninguna empresa comprometerá recursos donde las reglas no son claras, donde no hay transparencia o donde la rendición de cuentas es opcional”.
Vinculó su discurso al T-MEC, recordando que el acuerdo obliga a los tres gobiernos signatarios a tipificar el soborno y la corrupción como delitos. “Es posible que pronto veamos avances importantes en este ámbito”, anticipó, sin precisar a qué mecanismos se refería.
El evento tuvo una interrupción significativa: manifestantes del pueblo mayo yoreme irrumpieron en la ceremonia para protestar contra la instalación de la planta sin consulta previa a las comunidades. El acto se trasladó al hotel Fiesta Inn de Los Mochis. El gobernador Rubén Rocha Moya coincidió con Johnson en la exigencia de certeza jurídica, pero encuadró el conflicto con los manifestantes en el marco del diálogo y el Estado de derecho.
Leído en el contexto del extrañamiento, el discurso de Johnson adquiere una dimensión adicional. La firma de análisis geopolítico León Barrena Rodríguez & Partners —cuya lectura del expediente bilateral conviene tomar con la distancia propia de un actor con posicionamiento crítico definido— lo plantea en términos directos: gestos de este tipo “están calibrados, no son incidentales.
Comunican jerarquía, no desacuerdo”. En ese marco, el embajador que exige transparencia horas antes de recibir una queja formal no es una paradoja. Es una señal de posición.
El DOJ también se mueve: California como frente paralelo
El mismo 23 de abril, la oficina del Primer Asistente del Fiscal Federal para el Distrito Central de California, Bill Essayli, anunció cargos federales contra 47 miembros y asociados de la Mexican Mafia por operar una empresa criminal en el condado de Orange. De ellos, 43 fueron detenidos y enfrentarán sentencias por extorsión, tráfico de drogas y ataques violentos.
La precisión importa: la Mexican Mafia —conocida como la Eme— es una organización criminal carcelaria de origen chicano, estructuralmente distinta a los cárteles que operan en territorio mexicano.
No son el mismo fenómeno. Pero la coincidencia de fecha tiene peso político propio: mientras la Cancillería entregaba el extrañamiento a Johnson por una operación no autorizada en Chihuahua, el Departamento de Justicia ejecutaba una redada multiagencial en California con 47 imputados. En el entorno actual, esa coincidencia no es neutral.
Sanciones, fentanilo y la red que cruza tres países
En paralelo, ese mismo 23 de abril, el gobierno de Estados Unidos anunció sanciones económicas contra una red delictiva transnacional identificada como proveedora de precursores químicos al Cártel de Sinaloa. La red opera desde India, Guatemala y México, y es señalada como eslabón en la cadena de producción del fentanilo que alimenta la crisis de sobredosis en territorio estadounidense.
La medida no requirió operativos en suelo mexicano ni coordinación con autoridades federales. Fue una acción unilateral de Washington —sanciones económicas, no intervención física— pero su anuncio el mismo día del extrañamiento amplía el mapa de presión sobre México en materia de seguridad.
Lo que emerge del 23 de abril no es una crisis bilateral singular sino una arquitectura de fricciones simultáneas: un extrañamiento diplomático por la CIA en Chihuahua, una redada del DOJ en California y sanciones contra una red que toca territorio mexicano. Tres frentes, tres lógicas institucionales, un mismo día. La agenda de seguridad bilateral no tiene un solo ritmo ni una sola cara.
Moctezuma sale: la rotación que agrega fricción
Sobre ese escenario cae un dato adicional que la firma León Barrena Rodríguez & Partners identifica como señal de ansiedad institucional: la rotación del embajador de México en Washington.
Esteban Moctezuma Barragán, de 71 años, confirmó que será relevado en la representación diplomática mexicana ante Estados Unidos. Aclaró que la decisión no lo tomó por sorpresa —”ya es una conversación que habíamos llevado a cabo”— y que permanecerá en el cargo hasta que se cumplan los tiempos.
Sheinbaum perfiló a Roberto Lazzeri, director general de Nacional Financiera (Nafin) y del Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext), como su relevo. Con 42 años, Lazzeri representaría un cambio generacional significativo —de ser aceptado por Washington y ratificado por el Senado mexicano.

Moctezuma presumió su “gestión transexenal”: llegó a Washington en febrero de 2021 bajo Andrés Manuel López Obrador, se mantuvo con Sheinbaum y fue testigo del regreso de Trump. Promedió casi cuatro años en el cargo, el doble del promedio habitual para embajadores mexicanos en Estados Unidos.
El timing, sin embargo, genera su propia lectura. La rotación ocurre justo cuando arranca de lleno el proceso de revisión del T-MEC —el mecanismo comercial más crítico para la economía mexicana en los próximos años. Enviar a un funcionario sin experiencia diplomática de carrera a ese nodo central, en este momento, es una apuesta que Washington leerá con atención.
León Barrena Rodríguez & Partners —con la reserva ya señalada sobre su posicionamiento— lo sintetiza sin matices: las transiciones de liderazgo en canales diplomáticos clave, “ejecutadas bajo presión, se interpretan ampliamente como reactivas en lugar de estratégicas. El movimiento proyecta ansiedad interna en lugar de control externo”.
El T-MEC como fondo de todo
Debajo de cada uno de estos movimientos corre una misma vena: el futuro del Tratado México, Estados Unidos y Canadá. Johnson lo mencionó en Sinaloa como marco anticorrupción. La rotación de Moctezuma ocurre a semanas del inicio formal de la revisión. Las sanciones por fentanilo tocan cadenas productivas que cruzan los tres países signatarios.
La misma firma León Barrena Rodríguez & Partners advierte que México enfrenta restricciones estructurales de apalancamiento que el discurso soberanista no puede compensar por sí solo: “Este nuevo entorno recompensa la alineación y penaliza la ambigüedad”.
Y agrega una advertencia sobre la trayectoria: “México corre el riesgo de entrar en un bucle de retroalimentación negativo: apalancamiento reducido que lleva a concesiones subóptimas, lo que a su vez erosiona aún más la posición de negociación. El T-MEC ahora está en peligro existencial”.
Es una lectura maximalista, formulada desde un actor con agenda propia. Pero el contexto de la semana no la hace inverosímil.

Sheinbaum en Barcelona: paz como doctrina, soberanía como límite
El episodio de Chihuahua no ocurre en el vacío. Cinco días antes, el 18 de abril, Sheinbaum había participado en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona, junto a mandatarios como Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva. Al aterrizar en el aeropuerto de El Prat, respondió con tres palabras a la pregunta sobre el mensaje de México en España: “Viva la paz, siempre”.
En el foro fue más específica: “En vez de sembrar guerra, sembremos paz, sembremos vida”. Solicitó una declaración internacional contra la intervención militar en Cuba y propuso que México sea sede del próximo encuentro para debatir sobre “economía centrada en el bienestar”.
La doctrina es clara y consistente. El problema es que se enuncia desde una posición de presión creciente. Sheinbaum lo sabe y lo dice sin ambages: “No es un asunto de que queramos generar problema con Estados Unidos, pero no podemos ser omisos a la Constitución, las leyes y su cumplimiento. La soberanía es inviolable”.
Cooperación sin subordinación. Es la fórmula. La pregunta que deja abierta la secuencia del 18 al 23 de abril es si esa fórmula resiste un entorno en el que Washington no opera con un solo frente, un solo ritmo ni un solo interlocutor —sino con varios, de forma simultánea, calibrada y sin aviso previo.
El discurso de Johnson en Sinaloa, el extrañamiento que él mismo recibió horas después, la redada del DOJ en California, las sanciones contra la red de fentanilo y la rotación del embajador mexicano en Washington no son hechos inconexos. Son piezas de una secuencia que describe, con precisión incómoda, el estado real de la relación bilateral: intensa, asimétrica y en movimiento.
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