Donald Trump durante un acto oficial tras la operación militar contra Venezuela.
Donald Trump exhibe firmeza tras la operación en Venezuela, en un contexto de creciente tensión diplomática y cuestionamientos internacionales al uso de la fuerza como herramienta política.

ESPECIAL | Secuestro, doctrina y fin de la zona de paz: AL frente al poder de EU

Héctor I. Tapia

La incursión aérea de Estados Unidos en Venezuela, el secuestro de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores y su traslado a territorio estadounidense no se parecen a una operación “quirúrgica” más del manual de la seguridad.

Son un mensaje político en voz alta: Washington vuelve a decidir, sin pedir permiso, qué gobiernos son tolerables y cuáles se vuelven objetivos.

En América Latina, donde la historia dejó cicatrices por este tipo de intervenciones, el episodio revive una idea vieja y persistente: la soberanía es frágil cuando choca contra la potencia.

Para Donald Trump, la escena se vende como victoria y como espectáculo de autoridad. Para una parte amplia de la sociedad latinoamericana y caribeña, el saldo es inquietante: si un jefe de Estado puede ser capturado y subido a un avión, entonces cualquiera puede quedar expuesto a la misma lógica.

No es que la región “descubra” el intervencionismo; lo que cambia es el descaro, la velocidad y la sensación de que se cruzó un límite que durante años se mantuvo, al menos, en el terreno de las amenazas.

UNA DOCTRINA DICHA SIN RODEOS

El operativo encaja con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional que circuló desde el aparato de defensa estadounidense y que habla sin maquillaje de volver a la doctrina Monroe.

La apuesta es clara: más control político sobre el hemisferio, menos margen para alianzas que se consideren “riesgosas” y un freno directo a la expansión de China. En esa hoja de ruta aparecen, como prioridades, el acceso a recursos naturales, a minerales críticos y la intención de enfriar los vínculos con los BRICS.

En otras palabras: Washington plantea que el patio trasero vuelve a tener dueño. Y lo que antes se presentaba como “promoción de la democracia” hoy se formula como preeminencia hemisférica.

Bajo esa mirada, presionar elecciones, condicionar economías o usar la fuerza pasa a considerarse un instrumento legítimo. No hay sutileza: hay doctrina y hay músculo.

LA REGIÓN, MENOS A SALVO

El golpe no se limita a Venezuela. La región venía sosteniendo —con tensiones, sí— la idea de que América Latina podía mantenerse al margen de guerras abiertas entre potencias. Esta operación, por su forma y por su símbolo, complica ese consenso. Y abre una discusión incómoda: si la fuerza militar entra como herramienta ordinaria, la estabilidad regional se vuelve un bien más difícil de sostener.

También hay un costo para Estados Unidos. La exhibición de poder puede entusiasmar a los convencidos, pero aumenta el temor de quienes, aun siendo aliados, no quieren quedar atados a impulsos imprevisibles.

A partir de ahora, muchos gobiernos —salvo los que acepten un alineamiento total, como el de Javier Milei— mirarán a Washington con más prevención. La relación no se corta, pero se enfría: se vuelve transaccional, defensiva, calculada.

UN AÑO DE GOLPES Y AMENAZAS

El operativo en Venezuela se suma a un patrón. En el primer año de su segundo mandato, Trump acumuló acciones y advertencias: ataques a embarcaciones en el Caribe, golpes militares en Irán, Siria, Nigeria y Venezuela, y amenazas hacia México, Panamá y Groenlandia.

En ese paisaje, su insistencia en presentarse como candidato natural al Premio Nobel de la Paz suena a provocación, o a cinismo, o a marketing. Depende de quién mire.

Para la región, la consecuencia política es pesada: los actores sociales y políticos que se identifican con tradiciones emancipatorias quedan empujados a tomar distancia.

La diplomacia “correcta”, el trato amable, la convivencia institucional, empiezan a parecer insuficientes cuando el interlocutor se reserva el derecho de actuar por encima de reglas. La pregunta ya no es retórica: ¿se negocia con una potencia que se atribuye el permiso de intervenir?


PUNTO POR PUNTO | Lo que cambia con Washington

  • Doctrina Monroe en versión explícita y actualizada
  • Prioridad por recursos naturales y minerales críticos
  • Presión para reducir lazos con los BRICS
  • Uso de la fuerza como recurso político “normal”
  • Más tensión sobre el Derecho Internacional y sus límites

SALIRSE DEL RADIO DE INFLUENCIA

En ese clima aparece, con otro peso, la idea de “desconexión” asociada a Samir Amin: no como consigna, sino como método para no quedar atrapados en una estructura de dependencia. La red de instituciones vinculadas a Washington —OTAN, FMI, OEA, Banco Mundial— se vuelve, para muchos, un terreno de disputa: ¿sirven como escudo o como correa? La respuesta cambia según el país, pero la duda se instala.

La reacción internacional ya mostró fisuras. Hubo cuestionamientos desde México, Brasil, China, Rusia, el bloque de los BRICS y también desde la Unión Europea. En Bruselas, además, la operación se lee con un prisma más amplio: la preocupación por Groenlandia —ligada a Dinamarca— aparece en el trasfondo, porque Trump ha insinuado que ciertos territorios “pueden” cambiar de manos si la potencia decide que los necesita.

VENEZUELA: DOS SALIDAS MALAS

Dentro de Venezuela, el secuestro del presidente y de la primera dama abre escenarios duros. Uno: que el chavismo se cierre, endurezca su narrativa y radicalice posiciones. Otro: que se alimente un conflicto interno de alta intensidad que permita justificar nuevas medidas —o incluso una intervención mayor— bajo el argumento de “restaurar el orden”. Ninguno de los dos caminos promete normalidad.

La escena global suma tensión. Días antes, el 28 y 29 de diciembre, Ucrania lanzó 91 drones contra lo que se describió como una probable residencia de Vladimir Putin.

Fuentes ligadas a la GRU sostienen que la operación no habría sido posible sin asistencia satelital de la OTAN, con operatividad en Redzikowo, Polonia, bajo dirección estadounidense.

Y en Beijing la comparación se vuelve inevitable: si se puede secuestrar a un mandatario en Caracas, ¿qué frena a otros de intentar algo similar en su propio tablero, por ejemplo en Taiwán?

EL PODER Y SU PRUEBA DE REALIDAD

Trump actúa como si el poder no tuviera costo. Pero la historia enseña lo contrario: los imperios suelen tropezar cuando confunden fuerza con impunidad.

El mundo entra en una etapa más áspera, y América Latina —que ya conoce esta película— vuelve a preguntarse si hay espacio para una relación con Washington basada en reglas, o si la región tendrá que aprender, otra vez, a cuidarse sola.

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