Claudia Sheinbaum durante conferencia matutina, afirmando que México no avalará una intervención militar de Estados Unidos en ningún país.
La presidenta Claudia Sheinbaum reiteró que México no respaldará intervenciones armadas y defendió los principios de soberanía y no injerencia ante el caso venezolano.

Sheinbaum advierte: ninguna razón justifica una intervención de EU

CDMX.— La sacudida continental que provocó el secuestro de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos continúa generando reacciones. Y esta vez, desde México, la presidenta Claudia Sheinbaum fijó una postura que intenta equilibrar principios diplomáticos, realismo geopolítico y la preocupación creciente por las declaraciones del presidente Donald Trump sobre “hacer más” dentro del territorio mexicano.

Para la mandataria, más allá de simpatías o antipatías hacia el chavismo, la regla es clara: ninguna potencia puede usar la fuerza para llevarse a un presidente extranjero.

Sheinbaum afirmó que “una cosa es discrepar con ese régimen y otra es aprobar que un país utilice la fuerza para llevarse a un presidente”.

La frase sintetiza un mensaje con varios destinatarios: Washington, la oposición mexicana que exige mano dura contra el crimen organizado y la región, hoy expectante ante una Casa Blanca que ha mostrado capacidad —y voluntad— de operar más allá de los límites tradicionales del derecho internacional.

Pero la mandataria fue más allá al evaluar la primera aparición de Maduro ante la Corte de Nueva York, donde el venezolano se describió como “víctima de un secuestro” y “prisionero de guerra”. Para Sheinbaum, la discusión ideológica quedó atrás: ahora que está detenido, lo que México exige es un juicio justo, celeridad y respeto al debido proceso.

RIESGO DE INTERVENCIÓN: DISTANCIA Y ESCENARIOS

Preguntada directamente si existe peligro de una intervención estadounidense en México, Sheinbaum respondió con contundencia: “Eso no va a ocurrir”. Subrayó que las relaciones entre la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Departamento de Estado, así como entre la Sedena, la Marina y el Comando Sur, se encuentran en su mejor nivel. “Hay buena interlocución en todos los casos”, enfatizó.

Sin embargo, su mensaje no fue complaciente. Aceptó que Estados Unidos considera que México debe hacer más en materia de seguridad, pero devolvió el cuestionamiento con precisión quirúrgica: ¿qué está haciendo realmente Estados Unidos para evitar que las armas y el dinero circulen hacia los cárteles?

El contraste es crucial porque desmonta la idea —hoy muy viva en sectores conservadores estadounidenses— de que la violencia mexicana es sólo un problema interno. La mandataria recordó que las incautaciones recientes de armas en la frontera han sido reconocidas, pero insuficientes.

RESPONSABILIDAD COMPARTIDA: ARMAS, DROGA Y LAVADO

Sheinbaum enumeró las omisiones del vecino del norte: control insuficiente de armas, falta de regulación efectiva del lavado de dinero y un combate débil al consumo de drogas en sus ciudades.

“¿Qué pasa cuando la droga entra a Estados Unidos? ¿Cómo se vende? ¿Cómo se lava el dinero allá?”, preguntó en conferencia.

El mensaje apunta a un punto ciego de la política estadunidense: mientras Washington exige acciones más agresivas contra los cárteles, ignora la magnitud de su propio mercado consumidor. De ahí la insistencia mexicana en mantener el concepto de “responsabilidad compartida”, central para cualquier discusión bilateral seria sobre seguridad.

DOCTRINA ESTRADA: LÍNEA ROJA ANTE EL CASO MADURO

Sheinbaum defendió los principios históricos de la política exterior mexicana: soberanía, autodeterminación de los pueblos y no intervención. Revindicó la Doctrina Estrada, que desde hace casi un siglo evita que México reconozca o desconozca gobiernos extranjeros, y que obliga a respetar los procesos internos de cada nación.

En ese marco, la presidenta fue enfática: solo el pueblo venezolano puede decidir quién gobierna Venezuela. Si existe conflicto interno, dijo, corresponde a la ONU encauzar la salida.

La mirada hacia experiencias previas —Irak, Libia, Afganistán— refuerza el argumento: las intervenciones extranjeras no han producido democracias, sino caos, ruptura institucional y desplazamientos masivos.

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