CDMX.— En San Lázaro se asumió, por primera vez con absoluta claridad, que la reforma electoral de la Presidenta Claudia Sheinbaum nace con un límite aritmético: sin el aval del PVEM y del PT, la enmienda simplemente no camina.
En un Congreso donde las mayorías calificadas ya no se improvisan, Morena admitió que su principal reto no está en la oposición, sino en sus propios aliados. Ese es el dato político que redefine el arranque del periodo ordinario y que, de manera tácita, reconoce la bancada morenista.
El coordinador Ricardo Monreal lo dijo sin rodeos: “Si nos falta uno de ellos, no hay reforma constitucional”. El mensaje, sencillo pero elocuente, desnuda la ecuación interna de la coalición gobernante.
A diferencia de otras fases del lopezobradorismo legislativo —cuando las mayorías se obtenían con negociaciones de último minuto—, el ciclo que inicia requiere acuerdos previos, disciplina interna y un mapa realista de lealtades.
En términos estrictamente electorales, Morena necesita asegurarse de que sus aliados no se sientan arrinconados por una reforma que toca intereses sensibles: financiamiento, representación proporcional, prerrogativas y la arquitectura de los órganos electorales.
CONTRA EL RELOJ
La admisión de Monreal coincide con un momento crucial: esta tarde, en Palacio Nacional, la Presidenta recibirá el informe final de la comisión electoral encabezada por Pablo Gómez. Morena quiere llegar a esa mesa con una coalición alineada, pero PVEM y PT ya comenzaron a fijar condiciones.
Los primeros advierten que aceptarían una reducción del financiamiento público si se reparte de manera igualitaria entre los partidos. Los segundos rechazan la eliminación de legisladores plurinominales y defienden la existencia de “voces que no caben en las mayorías”.
Este tenso equilibrio anticipa negociaciones extensas. Al interior de la alianza gobernante, el debate no es ideológico, sino de supervivencia política. Cada partido mide el costo de modificar reglas que pueden alterar su competitividad en 2027. Morena necesita su voto; ellos necesitan garantías.


LA LECTURA ELECTORAL
Ernesto Núñez diría que en este tablero legislativo lo electoral se cruza inevitablemente con lo político. El cálculo del PVEM no es menor: en estados donde es bisagra, cualquier ajuste al financiamiento de partidos o a los tiempos oficiales de radio y televisión puede desplazarlo de la contienda.
El PT, por su parte, defiende los plurinominales porque son su ruta de existencia parlamentaria. Ambos partidos saben que la reforma impacta su peso real en la reconstrucción de la Cámara después de 2027.
Por eso, más que un desacuerdo, lo que existe es una negociación obligada. El oficialismo requiere dos tercios del Congreso; los aliados tienen los votos que faltan. Este es el punto en el que deja de operar el voluntarismo político y aparece la matemática electoral.


LA PRESIÓN DEL INE
Mientras tanto, el INE cerró filas en torno a su autonomía. Consejeros como Claudia Zavala y Dania Ravel pidieron que cualquier rediseño preserve la independencia del organismo.
Su mensaje no es menor: si la reforma busca recortar atribuciones o cambiar reglas sustantivas, debe hacerlo con cuidado técnico y bajo consensos amplios. Su planteamiento añade otro factor a la negociación: Morena no solo tiene que convencer a sus aliados, sino también evitar que la enmienda sea leída como un intento de control sobre el árbitro electoral.
HACIA PALACIO NACIONAL
Esta tarde se conocerá la versión más concreta del proyecto. Morena llegará buscando unidad interna; el PVEM y el PT llegarán calculando su peso real; el INE llegará defendiendo su lugar en el sistema.
La Presidenta tendrá, como primera tarea legislativa del año, ordenar ese rompecabezas político: construir una mayoría interna capaz de sostener una de las reformas más delicadas de su mandato.
El mensaje de fondo es claro: antes de disputarle el voto a la oposición, Morena debe ganar el voto de sus propios aliados. La reforma electoral —antes que un debate técnico— es un examen de cohesión política.


