Héctor I. Tapia
Son las cuatro de la tarde y una mujer sale del Bancomer del centro de Villahermosa. Antes de guardar su tarjeta, mira a los lados. Antes de caminar hacia su carro, mira a los lados. Antes de abrir la puerta, mira a los lados. No ha pasado nada. El semáforo cambia, pasan dos motos, un vendedor ofrece mangos en bolsa. Nada. Pero el miedo ya estaba ahí antes de que ella llegara — y lleva ahí, medido y documentado, desde hace diez años.
Marzo de 2026. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía publica su Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana. Villahermosa: 81.9 por ciento. Ocho de cada diez adultos consideran inseguro vivir en su ciudad. La media nacional: 61.5 por ciento. La brecha: 20.4 puntos. No es una anomalía. No es un trimestre difícil. Es una constante que las cifras registran sin interrupción desde que existe un instrumento capaz de medirla con precisión.
Los titulares del día celebraron la baja. Villahermosa bajó de 90.6 a 81.9 por ciento. Una caída de 8.7 puntos en un año — estadísticamente significativa, verificada, real. Ese dato merece ser dicho. Y también merece ser puesto en perspectiva: la ciudad bajó desde uno de los peores momentos de su historia reciente, no desde un punto de partida razonable. Entender de dónde viene el número es tan importante como el número mismo.
La curva del miedo
Diez años de datos confirmados: dos picos, una ventana y un descenso sin consolidar.
La ciudad que nació insegura
El 6 de abril de 2016, el INEGI publicó el Boletín de Prensa número 151/16. Era la undécima edición de la ENSU y la primera que entregaba estimadores representativos por ciudad, no solo datos agregados nacionales. A partir de ese trimestre, por primera vez, era posible saber con rigor estadístico qué porcentaje de los habitantes de cada ciudad consideraba inseguro vivir en ella. Treinta y cinco ciudades medidas. El primer lugar: Villahermosa, con 89.7 por ciento.
No llegó ahí gradualmente. No subió desde un punto razonable hasta ese nivel en los meses previos. Arrancó en primer lugar. El documento del INEGI lo dice textualmente: “las ciudades con mayor porcentaje de personas de 18 años y más que consideraron que vivir en su ciudad es inseguro fueron: Villahermosa, la región Norte de la Ciudad de México y Acapulco de Juárez con 89.7, 87.4 y 85.8 por ciento, respectivamente.” Primer dato. Primer lugar. Sin antecedente comparable en ninguna otra ciudad.
Lo que ese arranque sugiere —y la ENSU no puede confirmar porque no existía antes— es que el problema no nació en 2016. Nació antes. La encuesta llegó tarde a una historia que ya tenía años de antelación. Cuando el INEGI instaló la lupa, la ciudad ya estaba en ese nivel. La medición no creó el fenómeno; lo registró.
El mismo documento de 2016 entrega un segundo dato que hoy, visto desde la distancia de una década, resulta igual de revelador: el porcentaje de villahermosinos que consideraba efectivo a su gobierno local para resolver los principales problemas de la ciudad se ubicaba en el rango más bajo del país, entre 7.4 y 20 por ciento. El mapa del INEGI colocaba a Villahermosa en el extremo inferior de la escala de confianza institucional. En marzo de 2026, ese indicador es de 23.6 por ciento. Una mejora de menos de cuatro puntos en diez años.
Dos crisis, un patrón
Lo que la serie histórica muestra no es una tendencia lineal. Es una curva con dos ciclos de crisis y una ventana de mejoría que no consolidó. El primer ciclo: entre 2016 y 2019, la percepción de inseguridad en Villahermosa se mantuvo de manera sostenida en torno al 90 por ciento o por encima.
En diciembre de 2016 llegó a 97.5 por ciento —el dato más alto de toda la serie— y en junio de 2017 registró 96.6 por ciento. Durante esos años, la capital de Tabasco fue estadísticamente una de las tres ciudades donde la gente se sentía más insegura en todo el país.
Luego vino un descenso. Lento, irregular, pero real. En marzo de 2022, el indicador bajó a 74 por ciento, una caída de más de veinte puntos respecto al pico de 2016. Y siguió bajando. En diciembre de 2023, la ciudad registró 69.5 por ciento, el mejor dato de su historia medible. Por primera vez desde que el INEGI comenzó a medir, Villahermosa se acercaba a la media nacional. Parecía el inicio de una salida estructural.
No lo era. En un solo año, de diciembre de 2023 a diciembre de 2024, la percepción de inseguridad subió 25.8 puntos porcentuales, de 69.5 a 95.3 por ciento. Fue el ascenso más pronunciado registrado en la historia de la ciudad y uno de los más abruptos documentados en cualquier ciudad mexicana en ese periodo.
El segundo pico igualó casi exactamente al primero. El INEGI describió a Villahermosa como la ciudad más insegura del país en ese trimestre, aunque técnicamente ya lo había sido en 2016-2017 con números similares o superiores.
Una ciudad que baja de 90 por ciento y vuelve a subir a 95 no está mejorando: está oscilando. El patrón importa tanto como el número.
Lo que distingue a las ciudades que han resuelto su problema de percepción de inseguridad no es que hayan bajado, es que se quedaron abajo. Saltillo pasó de 28.1 a 16.7 por ciento entre diciembre de 2025 y marzo de 2026, consolidando una tendencia de descenso que lleva varios años. San Pedro Garza García registra 4.4 por ciento, el más bajo del país.
Son ciudades que bajaron y no rebotaron. Villahermosa ha bajado dos veces. Las dos veces rebotó. El dato de marzo de 2026, 81.9 por ciento, representa el tercer intento. Es legítimo reconocer el descenso; sería imprudente asumir que esta vez el patrón será distinto sin más evidencia.
Desde que arrancó la administración estatal de Javier May, la percepción ha bajado de 95.3 a 81.9 por ciento, una reducción de 13.4 puntos en cinco trimestres, el descenso más acelerado registrado en la serie histórica de la ciudad. El dato está ahí y merece ser reconocido. Lo que la serie histórica añade es contexto: el primer ciclo también tuvo descensos acelerados antes del rebote. La sostenibilidad del movimiento actual es la pregunta que los próximos trimestres deberán responder.
El Sureste inseguro
Percepción de inseguridad en ciudades del Sureste vs. la media nacional, marzo 2026.
| Ciudad | Percepción mar. 2026 | Cambio |
|---|---|---|
| VillahermosaTabasco | ↓ Sig. | |
| CancúnQuintana Roo | — | |
| OaxacaOaxaca | — | |
| VeracruzVeracruz | — | |
| TapachulaChiapas | ↓ Sig. | |
| ChetumalQuintana Roo | — | |
| Tuxtla GutiérrezChiapas | — | |
| XalapaVeracruz | — | |
| MéridaYucatán | — | |
| Media nacional91 ciudades | — |
El sureste que no se mueve
Villahermosa no existe en el vacío. Existe en una región —el Sureste mexicano— donde la percepción de inseguridad tiene sus propias coordenadas, su propia historia y sus propias rigideces. Poner a la capital tabasqueña frente a sus ciudades vecinas no es un ejercicio comparativo menor: es la única forma de saber si lo que ocurre aquí es un problema local o parte de un patrón regional más amplio.
La respuesta que dan los datos de marzo de 2026 es incómoda para ambas lecturas. Villahermosa no es representativa del Sureste, está muy por encima de él. Pero el Sureste tampoco está bien: ninguna de sus ciudades registró una mejora estadísticamente verificable en el último trimestre, salvo Tapachula, que bajó de 75.3 a 65.6 por ciento. El resto —Cancún, Oaxaca, Tuxtla Gutiérrez, Veracruz, Coatzacoalcos, Xalapa, Chetumal— se mantuvo sin cambio significativo. Una región que no mejora ni empeora de manera verificable es una región donde la percepción de inseguridad está estructuralmente anclada.
El contraste más nítido de la región no está en los cambios sino en los niveles. Mérida registró 33.7 por ciento en marzo de 2026. Villahermosa registró 81.9 por ciento. La diferencia: 48.2 puntos porcentuales. Dos ciudades sureñas, la misma cultura del Grijalva y el Usumacinta como telón de fondo regional, la misma historia colonial, el mismo calor que aplasta en abril. Y casi cincuenta puntos de distancia en la manera en que sus habitantes perciben su propia seguridad. Eso no es una brecha coyuntural. Es una fractura estructural que lleva años sin cerrarse.
Vale la aclaración técnica: que Cancún haya bajado 6.1 puntos o que Veracruz haya subido 6.6 sin que el INEGI valide esos movimientos estadísticamente no significa que no ocurrieron, significa que no superan el umbral de confianza para esas muestras específicas. El dato puede ser real y aun así no ser verificable. Lo que sí se puede afirmar es que en el Sureste, solo dos ciudades se movieron de manera confirmada este trimestre: Tapachula hacia abajo y, en el trimestre previo, Villahermosa también hacia abajo. El resto está congelado. Eso no es estabilidad, es inercia.
Una década de miedo
Los picos y valles de la percepción de inseguridad en Villahermosa desde el primer dato oficial.
Lo que bajó y lo que no
El dato de marzo de 2026 merece dos lecturas simultáneas. La primera: sí bajó, el cambio es estadísticamente significativo, y 13.4 puntos en cinco trimestres es el descenso más acelerado registrado en la historia medible de la ciudad. Eso no es menor. La segunda: 81.9 por ciento sigue siendo el segundo peor dato del Sureste, sigue estando 20 puntos sobre la media nacional, y sigue siendo un número que en cualquier otra ciudad del país sería considerado una emergencia.
Hay tres indicadores nacionales que el titular de la baja no recoge y que cambian la textura del análisis. Primero, la expectativa social: 27.1 por ciento de los encuestados en todo el país cree que la situación de inseguridad empeorará en los próximos doce meses. Es el dato más alto de esa variable desde marzo de 2023, y subió 4.2 puntos respecto al mismo trimestre del año anterior. La gente ve la baja en el presente y no le cree al futuro. Eso no es pesimismo irracional: es memoria histórica. Villahermosa ya bajó antes. Ya subió después.
Segundo, el cambio de hábitos: 39.1 por ciento de la población sigue sin caminar de noche cerca de su casa. 39.2 por ciento sigue sin dejar salir solos a los menores del hogar. 43.7 por ciento sigue sin llevar objetos de valor cuando sale.
Estos son datos nacionales —la ENSU no los desagrega por ciudad en este reporte— pero su magnitud dice algo sobre el tipo de miedo que persiste incluso cuando el indicador de percepción baja. La conducta cotidiana tarda más en cambiar que la estadística trimestral. Una ciudad puede mejorar su número y seguir siendo una ciudad donde la gente se autoimpone toques de queda informales.
Tercero, la brecha institucional: la policía municipal —el cuerpo que patrulla las calles de Villahermosa, que depende del Ayuntamiento de Centro— registra a nivel nacional una aprobación de 50.8 por ciento en efectividad percibida. Es el dato más bajo de toda la cadena de seguridad. La Marina alcanza 87.3 por ciento.
El Ejército, 85.5. La Guardia Nacional, 77. La policía estatal, 56.1. Y la preventiva municipal, 50.8 apenas por encima de la mitad. La institución más cercana al ciudadano es la que menos confianza genera. Esa brecha no la resuelve ningún trimestre favorable.
Vivir con miedo
Cuatro conductas cotidianas que el miedo al delito ha modificado en los mexicanos.
Dejó de llevar objetos de valor — joyas, dinero o tarjetas — por temor a sufrir algún delito.
Dejó de permitir que los menores del hogar salgan solos por temor a que sean víctimas.
Dejó de caminar de noche en los alrededores de su propia vivienda por miedo al delito.
Dejó de visitar a parientes o amigos por temor a sufrir un delito en el trayecto.
El miedo que educa
Hay una ciudad oficial y hay una ciudad real. La ciudad oficial tiene estadísticas que mejoran, titulares que celebran descensos y funcionarios que presentan resultados. La ciudad real es la que vive dentro de esos números, y la que los produce con sus respuestas a una encuesta trimestral.
Lo que los datos de cambio de hábitos describen no es un comportamiento individual sino una pedagogía colectiva. Villahermosa —como cualquier ciudad con percepción de inseguridad estructuralmente alta— ha enseñado a sus habitantes a moverse de una manera específica. A no usar el cajero en la calle después de cierta hora.
A no dejar al niño ir a la tienda solo. A guardar las joyas antes de salir. A pensarlo dos veces antes de visitar a la familia en otro municipio. Esas conductas no son exageradas ni irracionales. Son respuestas aprendidas ante un entorno que durante diez años ha confirmado, trimestre tras trimestre, que el miedo tiene fundamento.
El problema con las pedagogías del miedo es que no se desmontan solo con estadísticas. Una ciudad puede bajar su indicador de percepción de inseguridad y seguir siendo una ciudad donde cuatro de cada diez personas no caminan de noche cerca de su casa. Eso no es contradicción, es el tiempo que tarda la experiencia acumulada en actualizar sus propias conclusiones. La ENSU puede registrar una mejora en un trimestre. El tejido social tarda años en registrar la misma mejora.
Diez años de primer lugar nacional no se borran con cinco trimestres de descenso. No porque el descenso sea falso —es real y verificado— sino porque el miedo tiene memoria más larga que la estadística. La mujer que sale del banco y mira a los lados no está reaccionando al dato de marzo de 2026. Está reaccionando a todo lo que ocurrió antes de que existiera el dato.
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