Apareció fragmentada, deformada, incompleta. Como muchas historias que valen la pena, la copa de Berlanga llegó rota. Y aun así, conserva entre el 80 y el 90 por ciento de su estructura original: suficiente para reconstruirla virtualmente, suficiente para entender lo que fue.
Es un cuenco hemisférico de bronce. Mide lo que cabe entre las manos. Tiene esmalte en rojo, verde, turquesa y azul, y en su friso exterior desfilan torretas del Muro de Adriano, esa muralla de 117 kilómetros que el emperador mandó levantar entre los años 122 y 128 para separar la Britania romana de los pictos del norte.
Un investigador del Instituto de Arqueología de Mérida, Jesús García Sánchez, lo dice sin rodeos: “La calidad artesanal y los materiales utilizados en estas copas nos dicen que fueron objetos de prestigio, muy probablemente fabricadas por encargo para regalar o condecorar a la élite militar que había servido en el Muro de Adriano, la frontera más lejana del Imperio”. Y añade: “De hecho, la mayoría de investigadores coincidimos en interpretarlas como un souvenir o recuerdo del muro”.
Un souvenir. La misma lógica de siempre: uno va lejos, sirve en algún lugar que lo marcó, y vuelve a casa con algo que lo pruebe.

El soldado que volvió de Britania
En el mundo romano, ese “lejos” se llamaba Britania. Y ese soldado, según el equipo de investigación que publicó el estudio en la revista Britannia, era celtibero: parte de la Cohors I Celtiberorum, una unidad reclutada en lo que hoy son las provincias de Soria, La Rioja, Zaragoza, Guadalajara, Teruel y Cuenca. Los romanos tenían esa costumbre: incorporar a su ejército tropas de los territorios recién conquistados. Así funcionaba el Imperio, como una red que jalaba cuerpos desde la periferia hacia las fronteras más remotas.
Este soldado volvió. Trajo la copa. Y la copa terminó en la tierra —literalmente— en Berlanga del Duero, Soria, donde fue hallada de forma fortuita.
La única con nombres del frente oriental
Susana de Luis Mariño, del Museo Arqueológico Nacional, explica lo que hace única a esta pieza entre las cinco copas del Muro de Adriano conocidas en el mundo: “La copa es excepcional no sólo porque es una de las mejor conservadas, sino porque es la única que cuenta con inscripciones relativas a los campamentos militares de la zona oriental del muro: Cilurnum, Onno, Vindobala y Condercum“.
Cuatro nombres de fuertes. Y están dispuestos de oeste a este, como si la copa representara el muro “visto desde dentro”, según los propios investigadores. Es una perspectiva muy precisa para un objeto de uso cotidiano. O quizá esa es exactamente la gracia: que quien la usaba sabía lo que significaban esos nombres. Había estado ahí.
Rayos X para probar lo que el tiempo no borró
Para autenticar la pieza, el equipo realizó espectrometría de fluorescencia de rayos X e isótopos. Los resultados: aleación cuaternaria de bronce con zinc y plomo. Y el metal viene del norte de Britania.
Ignacio Montero Ruiz, del Instituto de Historia del CSIC, es directo: “Este análisis nos ha permitido demostrar la autenticidad de la pieza y determinar que las minas de las que proviene el metal empleado fueron, probablemente, las de Gales o Durham”.
Con eso y los datos históricos sobre los campamentos grabados, el equipo fechó la copa entre los años 124 y 150 d.C.
Debajo del suelo, una villa romana
La prospección arqueológica en la zona del hallazgo —La Cerrada del Arroyo, a menos de 100 metros del centro de Berlanga del Duero— reveló también los cimientos de una pequeña villa romana activa entre los siglos I y IV. El equipo combinó radar de penetración terrestre, fotografías aéreas históricas y prospección superficial. La campaña continúa en 2026.
La copa, mientras tanto, está siendo restaurada en el Museo Numantino de Soria, donde podrá visitarse cuando el proceso concluya. Será la única pieza de esta rarísima serie que se expondrá en España.
La primera de estas copas se encontró hace tres siglos, en 1725, en un pueblo de Inglaterra. Desde entonces, el mundo entero sólo ha localizado cuatro ejemplares completos y dos fragmentos.
Uno de esos fragmentos llegó a la Península Ibérica en el siglo XIX y hoy duerme en Londres. La copa de Berlanga es la segunda pieza de la serie en encontrarse aquí. Y la primera que se queda.
Eso también dice algo. Que a veces los recuerdos regresan al lugar correcto.
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