Héctor I. Tapia
En la antesala de un aniversario que debía ser solemne, la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT) vivió una escena inusual: su rector, Guillermo Narváez Osorio, convirtió el acto inaugural en un mensaje institucional y político.
Lo hizo ante comunidad universitaria y, sobre todo, frente al gobernador Javier May Rodríguez, cuya presencia dio al momento un peso adicional: no como aplauso, sino como reconocimiento tácito de que la universidad, en medio de la turbulencia pública, debe ser preservada del ruido. Ese fue el sentido de la advertencia del rector frente a las “difamaciones sin pudor”: no defenderse él, sino blindar a la institución.
En Tabasco, donde la política acostumbra cobrar facturas en clave de insinuaciones, el rector Guillermo Narváez eligió un escenario poco habitual para fijar postura.
En la ceremonia por el 67 aniversario de la UJAT, tomó distancia del guion celebratorio y habló del costo de las calumnias, de cómo un señalamiento —cierto o no, comprobado o no— puede alcanzar a una institución que ha sido durante décadas un eje de movilidad social. Y lo dijo sin rodeos: “por eso nos duele cuando sin pudor alguien la difama, y ante ello los juchimanes estaremos dispuestos a defenderla”.
La frase no surgió en el vacío. Desde septiembre, el expediente judicial que sostiene la orden de aprehensión contra Hernán Bermúdez Requena arrastró en su narrativa a la Notaría 28, donde un empresario afirma haber firmado documentos bajo coacción.
Narváez, con 30 años de trayectoria notarial, ha desmentido esa versión, presentado documentos y sostenido que lo relevante no es la especulación sobre un trámite aislado, sino el intento de usarlo como arma política para “enlodar” a la universidad.
Esa lectura se volvió evidente en su discurso. Más allá de la molestia personal, el rector subrayó que el verdadero daño es institucional: “cuando una universidad se apaga, no se apagan aulas… se apagan destinos”.
Lo que se juega, según él, no es el prestigio de un notario, sino la credibilidad de una casa de estudios fundada en la convicción de que el conocimiento —como dijo— “es la raíz del progreso”.



RESPALDO SILENCIOSO
Que el mensaje se haya pronunciado frente al gobernador Javier May añadió un subtexto relevante. No hubo gesto de subordinación ni guiños elogiosos, sino una escena que en Tabasco suele leerse al revés: el mandatario, al participar en el acto inaugural, asumió que la universidad no debe ser arrastrada por disputas de bajo voltaje.
May habló de la UJAT como un espacio de pensamiento crítico y movilidad social, y aunque evitó entrar en polémicas, su sola presencia cerró filas alrededor de la institución sin necesidad de retórica adicional. Para un gobierno que busca reposicionar lo público, el silencio también comunica.
La estrategia de Narváez contrasta con episodios previos donde funcionarios optan por el mutismo. Aquí eligió un foro académico para desmontar insinuaciones, no con nombres propios, sino con principios: autonomía, memoria, responsabilidad.
Recordó, además, que la universidad no es una dependencia del gobierno, sino un proyecto histórico que nació en 1879 con el Instituto Juárez y que, desde 1958, se determinó a ser el “faro y conciencia de su tiempo”.
BATALLA MAYOR
En el fondo, su postura apunta a un problema mayor. El caso Bermúdez destapó una red criminal donde operadores de “La Barredora” impusieron secuestros, despojos y control territorial.
La filtración mediática, sin embargo, terminó extendiendo sombras sobre actores ajenos a esa estructura. En un clima así, las fronteras entre justicia, investigación y linchamiento público se diluyen con facilidad.
Por eso, el rector insistió en separar la disputa jurídica —que asegura poder responder con documentos, certificaciones y registros— del intento de trasladar sospechas a la universidad. El punto, dijo, no es silenciar críticas, sino evitar que, en épocas de reacomodo político, las instituciones se conviertan en blanco de estrategias de desgaste sin fundamento.
En Tabasco, donde cada señal puede convertirse en narrativa, Narváez quiso delimitar claramente el terreno. Su nombre puede debatirse, pero el de la UJAT no. Y al hacerlo frente al gobernador, académicos y estudiantes, envió un mensaje más amplio: la universidad no será usada como instrumento ni como rehén de quienes confunden la denuncia legítima con el ruido oportunista.
Lo importante no es la anécdota jurídico-política del día, sino el mensaje de fondo: la universidad es un patrimonio civil y social. Y como advirtió el rector —con una mezcla de convicción y advertencia—, los juchimanes están dispuestos a defenderla.
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