JONUTA.— No eran aún las once cuando Jonuta empezó a calentarse como si alguien hubiera encendido un fogón debajo de la ribera. Había olor a pasto húmedo, a uniforme recién planchado, a ese nervio dulce que tienen los jóvenes cuando intuyen que algo grande puede ocurrir.
En el Colegio de Bachilleres 46, donde la presidenta Claudia Sheinbaum encabezaría la entrega de becas Benito Juárez, los estudiantes se acomodaban bajo la sombra escasa del domo, moviendo los pies, apretando sus teléfonos, tratando de atrapar la brisa que pasaba como visita breve.
A esa hora, el sol caía recto sobre los listones verdes del Cobatab. Los jóvenes—trenzas apretadas, mochilas al hombro, cuadernos doblados—se apretaban hacia adelante con una mezcla de curiosidad y respeto. En primera fila había risas nerviosas; más atrás, señoras con sombrilla y padres de familia que parecían sostener el techo del día con los ojos entornados.
PRIMER DESTELLO
Cuando Sheinbaum apareció, el murmullo se partió como ola contra el muelle. Venía vestida de tonos claros, sencillos, con esa costumbre de mirar primero de frente antes de hablar.
Por un segundo, la escena se pareció a esas viejas estampas de campaña: la mandataria avanzando entre aplausos, saludos que brotaban como chispas, un calor que crecía desde abajo, desde los pies de la multitud.
Entonces llegó la frase: “¿Les gustaría que hubiera una universidad en Jonuta?”
El aire cambió. Hubo un aplauso que sonó más a desahogo que a festejo, y algunos jóvenes se levantaron como si esa pregunta hubiera tocado una cuerda escondida. Era la promesa más esperada en un municipio donde, durante décadas, estudiar significó irse.
La presidenta bajó la voz, inclinándose apenas hacia el público joven:
“Mientras construimos una nueva universidad aquí en Jonuta, podemos abrir un campus de la Universidad Nacional Rosario Castellanos… aquí mismo, en el turno vespertino”.
Los muchachos se miraron entre ellos. En los ojos, el brillo de esa palabra: universidad. El anuncio cayó como lluvia sobre tierra rajada.
A un costado, el gobernador Javier May Rodríguez observaba con los brazos sueltos, con esa expresión de quien sabe que un viejo pendiente empieza a resolverse. Jonuta—su distancia, su aislamiento, sus caminos largos—le había reclamado durante años una institución de nivel superior. Hoy la escena tenía el sabor de un compromiso saldado.
LA CLASE VIVA
Había algo de ceremonia y algo de clase magistral. Sheinbaum preguntó a los jóvenes si sabían que los mayas inventaron el cero; algunos abrieron los ojos, otros rieron, como sorprendidos de que ese número que ponen en los exámenes fuera tan antiguo como la selva.
—“Eso no lo tenía ninguna cultura”—dijo ella.
El rumor de los aplausos se arremolinó bajo el domo, mezclado con el olor tenue del desodorante barato y el café de termo que sostenía una maestra al fondo.
Después siguió la clase de historia: 1810, Morelos, los Sentimientos de la Nación, Juárez como artífice de la “segunda independencia”. Los jóvenes respondían como podían, algunos con precisión, otros con intuición. En cada respuesta había un destello del país que repiten en las aulas; en cada pregunta, la intención clara de hacerlo suyo.
El momento político apareció disfrazado de lección: “La Cuarta Transformación es pacífica. ¿Cómo se logró el cambio?” Los muchachos guardaron silencio. Ella lo llenó con una frase que llevaba años empujando la narrativa del país: “Con derechos, con becas, con oportunidades… no con violencia”.
El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, tomó el micrófono después. Su voz cortó el aire como quien coloca una estaca: Tabasco tendrá más de 500 mil becarios, desde primaria hasta preparatoria, gracias a la expansión de la Rita Cetina y la Benito Juárez. Los jóvenes se apretaron más hacia adelante, como buscando que la cifra los tocara.
El pueblo tabasqueño siente un gran cariño por la primera Presidenta de México, @Claudiashein; hay muestras de apoyo y respaldo a cada paso durante su visita a #Tabasco, como las que recibió en el entronque ‘Los Pájaros’, en #Jonuta. pic.twitter.com/uNplEfJiZ6
— JAVIER MAY (@TabascoJavier) November 16, 2025
PROMESA DE FUTURO
Sobre el escenario, la alcaldesa María Soledad Villamayor asentía; los funcionarios federales—Citlalli Hernández, Ariadna Montiel, Leticia Ramírez—escuchaban con el rostro firme de quien acompaña una jornada larga. Entre las sillas, una señora de blusa lila lloraba silenciosa, quizá por su hijo, quizá por la idea de que Jonuta, por fin, tendría universidad.
Afuera del domo, el viento arrastraba el olor a río. En la entrada del plantel, los árboles parecían doblarse para mirar el evento. Desde ahí se podía ver a los estudiantes levantar sus tarjetas nuevas, como si fueran boletos para un futuro mejor. Algunos se tomaban selfies; otros enseñaban la tarjeta a sus padres como si sostuvieran un tesoro.
Cuando Sheinbaum anunció que comenzaría la contratación de docentes para el turno vespertino del nuevo campus, hubo un murmullo que corrió como chispa debajo de los asientos. Era la confirmación de que esta vez no se trataba de palabras sueltas sino de una decisión concreta.
Javier May aprovechó el turno para subrayar lo que Jonuta ha cargado durante décadas:
“Ya no tendrán que emigrar para estudiar”. La frase cayó pesada, como verdad conocida por todos. Jonuta ha visto a sus jóvenes marcharse río arriba; algunos regresan, otros no. Hoy, por un instante, la idea de quedarse sonó posible.
Al final, cuando la presidenta levantó la mano a modo de despedida, los jóvenes rompieron en vítores. El sol seguía encima, pero el día parecía menos duro. Quedó la imagen de Sheinbaum caminando entre filas estrechas, saludando a los muchachos, recibiendo una flor improvisada, una postal de esos eventos que parecen pequeños pero que pesan más que los discursos.
Jonuta, ese municipio que siempre aparece lejos en los mapas, había tenido su mañana luminosa. Una mañana donde la educación dejó de ser promesa y empezó a convertirse en obra. Donde un plantel del Cobatab se transformó, por un rato, en el escenario de un país que intenta cerrar brechas.
Al fondo, el río siguió su corriente lenta. La gente comenzó a dispersarse con el olor del mediodía, con la esperanza tibia entre los dedos. Y mientras el calor apretaba, una idea se quedó flotando sobre la ribera: esta vez Jonuta no aplaudió por costumbre, aplaudió porque algo, por fin, empezó a cambiar.
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