WASHINGTON.— Donald Trump inició su discurso del Estado de la Unión con una frase lapidaria: “Nuestra nación está de regreso”, acompañado de aplausos sostenidos en el pleno del Congreso. En poco más de una hora y 45 minutos —el discurso más largo en la historia estadounidense— el presidente trazó una narrativa triunfalista de seguridad, economía y fuerza global que tuvo un eje claro: la seguridad hemisférica bajo liderazgo estadounidense.
En ese marco, Trump hizo una declaración que resonó hasta México: aseguró que “hemos derrocado al líder de uno de los cárteles más siniestros”, en alusión a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, abatido en un operativo del Ejército mexicano en Jalisco que contó con inteligencia compartida estadounidense.
“El Mencho” no fue simplemente presentado como el jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), sino como parte de un fenómeno de seguridad hemisférica que, en la narrativa de la Casa Blanca, pone en riesgo no solo los territorios mexicanos, sino la seguridad de Estados Unidos y su frontera.
Seguridad, narcotráfico y terrorismo: nuevo discurso
Trump dedicó una parte sustancial de su mensaje a relatar logros de seguridad que conectan directamente con México: afirmó que el flujo de fentanilo ilícito ha caído en un 56 % en el último año y que la frontera está “más segura que nunca”.
Pero fue su pasaje sobre cárteles como “organizaciones terroristas” lo que constituye el verdadero punto de inflexión. Según el presidente, esta clasificación legal —respaldada por una orden ejecutiva firmada al inicio de su segundo mandato— permite usar herramientas legales y operativas mucho más extensas que las tradicionales empleadas contra el crimen organizado.
Esa etiqueta no solo tiene implicaciones internas dentro de la política de seguridad estadounidense, sino que abre la puerta a acciones de cooperación, presión y, en casos excepcionales, intervención indirecta más allá de las fronteras. Esa lógica fue subrayada por la Casa Blanca en declaraciones posteriores al discurso: para Washington, la operación que llevó a la caída de El Mencho “no habría ocurrido sin el liderazgo estadounidense”.
Así, la lucha contra el narcotráfico se articula con el combate al terrorismo internacional, un cambio de narrativa que podría tener consecuencias duraderas en cómo Washington justifica su presencia en la región.

Economía, Venezuela y realineamientos geopolíticos
El discurso de Trump no se limitó a la seguridad. También giró hacia logros económicos y alianzas estratégicas. Presumió haber recibido más de 80 millones de barriles de petróleo desde Venezuela, a la que llamó “nuestro nuevo amigo y socio”, tras la caída de Nicolás Maduro en enero pasado en un operativo estadounidense.
Esa referencia a Caracas no es inocua. La narrativa oficial apunta a un realineamiento energético y político en la región que favorece intereses estadounidenses, aun cuando el trasfondo de operaciones contra Maduro está cargado de disputas sobre soberanía y acusaciones de narcoestado desde Washington.
Al mismo tiempo, Trump mezcló ese relato de cooperación con amenazas explícitas en otros frentes: advirtió que no permitirá que Irán tenga un arma nuclear y defendió su bombardeo anterior a instalaciones nucleares iraníes, vinculando así la política hemisférica con la proyección militar global estadounidense.
El impacto regional y nueva doctrina de seguridad
El resultado es un discurso con múltiples lecturas:
- Internamente, Trump proyecta fuerza, control migratorio, seguridad fronteriza y éxito económico, buscando consolidar apoyo político en un momento de polarización extrema.
- Externamente, plantea una visión de liderazgo incondicional de Estados Unidos en el hemisferio occidental, donde el combate al narcotráfico se fusiona con la lucha contra el terrorismo y se extiende hacia escenarios tan complejos como Venezuela.
- Esta combinación de seguridad y geopolítica redefine las expectativas de cooperación con países vecinos, pero también incrementa el riesgo de tensiones diplomáticas, sobre todo si Washington continúa vinculando operaciones propias con logros atribuibles a fuerzas locales, como el caso de México en el operativo contra El Mencho.
Para gobiernos como el de Claudia Sheinbaum, responder a este relato implica equilibrar la cooperación en seguridad con la defensa de la soberanía nacional, evitando que la narrativa estadounidense marque unilateralmente los términos de la relación.
En términos regionales, el discurso de Trump podría ser interpretado como una actualización de la Doctrina Monroe, en la que Estados Unidos insiste en su rol de garante de seguridad hemisférica —con mayores herramientas de intervención— y presiona a sus vecinos para que se alineen con esa visión estratégica.

Un giro discursivo con efectos prácticos
La caída de El Mencho ya no es solo un hecho de seguridad. Es un símbolo político utilizado por la Casa Blanca para justificar:
- la ampliación de marcos legales como el combate al terrorismo doméstico e internacional,
- la profundización de la cooperación con aliados (con presión pública incluida),
- y una narrativa de liderazgo global que vincula hemisferio occidental con amenazas más amplias.
En este nuevo relato, las fronteras entre crimen organizado, terrorismo y política exterior se vuelven más difusas. Y eso altera el tablero de seguridad regional, soberanía nacional y cooperación diplomática en América Latina.
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