En México hay fiestas que se bailan, otras que se disfrutan, y unas cuantas —muy pocas— que se viven. El Carnaval de Tenosique 2026, con su Danza del Pochó, pertenece a esta última categoría: una experiencia tan intensa que rompe cualquier comparación turística y se instala en el cuerpo del visitante como un tatuaje invisible.
No se parece a Veracruz. No se parece a Mazatlán. No compite con nadie porque juega en una dimensión propia, una donde el tiempo, la identidad y la selva escriben la agenda.
Por eso, cuando en una rueda de prensa conjunta el subsecretario Salvador Manrique Priego y la alcaldesa Sandra Beatriz Hernández Jiménez anunciaron que este año esperan más de 100 mil visitantes, no estaban vendiendo un evento: estaban invitando a entrar a un mundo paralelo.
Del 19 de enero al 17 de febrero, Tenosique se convertirá en el epicentro cultural del sureste mexicano, con un programa que mezcla tradición, comunidad, historia y una fuerza simbólica que ninguna pasarela de entretenimiento podría igualar.




UN CARNAVAL QUE NO SE BAILA: SE HABITA
La alcaldesa lo dijo con claridad: “Tenosique es La Capital del Turismo”. Y detrás de esa frase no hay presunción, hay un dato.
Con dos estaciones del Tren Maya, infraestructura hotelera en expansión y una derrama económica proyectada en 130 millones de pesos, este carnaval dejó de ser una curiosidad folclórica para convertirse en un producto cultural de alto valor, del nivel de la Guelaguetza, el Fandango de Tlacotalpan, las Vaquerías de Yucatán o el Carnaval de Veracruz.
Pero el auténtico golpe de escena no está en los números, sino en lo que ocurre cuando la música baja y la danza inicia. La imagen lo dice todo: hombres y mujeres que se cubren el rostro con madera, jaguares que rugen sin abrir la boca, pochoveras que avanzan entre polvo, harina y sudor.
La Danza del Pochó, declarada Patrimonio Cultural de Tabasco desde 2007, es mucho más que un desfile. Es un ritual que se ejecuta desde la entraña.
LO QUE NO SE CUENTA EN LAS POSTALES
Para entender por qué este carnaval no se parece a ningún otro, hay que mirar atrás. Muy atrás.
Los Cojoes, personajes emblemáticos, no surgieron como caricaturas festivas. Sus máscaras vienen de una mitología donde el hombre de madera —ese prototipo fallido de la creación— fue castigado por no recordar a los dioses. En la danza, el Cojó usa esa máscara como camuflaje para que el dios Pochó, la deidad de la destrucción, no lo reconozca.
Es decir: cada Cojó es un acto de resistencia. Cada máscara es un escudo metafísico.
Nada de esto era “carnaval”. Para los pueblos Yokot’an y los grupos con influencia Tzeltal, se trataba del Tiempo Perdido, un periodo para reiniciar el cosmos. Los colonizadores le pusieron el nombre de Carnaval para encajarlo en su calendario, pero lo que ocurre en Tenosique es, en esencia, un exorcismo colectivo.
LA DANZA COMO IDENTIDAD, NO COMO SHOW
Por eso el recorrido de 2026 —cuatro domingos consecutivos a partir del 25 de enero— no es solo un espectáculo: es un recordatorio de que esta tierra sigue reclamando su propio lenguaje.
El Cojo, la Pochovera y el Jaguar no son disfraces, son papeles ancestrales que se heredan de generación en generación como un apellido espiritual.
Y en esta edición, la tiradera de harina del 19 de enero abrirá la fiesta con una postal que parece salida de una novela latinoamericana: niños, jóvenes y adultos cubiertos de blanco, como si el tiempo se detuviera para permitirles volver a ser comunidad.


UN CARNAVAL QUE SE MODERNIZA SIN ROMPERSE
La presencia de la Secretaría de Cultura, la Secretaría de Turismo y el liderazgo municipal han permitido que Tenosique encuentre un equilibrio raro en México: modernizar sin ironizar, promocionar sin vaciar la tradición.
Aquí no hay alcohol como marca patrocinadora ni carros alegóricos diseñados para Instagram. Lo que existe es gente del pueblo recolectando sojo, tallando máscaras y preparando cada detalle como si su identidad dependiera de ello. Y quizá sí depende.
La alcaldesa Hernández Jiménez lo resumió bien: este carnaval es identidad, tradición y orgullo. Y esa mezcla es, hoy más que nunca, un acto político en un país donde las tradiciones suelen ser absorbidas por el mercado o por la nostalgia.
TENOSIQUE: DONDE EL TURISMO NO BORRA LA MEMORIA
A diferencia de otros festivales mexicanos, aquí el visitante no es espectador: es testigo. Quien llega a Tenosique no encuentra una fiesta para presumir en redes, encuentra una comunidad que lo invita a entrar en su ritual más íntimo.
Esa es la razón por la que la derrama económica no es un dato frío: es supervivencia cultural. Hoteles llenos, restaurantes atendiendo al doble de comensales, artesanos de máscaras, músicos locales, mercados, transportistas, guías, vendedores de comida… todos participan en una economía circular que beneficia a Los Ríos y su región.
Porque al final, más allá de la promoción turística, lo que Tenosique ofrece es un recordatorio: México sigue vivo donde la comunidad se reconoce en sus símbolos.
Y el Pochó, ese dios que alguna vez quiso devorar el espíritu humano, hoy observa cómo miles de personas siguen bailando para que el tiempo vuelva a girar.


