QUERÉTARO.— Había algo distinto en el tono. No era el discurso ceremonial de cada aniversario, ni la letanía histórica que suele acompañar estas fechas. Frente a ministros, legisladores, gobernadores y mandos militares, Claudia Sheinbaum optó por otra cosa: fijar postura. Política pura. Mensaje al exterior y al interior al mismo tiempo.
“México no se doblega, no se arrodilla ni se vende; no regresará a ser colonia de nadie”. La frase, más que consigna, sonó a frontera.
El acto por el 109 aniversario de la Constitución dejó de ser conmemoración para convertirse en definición estratégica. En días donde la relación con Estados Unidos se tensa por seguridad, migración y narcotráfico, la Presidenta eligió hablar de soberanía, de recursos nacionales y de dignidad institucional. No levantó la voz; marcó límites.
La narrativa fue quirúrgica. Hizo un recorrido por Independencia, Reforma y Revolución, no como museo, sino como argumento político: cada transformación —dijo— dejó su huella en la Constitución. La suya también. La reforma que blinda la independencia nacional y condena cualquier injerencia extranjera fue presentada como continuidad histórica, no como capricho ideológico.
Y ahí apareció el segundo mensaje: México no volverá al régimen de privilegios. Nada de condonaciones fiscales discrecionales ni del viejo modelo donde el interés privado dictaba el rumbo del Estado. La Cuarta Transformación, insistió, busca devolverle sentido social a la ley. Gobernar, en esa lógica, es redistribuir poder, no administrarlo.
MENSAJE CENTRAL
El contexto explica el filo del discurso. Desde Washington se escucha presión. Columnas como las publicadas en The New York Times, firmadas por Mary Beth Sheridan, plantean que México enfrenta no sólo a los cárteles, sino a redes políticas incrustadas en lo local. La lectura empuja hacia soluciones espectaculares, incluso militares.
Del otro lado, la retórica de Donald Trump insiste en intervenciones directas. Sheinbaum respondió sin mencionarlo: cooperación sí, subordinación no. La diferencia no es menor. Es la línea que separa diplomacia de tutela.
El gesto fue sobrio, pero firme. Nada de romper puentes, nada de estridencias nacionalistas. Simplemente una advertencia elegante: las decisiones de seguridad se toman en México. El Estado mexicano no acepta recetas externas. Ese matiz —moderado en forma, contundente en fondo— explica por qué incluso opositores terminaron aplaudiendo.
Puertas adentro, el mensaje también cerró filas. Al hablar de patria, justicia social y democracia real, la Presidenta reforzó cohesión política. En tiempos de ruido internacional, el poder necesita certezas domésticas. Y el constitucionalismo funciona como ancla.
LÍMITES CLAROS
Lo que se vio no fue un mitin, sino una escena de mando. Un recordatorio de jerarquías. En política exterior, la firmeza no siempre es grito; a veces es tono bajo y frase precisa. Decir “hasta aquí” sin estrépito. Ese fue el movimiento.
Porque, al final, la ceremonia dejó una lectura simple: México cooperará, negociará, dialogará. Pero no se arrodilla. No vende su soberanía. Y no piensa volver a ser periferia de nadie. En la liturgia constitucional, Sheinbaum convirtió la memoria histórica en escudo político.
Y en estos tiempos, eso también es gobernar.
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