Visual de aprobación del gobernador Javier May

Gobernar cuesta: decisiones, desgaste y cierre de aprobación en 2025

Héctor I. Tapia

Gobernar no siempre sube la aprobación. A veces la baja. A veces la pone a prueba. El primer año de Javier May Rodríguez se parece más a esa verdad incómoda que a la postal triunfal del arranque.

El consolidado anual de encuestas de 2025 arroja una aprobación promedio de 51.71% frente a una desaprobación de 48.29%, una diferencia estrecha que habla menos de euforia y más de resistencia política tras un año de decisiones difíciles.

Las mediciones no dibujan un trazo uniforme ni una luna de miel prolongada; registran, más bien, el costo de gobernar cuando el poder se ejerce. En ese vaivén —hecho de presión, correcciones y ajustes— la aprobación funciona menos como aplausómetro y más como factura política.

No fue un desplome ni un derrumbe, pero sí un aviso: gobernar con mano firme cobra peaje. El dato —consolidado por distintas casas encuestadoras— marca ese punto de estrés y, a la vez, deja ver algo que suele perderse entre porcentajes: la figura no se quebró.

La clave está en entender la aprobación como proceso y no como foto. Gobernar cuesta porque ordenar desplaza inercias, incomoda intereses y obliga a priorizar. Ese costo, que primero se manifiesta como caída, empieza a amortizarse cuando las correcciones producen efectos visibles y la narrativa deja de ser reactiva. El último tramo del año sugiere justamente eso: una percepción menos volátil y un cierre sin triunfalismos, pero con control.

Hacia el cierre, la lectura cambia. Sin estridencias ni euforia, la aprobación deja de caer y se recompone. El balance no borra el desgaste previo; lo explica. El primer informe de gobierno llega, así, con una narrativa más adulta: no la del éxito instantáneo, sino la del control del daño y la recuperación del pulso. En política, sostenerse cuando el terreno se vuelve áspero también cuenta.

La pregunta de fondo no es si el año fue bueno o malo, sino qué nos dicen las encuestas cuando el poder se ejerce de verdad. ¿Castigan al que decide? ¿Premian al que corrige? ¿O simplemente registran el costo inevitable de ordenar? En esa lectura —más que en el número aislado— está la historia del 2025 para Javier May.

Gráfica aprobación del gobernador.

CUANDO GOBERNAR CUESTA

Hay una tentación recurrente en la política local de Tabasco: confundir estabilidad con acierto. El 2025 demuestra lo contrario. Las variaciones en la aprobación de Javier May no se explican por una volatilidad caprichosa del ánimo social, sino por la secuencia de decisiones que acompañan a un primer año de gobierno cuando se entra a ordenar. Seguridad, mandos, territorio y coordinación institucional son palabras que suelen traducirse, en el corto plazo, en fricción. Y la fricción se paga.

El promedio general de aprobación de 51.71% no es un dato menor. Ubica al gobierno de Javier May en una zona de equilibrio competitivo: lejos del desplome, pero también sin blindaje automático. La cifra sintetiza un año de fricción, donde el desgaste existió —y fue visible—, pero no derivó en ruptura con la base social. La desaprobación, con 48.29%, presionó, pero no rebasó.

El promedio general de aprobación de 51.71% no es un dato menor. Ubica al gobierno de Javier May en una zona de equilibrio competitivo: lejos del desplome, pero también sin blindaje automático.

La cifra sintetiza un año de fricción, donde el desgaste existió —y fue visible—, pero no derivó en ruptura con la base social. La desaprobación, con 48.29%, presionó, pero no rebasó.

Ese pago se refleja con mayor nitidez en los meses centrales del año, cuando el clima público se volvió más exigente. Las encuestas —distintas entre sí en metodología y severidad— coinciden en señalar un desgaste que no fue terminal.

El promedio anual se mantuvo en zona media, y el promedio mensual mostró un piso claro en el verano. No es un detalle menor: hay gobiernos que, ante un choque similar, se rompen; aquí, el indicador se tensa y luego se estabiliza.

En esa lógica, el 2025 no fue el año del aplauso fácil. Fue el año del peaje político. Y pagar el peaje —cuando se gobierna— es, a veces, la condición para recuperar el camino.

CUANDO LAS ENCUESTAS SE LEEN JUNTAS

Leídas en conjunto, las encuestas de 2025 muestran algo más complejo que una curva ascendente o descendente. El balance anual —51.71% de aprobación contra 48.29% de desaprobación— confirma un año de tensión sostenida, con un punto crítico en los meses centrales y una recuperación gradual hacia el cierre. El dato no maquilla el desgaste; lo contextualiza.

Las diferencias entre casas encuestadoras no invalidan la historia; la completan. Las más favorables empujan el techo, las más estrictas marcan el piso. Entre ambas, el promedio mensual actúa como árbitro silencioso. Allí aparece el punto más bajo del año en el verano, seguido de una recuperación gradual que culmina con un cierre significativamente mejor. No es una curva perfecta, pero sí coherente con el calendario de decisiones.

El valor de este ejercicio no está en escoger qué encuesta “dice la verdad”, sino en observar qué dicen todas cuando se superponen. Incluso las mediciones más severas muestran que la caída tuvo un límite y que, después, la tendencia dejó de deteriorarse. El dato, leído así, no maquilla el desgaste: lo contextualiza. Señala que el costo existió y que no fue menor, pero también que el control del daño fue posible.

En un entorno donde la percepción suele reaccionar con rapidez y castigar sin matices, sostener una línea de flotación importa. El consolidado mensual muestra que, cuando el gobierno ajusta, la opinión pública responde con cautela primero y con estabilización después. El número no explica por sí solo el año; confirma la secuencia que la política vivió.

EL VERANO Y LA FACTURA

El punto de mayor tensión llegó en el verano. No fue una sorpresa ni un accidente. Fue el momento en que la agenda de seguridad en Tabasco se volvió dominante y la exigencia ciudadana alcanzó su nivel más alto. Las encuestas lo registraron con claridad: ahí se concentró el desgaste más pronunciado del año. La aprobación tocó su piso y la narrativa pública se volvió más áspera.

Ese tramo concentra la factura política de gobernar. Cuando se intervienen estructuras, se ajustan mandos y se intenta recuperar control territorial, el efecto inmediato rara vez es aplauso. La percepción se resiente antes de reconocer los cambios. El verano fue, en ese sentido, la prueba más dura del primer año de Javier May: el punto donde la política dejó de ser promesa y se volvió fricción cotidiana.

Lo relevante, sin embargo, no es solo que la aprobación bajara, sino cómo lo hizo. No hubo desplome abrupto ni ruptura del vínculo. Las cifras marcan tensión, no desfondamiento. Es una diferencia sustantiva. En otros contextos, una caída similar habría abierto una espiral descendente; aquí, el indicador se detuvo y comenzó a reacomodarse.

Ese comportamiento anticipa el giro posterior. El verano no cerró el ciclo; lo abrió. A partir de ahí, el gobierno entró en una fase de ajuste que —sin borrar el desgaste— empezó a contenerlo. La factura fue alta, pero no impagable. Y en política, reconocer el costo y sobrevivir al cobro también forma parte del balance.

CUANDO EL COSTO SE CONTIENE

Después del verano, algo cambia. No de forma inmediata ni espectacular, pero cambia. La caída deja de profundizarse y la percepción entra en una etapa distinta: menos reactiva, más contenida. El gobierno ajusta. Reordena. Prioriza. El poder, que había estado bajo presión, empieza a recuperar ritmo. Y ese movimiento —más administrativo que discursivo— se refleja en los números de aprobación.

La aprobación no rebota de golpe; se estabiliza. Esa diferencia importa. En política, frenar el deterioro suele ser el primer signo de control. Los meses posteriores al punto crítico muestran una tendencia menos volátil, con repuntes moderados y retrocesos contenidos. No hay euforia, pero tampoco pánico. La opinión pública parece registrar que el gobierno entendió el mensaje y actuó en consecuencia.

Este giro no se explica por una campaña de imagen, sino por una secuencia de decisiones que empiezan a ordenar la agenda. La percepción responde, como suele hacerlo, con cautela. Primero observa, luego concede. El indicador deja de ser una pendiente y se convierte en una meseta. Para un primer año de gobierno marcado por fricciones, ese tránsito ya es un dato político relevante.

La lectura de fondo es clara: el costo no desaparece, pero se administra. Y cuando el costo se contiene, el margen de maniobra regresa. El gobierno entra así en una fase donde la aprobación deja de ser un problema urgente y se convierte en un factor a gestionar, no a perseguir.

DOS LECTURAS

Respaldo y exigencia

RECUPERACIÓN SIN TRIUNFALISMO

El cierre de 2025 confirma ese reacomodo. Las encuestas del último tramo muestran una mejora clara respecto del verano y un promedio mensual que se ubica por encima del punto más bajo del año. No es un final épico ni una remontada arrolladora; es una recuperación sobria, suficiente para reordenar la narrativa con la que el gobierno llega a su Primer Informe.

Ese cierre importa por lo que dice y por lo que no dice. No borra el desgaste previo ni cancela la factura pagada. Tampoco convierte un año áspero en un paseo. Lo que hace es algo más útil: demuestra que el ciclo descendente se cerró y que la aprobación encontró un nuevo equilibrio. En política, cerrar ciclos es tan relevante como abrirlos.

El dato final —leído en conjunto y no de manera aislada— sugiere que el gobierno llega al informe con más control que meses atrás. La percepción ya no está dominada por la urgencia del verano ni por la incertidumbre del ajuste. Está, más bien, en una fase de expectativa prudente. Ni aplauso fácil ni rechazo frontal.

Así concluye el primer año: con una aprobación que no canta victoria, pero tampoco pide auxilio. En el balance, gobernar costó. El precio fue visible. La diferencia es que, al final del año, el costo dejó de crecer. Y en política, eso también cuenta como una forma de recuperación.

LO QUE DICE REALMENTE LA APROBACIÓN

La aprobación no absuelve ni condena. Registra. Y lo que registran las encuestas de 2025, vistas en conjunto, es algo más complejo que una curva ascendente o descendente: un proceso. El primer año de Javier May Rodríguez no fue el de la comodidad ni el del consenso automático. Fue el del costo político de gobernar cuando el poder deja de administrarse por inercia y empieza a ejercerse con fricción.

Leída así, la aprobación no mide simpatía, sino tolerancia social al ejercicio del poder. Castiga cuando el desgaste se acumula y concede cuando el control aparece. En el caso de 2025, el mensaje es doble: hubo un momento claro de desgaste —el más alto del año— y hubo también un punto en el que ese desgaste dejó de crecer. La política, como la economía, vive de expectativas. Y cerrar el año con una percepción estabilizada redefine el punto de partida.

El dato central no es que la aprobación termine arriba o abajo de una cifra simbólica, sino que el ciclo crítico quedó atrás. Gobernar costó, y ese costo fue visible. Pero el costo no se volvió crónico. El gobierno llegó al final del año con margen, no con urgencia; con control, no con improvisación. Eso es lo que las encuestas, incluso las más exigentes, terminan reconociendo.

El número final importa por su equilibrio. Cerrar 2025 con una aprobación promedio ligeramente superior a la desaprobación redefine el punto de partida rumbo al segundo año. No hay aplauso fácil ni rechazo frontal. Hay margen político. Y, en política, llegar con margen después de pagar el costo del primer año es un activo.

El primer informe de gobierno no llega, entonces, como un acto de celebración, sino como un balance. La narrativa no es la del aplauso fácil, sino la del ajuste que empieza a rendir. En política, sobrevivir al primer año —cuando se paga la factura más alta— suele ser la condición para que el segundo sea distinto.

El resto pertenece al tiempo por venir.

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