Bajo el lema “Riqueza, magia y transformación”, Tabasco se volvió estos días el punto más dulce de México. En el Parque Tabasco “Dora María”, entre aromas de cacao tostado y murmullos de miles de visitantes, se inauguró la décimo cuarta edición del Festival del Chocolate, un evento que ha dejado de ser feria turística para convertirse en una declaración de identidad: Tabasco es la tierra que alimentó al cacao y ahora busca que el cacao la alimente de vuelta.
Durante cinco días —con España y Tlaxcala como invitados de honor, y la presencia de los países del Mundo Maya— el festival ofrece degustaciones, talleres, arte y conferencias. Pero bajo la superficie de esta fiesta cultural y comercial, se mueve algo más profundo: un intento deliberado de reconstruir el orgullo de una región a través del símbolo que alguna vez le dio prestigio mundial.

RAÍZ Y DESTINO
El gobernador Javier May Rodríguez lo dijo con claridad: “el cacao es la esencia del pueblo tabasqueño”. aaaaaY tenía razón. Antes de que existiera la palabra chocolate, ya había en esta tierra un ritual: el de moler la semilla que fue moneda y alimento de dioses.
Ese pasado, que durante décadas se desdibujó bajo la pobreza rural, vuelve a colocarse en el centro del discurso público, esta vez no como nostalgia, sino como proyecto de desarrollo y soberanía cultural.
En Tabasco, hablar del cacao es hablar de Sembrando Vida, de cooperativas locales, de innovación agroforestal, pero también de política: de una nueva narrativa que el gobierno estatal intenta posicionar —una que mezcla la economía popular con la memoria, la producción con el orgullo. En ese sentido, el festival no sólo celebra un fruto; reivindica una raíz y la convierte en estrategia.





LA POLÍTICA DEL SABOR
En el templete del Parque “Dora María”, entre productores, cocineras y embajadores extranjeros, el festival fue también una vitrina política. El gobernador habló de justicia social y de soberanía alimentaria.
La secretaria Katia Ornelas Gil habló de “soberanía cultural”. En el fondo, ambos apuntaban a lo mismo: que Tabasco puede definirse por lo que produce y no por lo que padece.
El evento, con 420 expositores y una derrama esperada de 213 millones de pesos, simboliza el tipo de política que hoy se quiere proyectar: una que transforma identidad en economía, patrimonio en marca, territorio en producto.
Es el reflejo de una idea de gobierno que busca reconstruir comunidad y autoestima desde lo tangible —desde la tierra, desde el trabajo, desde el sabor.
Pero el festival tiene otra lectura, más fina y menos visible: en un país polarizado por la política, el cacao aparece como el puente posible entre la historia y el futuro. Es una metáfora de reconciliación.
El fruto amargo que se volvió dulce, la semilla que unió al campesino y al repostero, al productor indígena y al chef europeo. En tiempos de fracturas, Tabasco ofrece una imagen de integración: la de un pueblo que se reconoce en lo que siembra.
Dio comienzo la edición 14 del Festival del Chocolate 2025; durante cinco días #Tabasco se convertirá en el punto de encuentro más dulce y vibrante de México. Aquí convergen la herencia de nuestro pasado y la creatividad del presente, representada con el cacao. pic.twitter.com/5ToiErOLWO
— JAVIER MAY (@TabascoJavier) November 14, 2025
EL SÍMBOLO Y EL MENSAJE
Por eso la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum —programada para el cierre del festival— tiene un sentido que trasciende la cortesía institucional. Representa un gesto político: el reconocimiento a un estado que intenta definirse no por su pasado de conflicto o petróleo, sino por su capacidad de producir cultura y alimento. Tabasco, el territorio de los ríos y las inundaciones, se reescribe en estos días como la capital mundial del chocolate.
El Festival del Chocolate se ha vuelto, en ese contexto, algo más que una feria gastronómica. Es una narrativa en construcción, un acto de diplomacia cultural y un espejo del país que intenta emerger: el que apuesta a la tierra como respuesta a la desigualdad, al conocimiento ancestral como palanca de modernidad.
Porque el cacao, como el país, ha sobrevivido a sequías, crisis y olvidos. Y, sin embargo, sigue brotando. Su historia —como la de México mismo— es la de una semilla que, enterrada, siempre vuelve a germinar.
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