Hay días en que Juan Rulfo vuelve a caminar entre nosotros como una sombra conocida. No hace ruido. No levanta polvo. Está ahí, en los pueblos detenidos por el sol, en las casas donde el aire pesa y los techos crujen, en los silencios que parecen hablar.
Mañana se cumplen 40 años de su muerte y la fecha pasa casi sin ceremonia, como si el país todavía no supiera cómo mirar de frente a uno de sus hombres esenciales.
La mayoría lo recuerda por Pedro Páramo y El llano en llamas, libros breves que abrieron un hueco profundo en la literatura del siglo XX. Pero antes de escribir, Rulfo ya miraba.
Antes de narrar, fotografiaba. Caminó México con una cámara desde finales de los años treinta, como quien guarda pruebas de que el mundo estuvo ahí y no fue un sueño.
LA MIRADA
Rulfo no fue un fotógrafo improvisado. Conocía la técnica, la historia de la imagen, el peso de la luz. En su biblioteca convivían manuales y anuarios, y en su memoria se acumulaban caminos, pueblos y rostros.
Viajó como estudiante, como agente de ventas, como trabajador de proyectos públicos. Cada trayecto era una oportunidad para registrar la vida tal como se ofrecía, sin poses ni adornos.
Su hijo Pablo lo explicó alguna vez con claridad: la fotografía era para él una forma de coleccionar momentos significativos, no por su belleza sino por su carga humana. Por eso nunca buscó un estilo profesional ni una firma reconocible.
Le interesaba el sentido, no el aplauso. Fotografiar era una forma de estar, de entender, de escuchar con los ojos.
Esa mirada lo acompañó en la Comisión del Papaloapan y luego en el Instituto Nacional Indigenista, donde documentó comunidades, editó publicaciones y construyó archivos. Ahí la cámara fue herramienta y testigo.
Un puente entre el Estado y los pueblos, pero también entre el hombre y su propia curiosidad. Cada imagen era una pregunta lanzada al paisaje.


EL MURMULLO
En 1980, cuando Museo del Palacio de Bellas Artes le abrió las puertas para una exposición individual, muchos se sorprendieron. El homenaje nacional mostró a un Rulfo coherente consigo mismo: el mismo que escribió con silencios, ahora los revelaba en blanco y negro.
Se exhibieron cerca de cien imágenes y quedó claro que su literatura también estaba hecha de encuadres, texturas y distancias.
La cámara dialogó incluso con el cine. En la película El despojo participó en un ejercicio experimental, sin guion fijo, donde las escenas se construían en el momento. Ahí volvió a aparecer su obsesión: la gente común, los espacios detenidos, la vida que sigue aunque nadie la esté mirando.
El año pasado se cumplieron 70 años de la publicación de Pedro Páramo, novela que nació con otros nombres y otros pueblos hasta encontrar su forma definitiva en 1955, cuando salió del Fondo de Cultura Económica.
Desde entonces no ha dejado de viajar. Es la obra mexicana más traducida, leída como se escuchan las leyendas: con respeto, con miedo, con fascinación.
Hoy, mientras no hay aún actos oficiales que recuerden su aniversario luctuoso, Rulfo sigue ahí. En una fotografía detenida. En una frase que arde.
En el polvo de un camino que podría ser Jalisco o podría ser Tabasco. Porque Rulfo, como la humedad, se mete en todos lados y no se va.


