CULIACÁN.— El viernes por la mañana, a las 8:46 horas, Rubén Rocha Moya volvió a sentarse en la silla que había dejado vacía durante 112 días. Treinta y cuatro horas después, ya la estaba dejando otra vez.
El sábado 22 de agosto, alrededor de las 18:00 horas, el gobernador de Sinaloa envió un oficio al presidente de la Diputación Permanente del Congreso local, Manuel de Jesús Guerrero Verdugo, en el que pidió licencia temporal “con carácter indefinido”, sin dar mayores explicaciones. “Por así considerarlo pertinente”, escribió, “me presento ante ese Honorable Poder Legislativo para efecto de solicitar licencia temporal con carácter indefinido, por más de treinta días, al cargo de Gobernador Constitucional del Estado de Sinaloa”.
El oficio se ampara en el artículo 50, fracción VIII, de la Constitución sinaloense. Horas más tarde publicó un mensaje más corto en X: “Sinaloa, la nación y el movimiento de transformación están por encima de todo”.
Sinaloa, la nación y el movimiento de transformación están por encima de todo. pic.twitter.com/4QafpoSDPt
— Rubén Rocha Moya (@rochamoya_) August 23, 2026
Una vuelta calculada, una salida obligada
Rocha había regresado el 21 de agosto, a las 8:46 de la mañana, con un mensaje grabado desde el despacho del Palacio de Gobierno que buscaba curarse en salud antes de que nadie le reclamara nada: dijo que retomaba el cargo “con la frente limpia y en alto” y presumió que “como la propia Fiscalía General de la República lo ha informado ya, en conferencia de prensa, no existen los mínimos elementos de prueba” en su contra. De paso, anunció que pensaba aguantar en el puesto hasta el 31 de octubre de 2027.
El festejo le duró lo que tarda un fin de semana en pasar. Según morenistas de Sinaloa, la orden de frenar no vino después, en forma de comunicado ni de regaño público: llegó desde la tarde misma del viernes, “desde Palacio Nacional”, horas antes de que Sheinbaum publicara una sola línea.
Por eso Rocha canceló, casi de inmediato, las reuniones que ya tenía agendadas con alcaldes y sectores productivos —el arropo que necesitaba para presentarse como gobernador consolidado, no como uno de facto—. Lo que se vio hacia afuera como un rechazo espontáneo del partido fue, en los hechos, la ejecución de algo que ya se había decidido puertas adentro: primero la instrucción privada, después la condena pública, y al final el oficio de licencia. En ese orden.
La Secretaría de Gobernación salió a decir que la decisión era “exclusivamente” personal y que no tenía respaldo del Gobierno federal —una frase que, vista con el dato de Palacio Nacional encima, suena menos a sorpresa institucional y más a guion ya escrito—. La dirigencia nacional de Morena —con Ariadna Montiel y Citlalli Hernández sumándose por su cuenta en redes— se deslindó, igual que las bancadas del partido en San Lázaro y en el Senado. De los 23 gobernadores de la 4T, ninguno salió a defenderlo. Todo el sábado, el Palacio de Gobierno de Culiacán se vio prácticamente vacío; solo entraron algunos secretarios.

La sentencia de verdad llegó por escrito y sin mencionar a nadie. La presidenta Claudia Sheinbaum publicó un mensaje en el que advirtió que ningún interés personal puede estar por encima del pueblo y la Nación, “mucho menos cuando aquello que se pretende colocar por encima de México no es el bienestar de su gente, sino la ambición desnuda del poder por el poder”.
Siguió: “el poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso; y el poder que olvida al pueblo termina enfrentándose a la historia”. Y cerró con la frase que más se comentó ese fin de semana: “por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, están el pueblo y la Nación”. A Rocha no lo nombró. No hacía falta.
Que se haya enterado del regreso por una publicación en X, y no por una llamada directa entre la jefa del Ejecutivo federal y un gobernador de su propio partido, cuadra con la lectura de que el mensaje ya se le había hecho llegar por otro canal antes de que hiciera falta hablar con él en persona.
No faltó quien lo cuestionara abiertamente: el empresario Manuel J. Clouthier ironizó en redes sobre que alguien le creyera a la Presidenta no haber sabido con antelación lo que se cocinaba en Culiacán. Cierto o no del todo, la anécdota retrata el tamaño del quiebre: en un movimiento que presume disciplina, el gobernador de un estado clave terminó ejecutando —34 horas después— una instrucción que había recibido desde el primer día.

El fuero como último refugio
Detrás del boletín institucional hay una explicación más cruda: sin el cargo, Rocha Moya queda expuesto a un proceso que ya no depende de nadie en México. El Departamento de Justicia de Estados Unidos lo acusa, junto con otras nueve personas, de conspirar para importar narcóticos desde al menos 2012 y de posesión de armamento vinculado al narcotráfico, cargos que en conjunto contemplan penas de entre 40 años y cadena perpetua.
La acusación, identificada como S9 23 Cr. 180, fue certificada el 23 de abril y fue lo que lo llevó a pedir licencia por primera vez, el 1 de mayo, según dijo él mismo, “para no obstaculizar la investigación”.
Volver al cargo no era gratis: le devolvía el fuero constitucional que lo protege de una detención inmediata. Fue una apuesta fuerte, y le aguantó menos de dos días.
La sombra de Héctor Melecio Cuén
El otro expediente que persigue a Rocha Moya tiene nombre propio: Héctor Melecio Cuén Ojeda, el político sinaloense asesinado el 25 de julio de 2024 en circunstancias que la Fiscalía estatal, en su momento, intentó disfrazar de asalto. Tres días antes del regreso fallido del gobernador, las autoridades detuvieron a Fausto Corrales, colaborador cercano de Cuén y testigo directo de los hechos, en una audiencia de imputación que se realizó en privado el 19 de agosto.
La coincidencia de fechas no es casual. Si Corrales suelta algo que involucre a Rocha en la muerte de Cuén, el gobernador tendría un frente judicial abierto en México, aparte de la extradición que pide Washington. Esa posibilidad, más que la lealtad al partido, explica la prisa con la que intentó recuperar el fuero, y la misma prisa con la que lo soltó en cuanto vio que nadie lo iba a sostener.



