Quien hoy tiene un trámite migratorio pendiente revisa su carpeta dos veces. Desde enero de 2025, cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca, el Departamento de Estado ha revocado más de 175 mil visas. No es un dato suelto: es el termómetro de una política exterior que convierte el papel migratorio en herramienta de presión.
En 2024, último año de Joe Biden en el poder, se cancelaron cerca de 40 mil visas. Ese ritmo se duplicó en 2025: 100 mil retiros en un solo año. Además, el promedio mensual saltó de 8 mil a 10 mil ya entrado 2026.
El discurso oficial habla de seguridad
La versión pública de Washington apunta a delitos: narcotráfico, agresiones, fraude. No obstante, The New York Times documentó que buena parte de las cancelaciones también tiene un trasfondo político, ligado a protestas pro palestinas o a expresiones sobre el asesinato del activista Charlie Kirk.
En este sentido, el Departamento de Estado ha reconocido abiertamente que usa la amenaza de retirar visas como parte de su estrategia para ejercer mayor control sobre América Latina. La herramienta migratoria dejó de ser solo trámite: es palanca diplomática.

México, en la mira directa
La embajada estadunidense en México confirmó ayer que Washington “cancelará cualquier visa cuando existan razones para hacerlo, sin importar quién sea el titular, dónde viva o cuáles sean sus opiniones políticas. Las visas son un privilegio, no un derecho”.
El mensaje remitió a una publicación del 16 de febrero pasado, donde el secretario de Estado, Marco Rubio, fue tajante: “Nadie tiene derecho a una visa. Si entra a nuestro país como visitante y realiza actividades contra los intereses nacionales de Estados Unidos, le quitaremos su visa”.
Por ello, el caso de Andrés Manuel López Beltrán no es aislado. Se ubica en un patrón que ya alcanzó a figuras como el ex presidente costarricense y Nobel de la Paz, Óscar Arias, el año pasado.
El otro tono: cooperación y “drama político”
Mientras la presión migratoria escala, la diplomacia formal insiste en el discurso de cooperación. El embajador Ronald Johnson celebró este sábado un operativo conjunto contra el cártel de Juárez: “Así se ve la cooperación en acción. Juntos somos más fuertes frente a los cárteles y las organizaciones narcoterroristas que amenazan a nuestra gente”.
El subsecretario Christopher Landau, por su parte, pidió no distraerse de la agenda bilateral por el “ocasional estallido de drama político” y compartió una metáfora sobre la mariposa monarca como símbolo de la relación entre ambos países.
Sin embargo, un día antes ese mismo funcionario había lanzado, en inglés, un mensaje interpretado como burla directa al debate por la visa de López Beltrán: “¿Estás disfrutando el espectáculo? Rellena tus palomitas, te encantará lo que sigue”.
La lectura de fondo
La contradicción entre el tono cooperativo y las pullas políticas retrata una relación bilateral que se administra con doble libreto. Por un lado, seguridad compartida contra el narco; por otro, presión selectiva vía visas.
Esa tensión no es nueva, pero la escala actual —10 mil cancelaciones mensuales— la vuelve estructural. La pregunta que queda en el aire es hasta dónde llegará el margen de maniobra de la política exterior mexicana frente a esta presión sostenida.
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