En Tabasco, la muerte de un exgobernador volvió a abrir algo que nunca se ha cerrado: la memoria. Aquí, el tema no se queda en el respeto ni en el protocolo. Se mete en la conversación diaria, en la banqueta, en el café, en lo que la gente recuerda aunque nadie lo diga en voz alta.
El comentario fue directo. Sin matices. El coordinador de giras del gobierno estatal, Roberto Guzmán Mendoza, escribió tras la muerte de Manuel Gurría Ordóñez: “que con él se muera todo el priismo que sigue vigente”. No fue una postura oficial. Fue personal. Pero bastó para que el PRI se movilizara como si le hubieran tocado una fibra que no había sentido en años.
El partido presentó una denuncia ante el IEPCT y habló de “violencia política e incitación al odio”. Su dirigente, Miguel Barrueta Cambrano, sostuvo que se trató de “un agravio a la familia Gurría Ordóñez y un ataque directo contra miles de militantes”. En el papel suena correcto. En el contexto tabasqueño, no tanto.
Porque aquí el PRI no es solo un partido. Es una etapa completa del poder. Es decisiones que dejaron huella en obras, en cuentas públicas y en la forma en que se gobernó durante años. Por eso, cuando hoy se presenta como víctima, la reacción no es automática. Hay memoria de por medio.
Desde los años de Manuel Gurría Ordóñez, cuando el poder se sostuvo con operadores y elecciones bajo sospecha, se abrió la puerta a un régimen que no se fue rápido. Se quedó. Se adaptó. Y marcó la forma de hacer política en Tabasco durante décadas.
La indignación que no convence
En el Congreso, el tono fue distinto. Hubo minuto de silencio. Hubo respeto institucional. El presidente de la Mesa Directiva, Marcos Rosendo Medina, lo dijo con claridad: “quienes se nos adelantan siempre merecen respeto”. Nadie discutió esa parte. Esa regla aquí no se rompe.
Pero la discusión no se quedó en el respeto a la muerte. Se fue hacia la reacción política. El PRI decidió colocar el tema en el terreno moral, hablar de intolerancia y exigir sanciones. Lo hizo acompañado de figuras que también cargan su propio contexto.
El diputado Fabián Granier Calles pidió el cese inmediato del funcionario. Dijo que la expresión “no tiene cabida en la política” y que refleja una forma de pensar inaceptable. El señalamiento es válido. El problema es quién lo dice y desde dónde lo dice.
Y no es historia cerrada. Es presente. El apellido sigue en la política activa, opinando, exigiendo sanciones y tratando de fijar límites, como si la memoria del estado no alcanzara para conectar los puntos.
Porque ese reclamo no viene en blanco. Viene de un grupo político que tuvo uno de sus momentos más visibles en el sexenio de Andrés Granier Melo, que terminó con denuncias por uso indebido de recursos, hospitales sin insumos y un exgobernador en prisión. No es discurso: es registro público.
En Tabasco, los apellidos pesan. Y ese en particular no es neutro. Está ligado a uno de los episodios más señalados por el manejo de recursos públicos en la historia reciente del estado. Por eso, cuando habla de límites éticos en la política, la conversación cambia de tono.
El fondo que incomoda
El PRI intenta instalar la idea de que enfrenta un ataque. Que hay un ambiente hostil. Que desde el poder se promueve la intolerancia. Incluso advirtió sobre una “escalada” de este tipo de expresiones. El planteamiento sirve en el discurso. No necesariamente en la percepción social.
Pero esa narrativa choca con otra más larga. Durante años, Tabasco manejó recursos crecientes, impulsados por el petróleo, bajo esquemas donde la discrecionalidad era regla. No fue un accidente aislado. Fue una forma de gobierno.
Porque el comentario de Guzmán, aunque excesivo en la forma, conecta con una parte del ánimo que sí existe. No por el deseo que expresa, sino por lo que representa el priismo que sigue vigente en cargos, estructuras y relaciones de poder.
No se trata de justificar una frase. Se trata de entender por qué no genera el mismo rechazo en todos lados. Aquí hay una historia detrás. Una que no se borra con denuncias ni con posicionamientos públicos.
El momento político
La denuncia no es solo jurídica. También es política. El PRI busca colocarse como agraviado en la antesala de un proceso electoral. Necesita instalar una narrativa que lo reposicione frente a un electorado que no olvida con facilidad.
Mientras tanto, Morena optó por deslindarse del comentario. Bajó el tono. Evitó hacer del tema una confrontación mayor. El único que decidió no entrar al intercambio fue Manuel Gurría Reséndez, nieto del exgobernador, quien se limitó a agradecer las muestras de afecto sin polemizar.
En medio del ruido, fue el único que entendió que no todo se convierte en disputa política. En un estado como Tabasco, donde el calor aprieta y la memoria también, hay momentos que se leen mejor en silencio.
Lo que queda
El PRI intentó convertir una frase en bandera. Pero el resultado fue otro. La conversación se movió hacia su historia, hacia lo que fue y hacia lo que aún representa para muchos.
Por eso la discusión no se queda en lo que dijo un funcionario. Se va más atrás. A lo que fue ese priismo cuando tuvo el poder completo y a lo que todavía carga cuando intenta presentarse como agraviado.
Aquí, donde el asfalto hierve y las cuentas pendientes siguen abiertas, la política no se gana solo con denuncias. Se juega también con lo que la gente recuerda. Y eso, en Tabasco, no se borra.
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