En los primeros 147 días del gobierno de Javier May Rodríguez, ha ocurrido un fenómeno que no parece casualidad: el mimetismo político. Sin necesidad de imposiciones, sin circulares internas ni indicaciones explícitas, su gabinete ha empezado a reflejar un estilo de trabajo que va más allá de las palabras y que se traduce en la imagen. Las mangas arremangadas han comenzado a convertirse en un sello visual del gobierno.
La prueba de esta similitud política se pudo observar el pasado lunes 25, en una conferencia de prensa donde cinco funcionarios del gabinete de infraestructura presentaron los avances en obras públicas y regularización territorial. Tres de ellos, además del propio gobernador, aparecieron con las mangas recogidas hasta los codos. No fue un detalle menor.
Mientras escuchaba desde la sexta fila del salón José Gorostiza, vi a May Rodríguez repasar las inversiones y obras en marcha. Y en un momento, la escena cobró sentido: Daniel Casasús Ruz, titular de SOTOP; Miren Eukene Vicente Ertze, de CEAS; y Daniel Fernández Valenzuela, director de Invitab, estaban ahí, junto al gobernador, todos arremangados.
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No era solo una elección de vestimenta. Era una postura, una declaración implícita, un gesto que sintetizaba un modo de gobernar. Como quienes están dispuestos a hacer el trabajo pesado, a dejar la rigidez de la oficina para involucrarse en la acción.
POLÍTICO DE CAMPO
Javier May Rodríguez pertenece al grupo de los políticos de territorio. Su carrera no se ha construido desde escritorios ni reuniones en salones climatizados, sino desde recorridos, supervisiones y presencia en el terreno. Para entender por qué su gobierno comienza a reflejarse en un gabinete arremangado, primero hay que entender su historia.
May no es un improvisado en la gestión territorial. Su trayectoria está marcada por un sello operativo que lo ha acompañado en cada encargo. Cuando fue alcalde de Comalcalco, se le veía recorriendo colonias y comunidades con la misma naturalidad con la que se mueve hoy por Tabasco.
En la Secretaría del Bienestar, como coordinador de los programas sociales más emblemáticos de la 4T, su método fue el mismo: menos oficina, más territorio. Pero quizás su mayor escuela de operación política y de campo fue su papel en el Tren Maya, donde su gestión consistió en ir a vivir —literalmente— a las zonas donde las obras estaban detenidas, hasta resolver el problema.
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Ese modelo de trabajo ha permeado en su gabinete. La imagen de los funcionarios de infraestructura con las mangas recogidas no es fortuita. No es un simple guiño a su jefe político. Es la asimilación natural de un método de trabajo en el que el territorio importa más que la oficina.
En los primeros cinco meses de gobierno, las giras de atención ciudadana, las supervisiones constantes y el enfoque en la operación directa han generado un gabinete que sigue ese ritmo. May no delega desde lejos; su equipo tampoco.
Aún falta ver si este ritmo de trabajo se sostiene en el tiempo. El desafío será convertir esta dinámica en una constante de gobierno y no solo en un rasgo inicial de administración.
SÍMBOLOS EN POLÍTICA
La política no solo se ejerce con discursos y decretos; también se comunica con símbolos, y la vestimenta es uno de los más poderosos. Lo que viste un gobernante no es casualidad, ni un simple asunto de comodidad: es un mensaje.
En México, el atuendo de los políticos ha evolucionado de acuerdo con el contexto y los tiempos. Hubo épocas en que el traje era sinónimo de poder; hoy, las mangas arremangadas buscan proyectar otra cosa. Para entender la imagen del «gobierno arremangado» de Javier May, hay que revisar cómo el vestuario ha funcionado históricamente en la política nacional.
Si hay una prenda que marcó un quiebre en la imagen del poder en México, fue la guayabera. Hasta los años setenta, la indumentaria de los presidentes se mantenía rígida: traje oscuro, corbata ajustada, solemnidad en cada botón. Pero Luis Echeverría entendió que en política la vestimenta también construye narrativa.
GUAYABERA Y CERCANÍA
Durante sus giras en el sureste del país, cambió el traje por la guayabera blanca de manga larga. El mensaje era claro: proximidad con el pueblo, con las regiones tropicales, con los sectores obreros y campesinos. En su momento, esta imagen contrastaba con la de los mandatarios anteriores, que proyectaban autoridad desde la formalidad del traje.
El uso de la guayabera como símbolo político no murió con Echeverría. Andrés Manuel López Obrador perfeccionó su uso como parte de su discurso de cercanía con los sectores populares. En sus visitas al sureste, la guayabera fue su uniforme; en la Ciudad de México, el traje regresaba. No es un capricho, es comunicación política en estado puro.
En Tabasco, la política nunca ha necesitado el traje para proyectar autoridad, pero sí ha tenido distintos códigos visuales para diferenciar estilos de gobierno. El cambio ahora no es solo de vestimenta, sino de lógica de trabajo: el gobierno de May quiere consolidar la imagen de que no es de oficina, sino de territorio.
MANGAS Y TRABAJO
Desde tiempos inmemoriales, las mangas recogidas han simbolizado esfuerzo, labor y disposición para el trabajo. Lo vemos en la fábrica, en el campo, en la construcción. Arremangarse es un acto natural de quienes hacen trabajo físico.
Pero en la política, donde los gestos importan tanto como las palabras, las mangas recogidas no son solo una cuestión de comodidad; son un mensaje.
El dilema es si este gesto es solo un símbolo o realmente refleja trabajo. Las mangas recogidas pueden simbolizar esfuerzo, pero también pueden convertirse en una estrategia política sin sustancia.
EL RETO DEL GOBIERNO
El gobierno de Javier May Rodríguez ha consumido ya sus primeros cinco meses. Según las estimaciones políticas de la gobernanza, el primer año es un periodo de aprendizaje, una etapa de asentamiento en la que se afinan estrategias y se estabilizan equipos. Pero en este caso, el aprendizaje ha sido en movimiento.
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Desde que asumió el cargo, May no ha estado en la oficina esperando reportes ni diseñando políticas desde el escritorio. Ha recorrido incansablemente el estado, ha encabezado jornadas de atención al pueblo y ha desplegado programas de justicia social e incentivos para pequeños productores. No hay duda de que la dinámica de su administración ha sido de territorio, no de gabinete.
Hasta ahora, el símbolo de las mangas arremangadas ha reflejado una manera de gobernar que rompe con la imagen del funcionario de oficina. Pero la política no se mide en símbolos; se mide en resultados.
El verdadero reto del gobierno arremangado no es solo proyectar cercanía o presencia, sino demostrar que esta forma de operar se traduce en mejoras concretas en la vida de los tabasqueños.
Si esta imagen de trabajo no se transforma en soluciones reales, entonces las mangas arremangadas serán solo un buen gesto, un recurso visual sin impacto en la vida de la gente.
Esta forma de gobernar debe traducirse en resultados. Si al final del año el avance no es claro, corresponderá a la ciudadanía exigir respuestas.
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