El tercer hombre: Noroña, del activismo incómodo a los lujos y pleitos

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Héctor I. Tapia

El salón de plenos del Senado se convirtió en ring el 27 de agosto de 2025. En plena sesión de la Comisión Permanente, Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Mesa Directiva, se enredó en un forcejeo con el priista Alejandro “Alito” Moreno.

Los gritos cruzaron el recinto, los asesores intentaron separarlos y los fotógrafos captaron el manotazo en el aire. En cuestión de minutos, el video de la trifulca ocupaba titulares y saturaba las redes sociales.

No era un exabrupto aislado. Era la confirmación de un estilo político. Desde los plantones de 2006 hasta las sanciones por violencia política de género, Noroña ha hecho de la estridencia su marca registrada.

El hombre que se inició como activista contra los abusos bancarios y que fue arrestado en Cancún en 1996 por increpar a Ernesto Zedillo, hoy ocupa una de las sillas más relevantes del Congreso: tercero en la línea de sucesión presidencial.

De la protesta callejera al escritorio institucional, su trayectoria parece escrita entre paradojas. Nunca ha encabezado una boleta, pero siempre aparece en el centro de la escena política.

Esa es la historia que revela su biografía: la de un sobreviviente que se alimenta de polémica y que, para bien o para mal, se ha convertido en el “tercer hombre” de la izquierda mexicana.

Retrato de la niñez de Gerardo Fernández Noroña, fotografía compartida por él mismo para recordar sus orígenes.

BIOGRAFÍA Y PRIMEROS AÑOS

Gerardo Fernández Noroña nació en la Ciudad de México el 19 de marzo de 1960. Creció en una familia numerosa, hijo de Rosa María Noroña Velázquez y hermano de Mónica Gabriela, Rosa Luz, Víctor Manuel y Sergio Raúl.

Su infancia no dejó demasiadas huellas públicas: a diferencia de otros políticos, Noroña rara vez habla de su vida familiar, y mantiene en discreción tanto la figura de su padre como los detalles de su entorno doméstico.

Su formación académica se forjó en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco, donde cursó Sociología y se tituló en 1983 con una tesis enfocada en conflictos laborales. Aquella elección de carrera marcó un sello en su discurso: la visión estructural de las injusticias, el énfasis en la desigualdad, la constante apelación a la lucha de clases.

Antes de dedicarse por completo a la política, trabajó en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de 1983 a 1990. Desde ahí conoció las tensiones del aparato público, el desgaste del sindicalismo y las limitaciones del sistema de salud.

El contacto con los trabajadores y los conflictos administrativos alimentó su convicción de que la protesta social era una vía legítima de cambio. También dio clases a nivel preparatoria, otra experiencia que lo conectó con jóvenes y con la retórica de denuncia que más tarde lo caracterizaría.

Su ingreso al activismo político ocurrió a finales de los años ochenta. En 1988 simpatizó con el Frente Democrático Nacional (FDN) de Cuauhtémoc Cárdenas y fue candidato externo a diputado federal por el Partido Mexicano Socialista (PMS). No ganó, pero la candidatura lo colocó en la órbita de la izquierda institucional.

Un año después, en 1989, fue miembro fundador del Partido de la Revolución Democrática (PRD), que surgió de la convergencia de las fuerzas cardenistas. Desde ahí empezó a labrarse un lugar: entre 1992 y 1994 fue presidente del comité estatal del PRD en el Estado de México.

Ese paso inicial le abrió camino en la izquierda institucional. Décadas más tarde, llegaría al Congreso como diputado federal en tres ocasiones (2009–2012, 2018–2021 y 2021–2024), siempre desde posiciones plurinominales.

El episodio que definió su salto al foco nacional ocurrió en 1996. En Cancún, durante un acto oficial al que asistía el entonces presidente Ernesto Zedillo, Noroña encabezó una protesta en defensa de los deudores de la banca tras la crisis del “error de diciembre”.

Terminó arrestado y pasó varios días en la cárcel. Aquella detención fue más que un gesto testimonial: marcó su perfil de agitador y, según él mismo relata, le granjeó la intervención directa de Andrés Manuel López Obrador, entonces dirigente del PRD, para obtener su liberación. Desde ese momento, su nombre comenzó a asociarse a la disidencia ruidosa y a la lealtad a la causa de la izquierda.

EL MÉTODO NOROÑA

En la política mexicana pocos han hecho de la confrontación un método tan sistemático como Gerardo Fernández Noroña. Para él, el insulto, el mitin improvisado o la irrupción en un acto oficial no son deslices: son su forma de estar en la vida pública.

Durante el sexenio de Vicente Fox, Noroña se convirtió en una pesadilla recurrente para el Estado Mayor Presidencial. Se presentaba en actos oficiales para increpar al mandatario, lo acusaba de haber traicionado al país y forzaba escenas incómodas que terminaban en forcejeos con guardias.

Aquellos episodios lo colocaron en la prensa como un activista “incómodo”, pero también lo distinguieron frente a una base social que empezaba a verlo como el político que se atrevía a decir en voz alta lo que muchos murmuraban.

La confrontación alcanzó su clímax tras la elección de 2006, cuando Andrés Manuel López Obrador denunció fraude y Noroña se convirtió en uno de sus voceros más visibles.

Plantones, marchas, conferencias de prensa: siempre estaba en primera fila, increpando al nuevo presidente Felipe Calderón con la frase que repitió hasta el cansancio: “usted es un presidente espurio”.

En el Congreso, sus enfrentamientos eran tan frecuentes que en 2009 llegó a denunciar públicamente que había recibido amenazas de muerte por su activismo, responsabilizando al gobierno federal de cualquier agresión.

Ese estilo, tan frontal como abrasivo, pronto dejó cicatrices. Dentro del PRD —su casa política de entonces— empezó a ser visto como un riesgo. El episodio más grave ocurrió en 2007, cuando atacó verbalmente a su correligionaria Ruth Zavaleta, entonces presidenta de la Cámara de Diputados, insinuando que había negociado su cercanía con Calderón a cambio de favores personales.

El exabrupto desató indignación, acusaciones de misoginia y condenas dentro y fuera del partido. Fue la primera vez que Noroña comprobó que la estridencia podía ser rentable en la calle pero tóxica en la vida institucional.

Aun así, no cedió. Al contrario: con el tiempo transformó la estridencia en capital político. Lo que para unos era vulgaridad, para sus seguidores era autenticidad; lo que para unos era violencia verbal, para otros era prueba de coraje.

Así nació el “método Noroña”: gritar donde otros callan, confrontar donde otros negocian, irrumpir donde otros esperan turno. Una estrategia que lo marginó de las cúpulas partidistas pero lo convirtió en un referente inevitable de la izquierda combativa.

Fernández Noroña, arrestado tras increpar a Ernesto Zedillo en Cancún, defendiendo a deudores de la banca en 1996.

AUSTERIDAD DE LUJO

Pocos políticos han construido tanta legitimidad con la palabra “austeridad” como Gerardo Fernández Noroña. Desde sus primeras tribunas denunció a los diputados que vivían con seguros médicos privados, a los burócratas que viajaban en primera clase, a los funcionarios que usaban camionetas blindadas. Se presentaba como el fiscal implacable de los privilegios, el vigilante de que nadie olvidara que “el poder emana del pueblo”.

Pero la austeridad como discurso tropezó con la realidad como estilo de vida. En agosto de 2025, trascendió que Noroña había comprado una casa de descanso en Tepoztlán, Morelos, valuada en unos 12 millones de pesos. El propio legislador lo confirmó públicamente, asegurando que fue adquirida mediante crédito.

La propiedad, ubicada en uno de los pueblos mágicos más cotizados del país, contrastaba con la imagen de dirigente austero. Poco después se supo que conducía una camioneta Volvo XC90, vehículo de lujo cuyo precio ronda el millón y medio de pesos.

A la lista se sumaron las constantes imágenes de sus viajes en primera clase, justificadas con un argumento tan terrenal como polémico: su estatura le impedía viajar cómodo en turista.

Las críticas no tardaron. En redes sociales lo tildaron de incongruente, de “doble moral”, de encarnar aquello que había fustigado durante décadas. Sus detractores resumían la acusación en una frase: “predica la austeridad, pero vive como rico”.

Noroña no se quedó callado. En entrevistas y conferencias defendió su patrimonio con la misma vehemencia con la que antes lo habrían cuestionado. “Mi patrimonio es legal y producto de mi trabajo; yo no tengo ninguna obligación personal de ser austero”, afirmó.

Insistió en que la casa fue adquirida mediante crédito, que no había tocado un peso público para pagar su camioneta, y que la austeridad republicana debía aplicarse a los recursos del Estado, no a las elecciones privadas de vida.

El debate quedó abierto: ¿es un caso de incoherencia personal o de honestidad brutal? Para sus seguidores, la transparencia en reconocer sus bienes lo salva: “lo que tiene, lo obtuvo trabajando”. Para sus críticos, el giro representa el final del mito: el fiscal de los lujos ha terminado por adoptarlos.

De un vecindario popular en Santo Domingo que marcó sus orígenes humildes, a una residencia en Tepoztlán, Morelos, que simboliza la polémica transición entre austeridad combativa y lujos actuales.

RELACIÓN CON AMLO Y LA 4T

La biografía de Fernández Noroña no se entiende sin Andrés Manuel López Obrador. Fue en 1996, cuando Noroña fue detenido en Cancún por increpar a Ernesto Zedillo, que López Obrador —entonces dirigente nacional del PRD— intervino para lograr su liberación.

Desde ese momento, ambos caminaron en paralelo dentro de la izquierda: AMLO como líder que buscaba la presidencia, Noroña como agitador dispuesto a incendiar la plaza pública para defenderlo.

En 2006, durante la crisis poselectoral, Noroña fue uno de los voceros más ruidosos del llamado “presidente legítimo”. Marchó, tomó tribunas y puso el cuerpo en los plantones que cuestionaron la victoria de Felipe Calderón. Esa lealtad lo distinguió frente a otros perredistas que empezaban a negociar con el poder.

Después vino la ruptura. López Obrador abandonó el PRD en 2012 para fundar Morena; Noroña optó por caminos distintos: primero intentó construir su propio movimiento, después se recargó en el PT.

La distancia, sin embargo, nunca fue enemistad. En 2017, cuando Noroña amagaba con competir como independiente en 2018, declinó y anunció públicamente su respaldo a AMLO. Fue su forma de volver al redil.

El triunfo de 2018 lo encontró en la Cámara de Diputados, como legislador del PT en la LXIV Legislatura (2018–2021), cargo que repitió en la LXV Legislatura (2021–2024), siempre como aliado disciplinado de Morena.

En el Congreso defendió las reformas de la Cuarta Transformación y se convirtió en uno de los voceros informales más efectivos —y más incómodos— del nuevo gobierno. Para López Obrador, era útil mantenerlo cerca, aunque sin darle un espacio central en la administración federal.

La sucesión de 2024 tensó la cuerda. Noroña se inscribió en las encuestas internas de Morena y aliados, y aunque quedó en tercer lugar, presionó lo suficiente para que se le reconociera con un “premio de consolación”: la presidencia de la Mesa Directiva del Senado. Desde esa posición, y ya como militante formal de Morena, se convirtió en figura institucional de la 4T.

Claudia Sheinbaum, heredera política de López Obrador, lo integró como portavoz en su campaña y más tarde tuvo que marcarle límites cuando sus exabruptos verbales amenazaron con fracturar la narrativa de unidad. La relación con el movimiento se volvió entonces una ecuación delicada: Noroña es aliado, es útil para agitar la base y movilizar a los convencidos, pero también es un riesgo cuando la institucionalidad reclama mesura.

VIOLENCIA POLÍTICA DE GÉNERO Y EXCESOS

Las palabras de Noroña, tantas veces celebradas por su franqueza, también han sido su mayor condena. En octubre de 2019, durante un acto en Tlaxcala, apuntó contra la panista Adriana Dávila.

La acusó sin pruebas de tener vínculos con redes de trata de personas y lanzó una frase que marcaría su expediente: “pásenme elementos para ponerle una chinga la próxima vez que abra la boca”.

La expresión fue interpretada como una amenaza de agresión física y, al dirigirse a una mujer, constituyó un caso de violencia política de género. Dávila denunció ante las autoridades electorales y el caso escaló hasta la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF).

En enero de 2021, la sentencia fue clara: Fernández Noroña cometió violencia política contra las mujeres en razón de género y debía ofrecer una disculpa pública. Su nombre quedó inscrito en el Registro Nacional de Personas Sancionadas.

El episodio exhibió los límites de la estridencia. Lo que para sus seguidores era “decir las cosas como son”, para el tribunal fue un acto de agresión inaceptable en democracia. Obligado a rectificar, Noroña ofreció una disculpa a regañadientes, admitió haber cometido un error y se deslindó de las acusaciones sobre Dávila.

El daño, sin embargo, quedó hecho: para la oposición se convirtió en el ejemplo de misoginia dentro del oficialismo; para la 4T, en un costo incómodo que obligaba a la presidenta a desautorizarlo cada vez que subía el tono.

No fue el único exceso. En agosto de 2024, protagonizó una pelea en la sala VIP del aeropuerto capitalino con un abogado que lo increpó. El cruce de insultos terminó en empujones y, sorprendentemente, en una disculpa pública del ciudadano hacia el político, lo que desató acusaciones de abuso de poder.

Un año después, ya como presidente del Senado, volvió a encender titulares: el 27 de agosto de 2025 se enfrentó a golpes con “Alito” Moreno en el pleno, un episodio que acabó con denuncias penales y con la Fiscalía General de la República citando a reconstrucción de hechos.

Los excesos no sólo alimentan la polémica: se han convertido en parte de su marca. Para unos, prueba de autenticidad y coraje; para otros, evidencia de intolerancia, machismo y falta de autocontrol. En cualquier caso, muestran que la biografía de Noroña no se puede contar sin ese filo oscuro, el de las heridas que dejan sus palabras y sus actos.

LO BUENO, LO MALO Y LO FEO

En la política mexicana abundan los personajes que buscan pasar inadvertidos. Gerardo Fernández Noroña es lo contrario: ha hecho de la exposición constante su combustible. Su biografía admite un balance que, como su estilo, no deja matices grises.

Lo bueno. Su carrera ha estado ligada a causas sociales visibles: la defensa de los deudores bancarios en 1995, la resistencia contra lo que llamó fraudes electorales en 2006, la oposición a las reformas neoliberales de Peña Nieto.

Fue puente entre movimientos ciudadanos y partidos de izquierda, y se le reconoce que nunca cruzó hacia las filas del PRI o del PAN. En la 4T se volvió un vocero eficaz para sectores inconformes. En 2024 alcanzó por primera vez un escaño en el Senado, como representante plurinominal de Morena.

Lo malo. Su estilo confrontacional ha rayado en la intolerancia. Sus insultos a adversarios, sus desplantes contra diplomáticos, sus ataques a correligionarios han minado la institucionalidad que dice defender.

Como presidente del Senado, episodios como la pelea con Alejandro Moreno exhibieron la fragilidad de su autocontrol. Sus críticos lo ven como un político que capitaliza el ruido, pero que rara vez construye acuerdos o resultados legislativos duraderos.

Lo feo. Sus excesos verbales contra mujeres y la sentencia firme del Tribunal Electoral por violencia política de género lo marcaron como misógino ante la opinión pública. A eso se suma la paradoja de su patrimonio: la casa en Tepoztlán, la camioneta de lujo, los viajes en primera clase.

Para sus seguidores, pruebas de transparencia; para sus detractores, la confirmación de que traicionó sus banderas. La imagen del activista austero convive ahora con la del político que disfruta de los lujos que criticó.

Así, el saldo de Fernández Noroña es el de un político incómodo e inevitable. Un sobreviviente que se mantiene en el centro a fuerza de polémica, con más titulares que leyes aprobadas, con más confrontaciones que consensos. Lo admiran quienes lo ven como auténtico; lo detestan quienes lo perciben como intolerante o incongruente. Pero nadie lo ignora: su huella en la vida pública está hecha de estridencia, paradojas y cicatrices.

CIERRE NARRATIVO Y PREGUNTA ABIERTA

Del arresto en Cancún en 1996 al choque en el Senado en 2025 hay casi treinta años de distancia. En ambos episodios, Fernández Noroña aparece con el gesto airado, la voz en alto, el cuerpo en tensión. Ha pasado del activista que increpaba presidentes al legislador que preside una Cámara; del crítico de los lujos al político que defiende su derecho a tenerlos; del agitador marginal al tercer hombre de la izquierda.

Esa evolución es también una paradoja: nunca encabezó una boleta presidencial, pero su nombre se repite en cada coyuntura. Sobrevive gracias al ruido, pero el ruido también lo persigue. Para unos es el último político auténtico, para otros el mejor ejemplo de intolerancia y doble moral.

La pregunta queda abierta: ¿es Fernández Noroña un sobreviviente indispensable para mantener vivo el músculo combativo de la izquierda, o es ya un lastre que erosiona la autoridad moral de la Cuarta Transformación?

La respuesta, como su biografía, no admite grises.

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