Hay un ritual que Montserrat Oliver lleva perfeccionando desde Sudáfrica 2010: llegar a un lugar que nadie esperaba, ponerse a ras del suelo, del agua o del barro, y encontrar ahí algo que la televisión deportiva nunca había mostrado.
En Rusia probó hamburguesas de nutria. En Brasil convivió con familias que criaban animales salvajes en casa. En Sudáfrica comió ratas y se fotografió junto a un rinoceronte. En el camino se lesionó los ligamentos de una mano sin dejar de grabar. Para Qatar 2022, Televisa no la invitó. Fue la primera vez en años y, según dijo ella misma en entrevistas, le dolió.
El Mundial 2026 la devolvió al trabajo. Pero esta vez el mundo no está en el extranjero. El mundo es México. Y México, decidió Oliver una mañana reciente, también está en Jonuta, Tabasco.
El regreso y la elección
Jonuta tiene 20,000 habitantes, más agua que tierra firme, y a Canela. El santuario está en el poblado Los Pájaros y Buchecos, a 126 kilómetros de Villahermosa por la carretera federal, casi dos horas en carro, suficientes para que la mayoría de los tabasqueños nunca hayan llegado hasta ahí.
Oliver llegó al Santuario Jonuteek —nombre que la propia comunidad acuñó para significar “gente de Jonuta en la naturaleza”, identidad legal y turística de su cooperativa— una reserva natural protegida en las orillas del Usumacinta, como parte de la serie México Increíble para el programa La Jugada. La misma serie de siempre, el mismo impulso de siempre: encontrar lo que no sale en los informativos y ponerle cámara.
Lo que encontró fue a El Gallo.
El Gallo —así le dicen, así le seguirán diciendo cuando ya nadie recuerde su nombre de pila— es el guía comunitario que en 2019 decidió que ya no iba a seguir contando manatíes muertos. Se tardó tres meses en convencer a su comunidad de tramitar la declaratoria de reserva natural protegida. Lo lograron. Y desde entonces Canela tiene nombre, territorio, mango y comida asegurada.
El manatí del Caribe (Trichechus manatus, para quien necesite el nombre científico para creerle) debería estar extinto o casi. Come 50 kilos de vegetación acuática por día. Mide hasta cuatro metros. Pesa hasta 500 kilos. No tiene colmillos ni veneno ni velocidad: tiene paciencia, que en el mundo natural equivale a una sentencia de muerte. Puede vivir entre 70 y 80 años. En la práctica, la mitad. Las hélices de las lanchas les abren surcos paralelos en la espalda. El agua contaminada les destruye los pulmones. La pesca accidental los atrapa y no siempre los suelta.
Oliver lo vio directamente en la piel de Canela: “¿Ven estas marcas? Son marcas de las hélices de las lanchas. Les hacen un surco y así es como los acaban matando”.
No hizo falta el dramatismo. Las marcas hablaban solas.

El zapateado, el mango y el abrazo
La comunidad recibió a los visitantes como recibe Tabasco a quien merece bienvenida: con zapateado, con el baile del tigre, con música que sube desde los pies antes de llegar a los oídos. La selva tropical al fondo no se inmutó. Lleva siglos escuchando música y seguirá.
Oliver bajó de la lancha y vio las aletas asomar entre el lirio. “¡No, me muero!”, dijo. No era televisión. Era el sonido exacto que hace una persona cuando la realidad le gana al guión, algo que a Oliver —con más de 35 años de carrera en cápsulas de situaciones extremas, desde rinocerontes hasta nutrias— sigue pasándole en cada entrega. Probablemente es la razón por la que siguen llamándola.
El Gallo se puso en cuclillas al borde del muelle de madera y llamó despacio: “Sube, sube, sube, Canela”. El agua se movió primero en círculos pequeños, luego en ondas más largas, y entonces apareció la cabeza: gris, húmeda, con vibrisas en el hocico que la hacen parecer un bigote de animal anciano y sabio. No tiene dientes al frente. Los tiene al fondo, perfectos para masticar pasto, donde nadie los ve.
Oliver extendió el mango. Canela lo tomó con la nariz —que usa como manos, que usa como boca, porque en los trópicos la naturaleza inventa soluciones que en otro clima serían imposibles— y el turismo comunitario de Jonuteek se financió un poco más. Así funciona el modelo: mango que los visitantes compran, manatíes que comen, comunidad que sobrevive de cuidarlos.
“Tiene pelitos”, dijo la conductora. Después un silencio largo, que es lo que pasa cuando algo es demasiado real para llenarlo de palabras.
Y Canela hizo un sonido. Breve, húmedo, de animal satisfecho.
Lo que Tabasco ganó
Las imágenes que circularon desde Jonuta son, en el sentido más literal, hermosas: el agua oscura y densa del Usumacinta, la vegetación tropical encima, la piel grisácea de Canela emergiendo entre el lirio, y Montserrat Oliver —con décadas de carrera encima y la misma cara de asombro auténtico de siempre— con los pies en el río y una aleta de manatí pasándole por encima.
“Me está abrazando. ¡Me trae abrazada cañón!”.
Jonuta no aparece en los circuitos turísticos convencionales de Tabasco. No tiene el peso de Palenque ni la infraestructura de Villahermosa. Tiene el Usumacinta, los humedales, el zapateado de bienvenida, y a El Gallo contando en voz baja desde la orilla, antes de que el sol caliente: uno, dos, tres. Vivos.
Suficiente para que el día siguiera bien.

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