A semejanza de un vehículo sin freno, al hombre público en Tabasco le es fácil moderarse en la subida, pero muy difícil lograrlo cuando ha tomado la pendiente”. — Carlos A. Madrazo Becerra
Héctor I. Tapia
El 17 de mayo de 2019, una empresa mexicana llamada Grupo Huerta Madre quedó formalmente constituida ante notario público. Siete días después, el 24 de mayo, ganó una licitación federal por casi cinco mil millones de pesos para preparar los terrenos donde se construiría la refinería de Dos Bocas, en Tabasco.
El consorcio que encabezó era de origen holandés. La empresa mexicana la aportó Manuel Santandreu Hernández, primo político del ex gobernador Manuel Gurría Ordóñez y primo del también ex gobernador y excandidato presidencial Roberto Madrazo Pintado.
Gurría murió este 11 de abril de 2026. Tenía 95 años. Llevaba décadas retirado. Pero el puerto que abrió al capital privado en 1992 seguía generando contratos para la misma red familiar veintisiete años después, ya con otro partido en el poder, ya en otra era política. Eso no es coincidencia. Eso es arquitectura.
La pregunta es cuándo empezó. La respuesta es enero de 1992.
El enviado
Manuel Gurría Ordóñez no llegó a Tabasco como político local que ascendía. Llegó como emisario del centro que descendía con instrucciones precisas. El 29 de enero de 1992, Carlos Salinas de Gortari lo designó gobernador sustituto en lugar de Salvador Neme Castillo, quien había sido presionado a renunciar en medio de la crisis política que AMLO y el Éxodo por la Democracia habían encendido.
Gurría venía directamente de la Subsecretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos del gobierno federal, donde había servido durante años a Carlos Hank González, su jefe político de dos décadas.
No era un nombramiento casual. Era una designación de confianza dentro del sistema hankista-salinista en su momento de mayor poder: 1992 fue el año en que el TLCAN estaba en negociación final, en que la privatización bancaria había convertido a una generación de empresarios en dueños de instituciones públicas, en que el Estado mexicano se adelgazaba deliberadamente en nombre de la modernización.
Lo que Gurría hizo en Tabasco fue exactamente lo mismo que el salinismo hacía en el resto del país: instalar el modelo y dejar la red.
Hank González lo llamaba “el hermano menor que nunca tuve”. Carlos Salinas lo llamaba gobernador. Para Tabasco fue, sobre todo, el agente de una transformación que el estado no eligió y tardó décadas en descifrar.
El manual
Hubo un momento, en algún punto de 1992, en que un tabasqueño con memoria pudo haberlo visto con claridad. El mismo año en que Gurría inauguraba el Parque Industrial de Cunduacán y firmaba el convenio para el uso comercial del Puerto Dos Bocas, Carlos Salinas de Gortari terminaba de privatizar la banca, negociaba el TLCAN y adelgazaba al Estado federal en nombre de la modernización. Lo que ocurría en Tabasco no era política local. Era la sucursal de un proyecto nacional.
El modelo tenía tres ejes. Primero: infraestructura pública al servicio del capital privado. El convenio de Dos Bocas abrió la puerta al uso comercial de un puerto que pertenecía a la nación petrolera, en un estado donde Pemex concentraba sus operaciones terrestres a través de 600 pozos.

Segundo: privatización del suelo público. Se promovió la enajenación de terrenos del fundo legal — bienes municipales de todos los tabasqueños — hacia particulares y empresas bajo el argumento del fomento a la construcción y el crecimiento económico. Tercero: reducción del Estado. La descentralización de la educación básica, siguiendo el Acuerdo Nacional de Modernización Educativa de Salinas, retiró al gobierno federal de la operación directa de las escuelas tabasqueñas.
Una crónica política de la época, escrita por un tabasqueño que vio el fenómeno desde adentro, describió el contexto con precisión que ningún académico superó: “Primero fue el petróleo, que más que dañar a la naturaleza, por su condición tropical casi invencible, degradó la moral de los tabasqueños mucho más vulnerable y endeble.
Nos hizo creer que éramos ricos y todo lo podíamos subsanar con dinero, hasta la carencia de hombres y valores.” El neoliberalismo de Gurría no cayó en tierra baldía. Cayó en un estado que el rentismo petrolero había ablandado durante décadas.
El propio AMLO lo documentó en su libro Entre la historia y la esperanza: en la práctica, Gurría actuaba más como delegado del PRI que como gobernador del estado. No era un juicio ideológico. Era una descripción funcional de lo que ocurría: las decisiones importantes se tomaban en otra parte, y el gobernador las ejecutaba.
El fideicomiso
Carlos Cabal Peniche nació en Mérida pero creció en Tabasco. Era, al inicio de los noventa, el hombre que mejor encarnaba lo que el salinismo prometía: un empresario joven, audaz, que durante la privatización bancaria compró el Banco Unión, lo fusionó con el Cremi y construyó en pocos años un emporio de más de 91 mil hectáreas frutícolas, la empresa Del Monte, el hotel Camino Real de Villahermosa, el equipo de beisbol de Tabasco.
Una crónica política tabasqueña de la época lo describió como “una figura mitológica extraída de alguna leyenda oriental” que, “fascinando a los tabasqueños con sueños de especulación, apoyado por los símbolos del poder surgidos desde la cúspide de un sistema autoritario, nos hizo subestimar el valor del trabajo perseverante y honrado.”
Antes de que se licitara el banco BCH, Cabal se reunió en Villahermosa con el secretario de Hacienda Pedro Aspe y los gobernadores del sureste. AMLO lo denunció en su momento: todos sabían que la licitación era una formalidad. El banco se entregaría a Cabal. Así funcionaba el salinismo en Tabasco: la privatización como reparto entre los del grupo.

En septiembre de 1994, dos meses antes de las elecciones para gobernador, Hacienda intervino el Banco Cremi-Unión por fraudes multimillonarios. Cabal huyó del país. La casa donde Roberto Madrazo tenía su cuartel de campaña en Villahermosa resultó ser propiedad de Inmobiliaria Cabal, el PRI pagó la renta a nombre de Transportación Sureste Multimodal, otra empresa del banquero, para ocultar el vínculo.
Lo documentó el cheque 95481 del Comité Directivo Estatal del PRI. El 5 de junio de 1995, AMLO presentó ante la PGR 45 cajas con la documentación original de los gastos de campaña: 237 millones de pesos gastados cuando el tope legal era de cinco millones.
Años después, detenido en Australia y en proceso de extradición, Cabal lo confirmó sin rodeos: “Con mucho gusto formé el fideicomiso… también se hizo un fideicomiso para Roberto Madrazo, también cinco millones de dólares.” La PGR archivó el expediente. Ernesto Zedillo asistió a la toma de posesión de Madrazo en enero de 1995 y declaró: “Madrazo y yo gobernaremos hasta el 2000.” El sistema protegió al sistema.
Un sólo proyecto
Hernán Barrueta García, secretario particular del gobernador Neme Castillo, lo dijo en entrevista en 2004 sin rodeos: Madrazo y Gurría conspiraron deliberadamente para provocar la caída de Neme y asumir ellos el poder en Tabasco. Una fuente académica de la UNAM lo confirmó con los mismos términos: cuando el Éxodo por la Democracia encendió la crisis política de 1991, Madrazo y su primo Gurría Ordóñez aprovecharon la situación y comenzaron la estrategia para derrocar al gobernador.
Lo que vino después no fue improvisación. Fue ejecución de un plan que ya estaba listo. Gurría asumió el gobierno en enero de 1992 y en veintiséis meses ejecutó tres movimientos que el reportero tabasqueño Gustavo Córdova documentó años después como el arranque de “un funesto cacicazgo de 15 años”: hizo titular de la Notaría 27 a Adán Augusto López Hernández, quien había sido su subsecretario de Gobierno; instaló a Hernán Bermúdez Requena como director de Seguridad Pública; y preparó el terreno para que Roberto Madrazo llegara a la gubernatura en 1994.
El dato más concreto de esa continuidad lo aporta la trayectoria de Floricel Medina Pérez Nieto. Secretario particular de Gurría durante el interinato, saltó directamente a coordinar la promoción del voto en la campaña de Madrazo en 1994.
Después Madrazo lo designó director de Comunicación Social de su gobierno. Francisco Reveles Vázquez, investigador de la UNAM con acceso a los documentos internos del PRI tabasqueño, lo documentó con precisión. Un secretario particular no salta a coordinar una campaña por iniciativa propia. Lo hace porque el gobernador y el candidato son el mismo proyecto con dos nombres.
Jorge Hank Rohn, hijo de Carlos Hank González, fue coordinador de la campaña de Madrazo en Baja California durante su intento por la candidatura presidencial del PRI en 1999 y uno de sus principales financiadores. El hankismo no solo instaló el modelo neoliberal en Tabasco a través de Gurría: siguió financiando a Madrazo en su aventura nacional. La red no era local. Era nacional.

Once años, un dueño
Roberto Madrazo gobernó Tabasco del 1 de enero de 1995 al 14 de junio de 1999, cuando solicitó licencia para buscar la candidatura presidencial del PRI. Perdió ante Francisco Labastida. Regresó al cargo el 26 de noviembre de ese año y lo concluyó el 31 de diciembre de 2000.
Durante ese período bloqueó a Arturo Núñez Jiménez, quien aspiraba a sucederlo y venía de coordinarle la Cámara de Diputados al presidente Zedillo, para imponer en la interna a Manuel Andrade Díaz. Cuando Núñez denunció el fraude en la votación interna, Madrazo le respondió con el sarcasmo de quien no necesita disimular: la elección en Tabasco había sido “tan limpia” como la nacional en que él se había enfrentado a Labastida.
La elección del 15 de octubre de 1999: Andrade ganó por apenas 1 por ciento. El Tribunal Electoral Federal anuló la elección el 29 de diciembre. Se repitió. Andrade asumió en 2001 y gobernó hasta 2006. En ese período financió con recursos del erario la aventura presidencial de Madrazo. El PRI llegó en tercer lugar. Madrazo terminó en el ostracismo.
El resultado aritmético es este: Manuel Gurría controló las finanzas de Tabasco dos años. Roberto Madrazo las controló seis años directamente y cinco más a través de Andrade. Once años de presupuesto tabasqueño bajo el mismo grupo, con distinta cara en la silla del Palacio de Gobierno pero con el mismo dueño en la sombra.
Lo que Gurría sembró en 1992 no fue solo un modelo económico. Fue una hegemonía que duró hasta que Madrazo, en 2006, mandó al PRI al tercer lugar de una elección presidencial y cerró, sin quererlo, el ciclo que su primo había abierto catorce años antes.
Tabasco, 2019
Manuel Gurría Ordóñez murió el 11 de abril de 2026 sin haber vuelto a gobernar nada desde 1994. Pero la red que instaló en veintiséis meses no necesitó que él siguiera activo para seguir operando.
En 2019, veinticinco años después de que Gurría dejara la Quinta Grijalva, una empresa constituida siete días antes de ganar una licitación federal recibió casi cinco mil millones de pesos para preparar los terrenos de la refinería de Dos Bocas, el mismo puerto que Gurría había abierto al capital privado en 1992. La empresa era de un primo de la familia. El puerto era el mismo. La lógica era la misma.
Las redes políticas no se desmantelan cuando muere quien las construyó. Se heredan, se adaptan, se renombran. Lo que el hankismo instaló en Tabasco a través de Gurría en 1992 sobrevivió al salinismo, al madracismo, al PRD de Núñez, a la era de Morena y a cuatro cambios de partido en el gobierno federal. Eso no es inercia. Es arquitectura.
Andrés Granier, el gobernador que siguió a Andrade entre 2007 y 2012, fue detenido en junio de 2013 acusado de desviar más de 1,900 millones de pesos destinados a programas sociales. Pasó cinco años en reclusión. Fue finalmente absuelto en mayo de 2019. El sistema que Gurría sembró no terminó con Granier. Terminó cuando ya no había nada que sacar.
“Tan bien que íbamos…”, dijo alguien en Tabasco cuando el sistema empezó a crujir. La frase la pronunció originalmente Manuel Lastra Ortiz en 1935, al ser desconocido como gobernador. Ochenta años después seguía siendo la descripción más precisa de lo que dejaba cada ciclo político en el estado: la sensación de que algo prometedor había sido capturado antes de dar fruto.
Manuel Gurría Ordóñez abrió la puerta en 1992. Lo que entró por esa puerta duró quince años en el gobierno, veintisiete en los contratos y todo lo que resta por contarse.
EL PERÍODO SIN ANALIZAR
El período que va de las elecciones de 1988 hasta la caída de Salvador Neme Castillo en 1992 es el capítulo menos analizado de la política tabasqueña contemporánea. Y el más determinante.
Circulan tres versiones. La versión oficial — construida por el grupo Gurría-Madrazo — atribuye la caída de Neme a sus propios errores: nepotismo, cerrazón y haber rechazado la reincorporación de AMLO a la política estatal vía el PRI. Conveniente para quienes se beneficiaron de esa caída.
La versión documentada es más precisa: Madrazo y Gurría conspiraron activamente contra Neme desde adentro. En enero de 1991, un año antes del Éxodo, ya habían conseguido
que el CEN desconociera a la dirigencia local afín al gobernador. El secretario particular de Neme lo documentó en entrevista en 2004. Una fuente académica de la UNAM lo confirmó.
Existe una tercera versión, sin documentación suficiente: que el movimiento de AMLO recibió apoyos indirectos del salinismo vía Manuel Camacho Solís. Se menciona como versión, no como hecho.
Mientras ese período no sea analizado con rigor, las hipótesis seguirán sustituyendo a los hechos. Y Tabasco seguirá sin entender del todo cómo llegó hasta donde está.
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