Donald Trump durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, en medio de la controversia por Groenlandia y las tensiones con la OTAN y Europa.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla ante líderes económicos y políticos en el Foro de Davos, donde reculó en sus amenazas sobre Groenlandia tras semanas de fricción diplomática con Europa y la OTAN.

Trump se aleja del abismo en Groenlandia, pero ya perdió confianza aliada

DAVOS.— En Davos, entre banqueros nerviosos y cancilleres que ya aprendieron a leer los gestos del poder como si fueran señales sísmicas, Donald Trump hizo algo que no suele hacer: retroceder.

Tras semanas de tensiones que rozaron la ruptura transatlántica, el presidente de Estados Unidos anunció que renuncia al uso de la fuerza para apropiarse de Groenlandia y suspendió los aranceles contra Europa que había blandido como arma de presión. No fue una rectificación altruista. Fue cálculo político.

El giro llegó después de su reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y de un dato que en Washington pesa más que cualquier discurso patriótico: los mercados financieros empezaban a castigar la aventura ártica. La amenaza de anexión había encendido alarmas diplomáticas, bursátiles y militares. Nadie quiere que el Ártico se convierta en la próxima Ucrania congelada.

Trump habló de “un marco de acuerdo” para la seguridad regional y escribió en Truth Social que, con base en ese entendimiento, cancelaba los aranceles previstos para febrero. La palabra clave fue “marco”, no tratado, no pacto, no garantías. Apenas un esqueleto político que baja la espuma sin resolver el fondo.

Por primera vez descartó explícitamente la fuerza. “No tengo que usarla, no quiero usarla”, dijo. Pero, fiel a su estilo, mantuvo la narrativa de necesidad estratégica: Groenlandia como pieza “vital” frente a China y Rusia, minerales críticos, rutas navales y defensa antimisiles. El mensaje implícito fue claro: no es una renuncia, es una pausa.

EL MÉTODO DEL CAOS CALCULADO

El episodio revela, otra vez, la mecánica trumpiana de negociación. Primero tensionar al máximo, insultar aliados, agitar amenazas militares o comerciales; después, ofrecer una salida que parezca razonable. En condiciones normales, ese acuerdo sería excesivo. Bajo presión, luce como alivio. Diplomacia por shock.

La Unión Europea lo entendió así. En Estrasburgo, el Parlamento Europeo suspendió su trabajo sobre el acuerdo comercial con Washington “hasta nuevo aviso”. La confianza —ese cemento invisible de las alianzas— se resquebraja cuando el socio mayor actúa como acreedor impaciente.

El secretario general de la ONU, António Guterres, fue más directo: acusó a los líderes que “pisotean el derecho internacional” de erosionar el orden global. En diplomacia multilateral, no se mencionan nombres, pero todos sabían a quién iba dirigido el mensaje.

Mientras tanto, Dinamarca realizó maniobras militares en Groenlandia y Canadá evaluó escenarios teóricos ante una hipotética invasión estadounidense. El simple hecho de que esos ejercicios existan ya habla de la anomalía: aliados de la OTAN preparándose para defenderse del líder de la OTAN.


CLAVES GEOPOLÍTICAS | POR QUÉ IMPORTA GROENLANDIA

  • Minerales críticos para tecnología y defensa
  • Nuevas rutas marítimas árticas
  • Posición estratégica entre América y Europa
  • Base aérea estadounidense histórica
  • Competencia con China y Rusia

El ÁRTICO, LA NUEVA FRONTERA ESTRATÉGICA

Groenlandia no es un capricho cartográfico. Es geopolítica pura. La isla concentra tierras raras, uranio, hierro y potencial energético; controla accesos marítimos cada vez más transitables por el deshielo; y alberga infraestructura militar clave de EE.UU. desde 1951. Washington ya tiene presencia. Lo que busca ahora es primacía absoluta.

Según borradores filtrados por Axios, el acuerdo incluiría modernizar el pacto de defensa con Copenhague y desplegar el sistema antimisiles Cúpula Dorada, además de mayor actividad de la OTAN. No hay transferencia de soberanía, pero sí más músculo estratégico. Es una expansión funcional sin bandera.

Trump incluso confundió Groenlandia con Islandia en su discurso, un desliz que mezcló desinformación y grandilocuencia. Para sus aliados, la torpeza no es anecdótica: confirma una política exterior impulsiva, dominada por instintos más que por arquitectura diplomática.

El primer ministro canadiense Mark Carney habló de “ruptura, no transición” del orden internacional. Dijo algo que muchos piensan en privado: el viejo sistema de reglas ya no garantiza estabilidad cuando la superpotencia actúa como actor imprevisible. Nostalgia no es estrategia.

AFLOJA LA LIGA, NO LA SUELTA

El retroceso desactiva la crisis inmediata, pero no elimina el riesgo. Trump no renunció a la idea de anexar la isla. Sólo cambió el ritmo. “La necesitamos”, insistió. Es la mentalidad hemisférica clásica: todo lo que se percibe estratégico termina siendo “nuestro”. La doctrina Monroe reeditada en versión siglo XXI.

Para Europa, la lección es incómoda: depender de Washington implica convivir con su volatilidad. Para China y Rusia, en cambio, cada fisura transatlántica es oportunidad. El Ártico ya no es un paisaje remoto; es tablero mayor.

En Davos, el magnate ganó tiempo y calmó a los mercados. Pero dejó sembrada la duda central: ¿qué valor tiene un acuerdo si puede evaporarse con el próximo arrebato? En política exterior, la credibilidad es poder. Y esa moneda hoy cotiza a la baja en la Casa Blanca.

Trump aflojó la liga. No la soltó. La tensión permanece, latente, esperando el próximo tirón.

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