Hay voces que sobreviven al cuerpo que las produjo y al muñeco que las recibió. La de Peppino Mazzullo fue una de ellas: durante 45 años puso el timbre, la ternura y el desparpajo de Topo Gigio en Italia, y este 30 de septiembre se apagó en su casa de Santo Stefano di Briga, en la provincia de Messina, Sicilia. Tenía 100 años, los había cumplido el 6 de junio, y murió por causas naturales, sin dolor ni malestar, según sus familiares.
Su muerte deja una pregunta que rara vez se contesta en el espectáculo: ¿a quién pertenece un personaje, a quien lo crea o a quien lo hace hablar? Con Mazzullo la respuesta es menos cómoda de lo que parece.
Un actor de tablas detrás del ratón
Antes de convertirse en la voz del personaje, Mazzullo fue actor de teatro. Nació el 6 de junio de 1926 en Santo Stefano di Briga, empezó a actuar muy joven y una beca le permitió estudiar entre 1947 y 1950 en la Academia de Arte Cinematográfico de Roma y en la Academia de Arte Dramático de Milán. En 1950 inició su carrera profesional con la compañía de Guglielmo Della Seta, trabajó después con la compañía teatral de la televisión pública italiana y fue primer actor en varios teatros milaneses. La inocencia que escucharon millones de niños era, en realidad, oficio de escenario: dicción, tiempo cómico y control del tono.
Cómo llegó la voz a Topo Gigio
Topo Gigio fue creado por la artista y titiritera Maria Perego en 1959 y debutó ese mismo año en la televisión italiana, dentro del programa Alta Fedeltà. Federico Caldura, esposo de Perego, dirigió algunos de los primeros trabajos audiovisuales del personaje. Aquella primera vez no hablaba con la voz que lo haría célebre, sino con la del cantante Domenico Modugno, famoso por “Volare”. El ratón ya existía y ya tenía voz, pero todavía no tenía alma.
Mazzullo llegó en 1961: en los estudios de la televisión pública tomó el muñeco y empezó a hacerlo hablar. De ese encuentro nació una colaboración de más de cuatro décadas, que se prolongó hasta 2006.

Autor de una personalidad, no solo intérprete
Mazzullo no se limitó a leer lo que le entregaban. Escribió textos e improvisó diálogos durante las grabaciones, y en ese trabajo se fijó el carácter del ratón: inocente, romántico, afectuoso y con humor. De su creatividad salió la expresión más famosa del personaje en Italia, “Ma cosa mi dici mai?” (“Pero, ¿qué me estás diciendo?”), que terminó convertida en marca del títere.
En una entrevista reciente por su centenario, él mismo prefería definirse como “creador de voces” antes que como actor de doblaje o imitador. La distinción no es vanidad. Un imitador copia algo que existe; un creador inventa lo que luego todos reconocen. Cuando un personaje habla sin que se vea quién lo mueve, la voz es casi todo el carácter, y por eso cambiar al intérprete cambia al personaje.
Su voz acompañó a Topo Gigio por televisión, discos y espectáculos, con participaciones en los programas italianos Zecchino d’Oro y Canzonissima, y llegó incluso al público estadounidense con apariciones en el programa de Ed Sullivan. Para varias generaciones, voz y personaje fueron inseparables.
En 2006 dejó los escenarios y regresó a su localidad natal, en Sicilia, donde el pasado 6 de junio celebró su centenario. Hay algo justo en ese cierre: un hombre que pasó media vida prestando la voz a un ratón de ternura infinita llegó a los cien años y murió en su casa, sin sufrimiento.
El otro Gigio también se fue
La noticia llega con un eco para el público mexicano. El 26 de enero se conoció la muerte de Gabriel Garzón, quien daba voz al personaje en el doblaje mexicano desde 1994. Garzón también trabajó como titiritero, locutor y productor, y la comunidad artística respondió con mensajes de pésame y homenajes a su trayectoria. Dos idiomas, dos intérpretes, un mismo ratón: la sensibilidad de uno en Italia y la del otro en México sostuvieron un personaje que cruzó fronteras sin perder su inocencia.
Lo que queda cuando se apaga la voz
La verdad incómoda es que el público suele recordar al muñeco y olvidar a quien lo anima. Topo Gigio sigue ahí, intacto; sus voces originales, en cambio, se van yendo una a una. Lo que Mazzullo deja es un argumento a favor de reconocer el trabajo que hay detrás de lo que nos hace reír: una voz también se escribe, se ensaya y se firma. Y quedan, para quien quiera escucharlos, 45 años de grabaciones que prueban que la ternura, bien hecha, no caduca.
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