Héctor I. Tapia
Chihuahua quedó hasta el final. Después de una jornada de casi doce horas en el World Trade Center, Morena reservó para cerca de la medianoche la definición que acumulaba mayor tensión: Cruz Pérez Cuéllar contra Andrea Chávez. Cuando llegó el anuncio, sólo uno tenía frente a sí el lugar reservado al ganador. Era el alcalde con licencia de Ciudad Juárez. Con él, Morena cerraba las 17 coordinaciones estatales rumbo a 2027.
La escena fue menos tersa que los llamados a la unidad. Simpatizantes de Chávez lanzaron gritos de “¡fraude!”, mientras seguidores de Pérez Cuéllar respondían con porras al nuevo coordinador. Andrea permaneció en el estrado sin incorporarse a la celebración y, cuando le preguntaron si respaldaba al vencedor, reivindicó a quienes la acompañaron, a la Cuarta Transformación y a Claudia Sheinbaum, pero evitó darle un apoyo personal directo.
La derrota tenía una carga mayor porque Chávez no llegó a esa noche improvisando una candidatura. Durante casi dos años construyó en Chihuahua una precampaña de hecho: caravanas de salud, consultas gratuitas, ambulancias y unidades médicas con su nombre e imagen, espectaculares y una presencia territorial desplegada mucho antes de que Morena abriera formalmente la sucesión. La promoción llegó al punto de provocar un llamado de la propia Presidenta para que los aspirantes dejaran de adelantarse a los tiempos de 2027.

Chávez redujo después la personalización de aquella estrategia, pero no abandonó el territorio. Y Adán Augusto López Hernández terminó haciendo explícita la apuesta cuando anticipó que la senadora sería gobernadora. Cruz Pérez Cuéllar respondió entonces que Chihuahua no sería decidido por “un senador que ni siquiera vota aquí”. La disputa dejaba de ser sólo entre dos aspirantes: empezaba a medir también la capacidad de sus respaldos para imponerse dentro de Morena.
Por eso Chihuahua puede leerse como la primera demostración electoral concreta de fuerza del nuevo centro presidencial frente a una apuesta abiertamente identificada con Adán Augusto. No porque exista evidencia pública de una orden desde Palacio para derrotar a Chávez, sino porque, llegada la hora de decidir, una operación construida durante casi dos años y respaldada por uno de los antiguos hombres fuertes del movimiento no consiguió la candidatura. Morena escogió a Cruz.
Para el grupo del exsecretario de Gobernación, el resultado admite pocas sutilezas: fracasó su apuesta más visible por una gubernatura en 2027. Andrea tenía exposición, estructura territorial, tiempo, recursos políticos y el respaldo público del tabasqueño. No bastó. Cuando cerró el tablero de 17 coordinaciones, otros grupos habían convertido influencia en territorios; el suyo no logró hacerlo en Chihuahua.
La última ficha
Cruz Pérez Cuéllar obtuvo la coordinación. Andrea Chávez quedó fuera de la candidatura que durante meses representó la principal apuesta territorial asociada al grupo de Adán Augusto.
Chihuahua era oxígeno
Chihuahua encontraba a Adán Augusto en un lugar muy distinto al que ocupó cuatro años antes. Había pasado de Gobernación a disputar la candidatura presidencial; de ahí al liderazgo de Morena en el Senado y, finalmente, a dejar en febrero de 2026 la coordinación parlamentaria y la presidencia de la Jucopo. Seguía siendo senador y operador político, pero ya no ocupaba ninguno de los centros institucionales desde los que había proyectado poder nacional.
Una gubernatura cercana a su grupo habría corregido parcialmente esa trayectoria. Chihuahua significaba presupuesto, estructura territorial, seis años de gobierno y una figura joven con capacidad de proyectarse más allá de una legislatura. No era un premio secundario: era la posibilidad de que el adancismo volviera a producir poder propio en lugar de limitarse a defender las posiciones que todavía conserva.
Andrea reunía además una condición que ninguna otra aspiración estatal ofrecía con tanta claridad: la relación política con Adán estaba a la vista. No hacía falta reconstruir padrinazgos ocultos. Él mismo la había colocado públicamente en la ruta de la gubernatura y la confrontación con Cruz había mostrado desde febrero que Chihuahua sería también una medición de fuerzas internas.
Pero la primera batalla no era contra el PAN ni contra Maru Campos. Era dentro de Morena. Y ésa la perdió. Antes de intentar recuperar Chihuahua hacia afuera, el grupo de Adán necesitaba demostrar que todavía tenía capacidad suficiente para colocar su proyecto hacia adentro.
La disputa final
- Senadora con licencia
- Respaldada públicamente por Adán Augusto
- Construyó anticipadamente su aspiración
- Su grupo llegó al cierre con alta exposición nacional
- Alcalde de Ciudad Juárez con licencia
- Con estructura territorial propia
- Respaldado públicamente por el PVEM
- Encabezará la ruta oficialista en Chihuahua
La última ficha
La importancia de Chihuahua creció a medida que Morena llenó los demás casilleros. El PVEM transformó capacidad de negociación en candidaturas; algunos gobernadores vieron avanzar perfiles cercanos; otras corrientes conservaron posiciones y la dirigencia nacional intervino con criterios de paridad, competitividad, alianzas y consenso. El mapa fue adquiriendo propietarios políticos reconocibles, aunque no necesariamente formales.
Adán llegó a la última definición con Andrea. Y salió sin Chihuahua. En un reparto en el que el poder se midió en candidaturas, su grupo terminó sin una gubernatura que pueda reconocerse inequívocamente como propia. Ése es un dato más significativo que cualquier especulación sobre castigos personales o destierros políticos.
Ahí está el tamaño del revés. No en afirmar que Adán desapareció de Morena —sigue siendo senador, mantiene relaciones y conserva capacidad de operación—, sino en algo bastante más tangible: cuando llegó el reparto territorial más importante antes de 2027, el adancismo no pudo convertir su influencia en una gubernatura.
Chihuahua debía probar que el grupo todavía podía crecer. Terminó demostrando otra cosa: que su capacidad para impulsar una candidatura tiene hoy límites que no tenía cuando su jefe político despachaba en Bucareli o controlaba la coordinación parlamentaria.
17 estados, una apuesta perdida
Aguascalientes
Baja California
BCS
Campeche
Chihuahua
Colima
Guerrero
Michoacán
Nayarit
Nuevo León
Querétaro
Quintana Roo
San Luis Potosí
Sinaloa
Sonora
Tlaxcala
Zacatecas
No bastó ganar
El cierre de las 17 coordinaciones mostró además que Morena no utilizó una sola regla. Hubo encuestas, pero también paridad, competitividad, acuerdos con aliados y decisiones de consenso. En algunos estados el primer lugar de la medición terminó con la candidatura; en otros, el resultado demoscópico cedió ante una consideración política superior.
Nayarit es el ejemplo más limpio. La propia dirigencia reconoció que Héctor Santana había obtenido el mejor resultado general, pero el criterio de género llevó la coordinación a Jasmine Bugarín, del Verde. Allí Morena dejó establecido, sin demasiadas posibilidades de interpretación, que ganar una encuesta no garantizaba necesariamente encabezar la candidatura.

En San Luis Potosí ocurrió algo todavía más revelador: Elí Cervantes terminó elegido por consenso aun cuando no había encabezado las mediciones y ni siquiera había iniciado formalmente el proceso como uno de los participantes principales. La dirigencia utilizó la candidatura también para fijar posición frente al proyecto sucesorio del gobernador Ricardo Gallardo y de su esposa, Ruth González.
Nuevo León, Sonora, Tlaxcala y Baja California Sur añadieron otras variantes. La suma permite una lectura incómoda pero evidente: la encuesta fue una herramienta del proceso, no el árbitro absoluto. Cuando los números no resolvieron por sí solos la política, Morena utilizó la política para resolver los números.
Las reglas del reparto
Encuesta
Paridad
Competitividad
Alianzas
Consenso
Quién ganó qué
El Partido Verde salió del proceso con una capacidad de influencia superior a la de un simple acompañante. Obtuvo posiciones visibles en Nayarit y Baja California Sur, consolidó su presencia en Quintana Roo y en Chihuahua respaldó abiertamente a Cruz Pérez Cuéllar cuando la confrontación con Andrea Chávez alcanzó mayor intensidad.
Los gobernadores tuvieron suerte desigual. Alfonso Durazo vio avanzar en Sonora a Lorenia Valles, identificada políticamente con su grupo; en Tlaxcala, en cambio, la opción asociada con la gobernadora Lorena Cuéllar no consiguió imponerse. Baja California Sur dejó una señal semejante: el perfil señalado como cercano al gobernador Víctor Castro perdió frente a Manuel Cota.

Eso vuelve especialmente significativo el saldo de Adán Augusto. Mientras aliados, mandatarios y otras corrientes consiguieron transformar capacidad política en posiciones concretas, la candidatura más públicamente asociada con él terminó fuera. No se trata de contabilizar amigos personales: se trata de medir resultados de poder.

Y el resultado de esa medición es adverso. Adán había apostado en público por Andrea; Andrea había construido durante casi dos años una candidatura y Chihuahua era el estado que podía proporcionar al grupo una nueva plataforma territorial. La apuesta llegó hasta la última noche. No pasó de ahí.

Nuevo León exhibe otro tipo de decisión: Morena no apostó por renovación, sino por reincidencia. Clara Luz vuelve seis años después de una derrota electoral y con un antecedente que dañó su credibilidad pública en 2021. La pregunta no es si Morena “quiere perder”, porque eso sería especulación, sino por qué prefirió una candidatura conocida —con fortalezas y negativos igualmente conocidos— frente a otros perfiles competitivos.
En ese reparto, el grupo de Adán Augusto López Hernández ofrece el contraste más llamativo. La candidatura cuya vinculación con él era más pública y comprobable era la de Andrea Chávez, y esa opción terminó derrotada. Hasta ahora, entre las 17 coordinaciones no aparece una gubernatura que pueda identificarse con la misma claridad como una posición propia del exsecretario de Gobernación. Ése es el dato que convierte Chihuahua en algo más que una derrota estatal.
El nuevo reparto
Nayarit y Baja California Sur quedaron en manos de perfiles del PVEM; Quintana Roo añadió otro espacio relevante y, en Chihuahua, el partido respaldó públicamente a Cruz Pérez Cuéllar.
Algunos mandatarios vieron avanzar perfiles cercanos; otros no consiguieron que prosperaran las opciones identificadas con sus grupos. Sonora, Tlaxcala y BCS muestran que no existió una sola regla.
Distintas corrientes conservaron espacios en estados como Baja California, Tlaxcala y Aguascalientes, aunque las relaciones políticas deben revisarse caso por caso.
Andrea Chávez era la candidatura más públicamente vinculada con Adán Augusto. Su derrota en Chihuahua dejó al grupo sin una gubernatura que pueda identificarse con la misma claridad como propia.
La sombra de La Barredora
Entre los seguidores de Andrea comenzó entonces a circular una interpretación más áspera: Morena habría utilizado los acomodos previos de género para llegar a Chihuahua con margen suficiente para designar a un hombre. La expresión que algunos emplearon fue inevitablemente tabasqueña: le aplicaron la barredora.
La sospecha encontró combustible en otros estados. Morena había modificado desenlaces mediante la paridad y, cuando llegó a Chihuahua, ya tenía margen suficiente para que la coordinación recayera en Cruz Pérez Cuéllar. Esa secuencia explica por qué surgió la versión, pero no alcanza para demostrar que el mecanismo haya sido diseñado específicamente para frenar a Chávez.
Lo que sí puede afirmarse es menos especulativo y políticamente más contundente: la candidatura que Adán Augusto promovió abiertamente fue la que quedó fuera cuando Morena terminó de acomodar el tablero nacional. Si hubo una operación deliberada contra ella, no existe hasta ahora evidencia pública suficiente para probarlo. El resultado, en cambio, está a la vista.
Y ese resultado basta para medir el golpe. La paridad pudo abrir la puerta a Cruz; las encuestas determinaron la competencia y las negociaciones terminaron de ordenar el tablero. Andrea no consiguió sobrevivir a ninguna de esas capas cuando llegó la decisión definitiva.
Lo que sabemos
Del centro a la periferia
dán Augusto conoció una concentración de poder que pocos dirigentes de Morena alcanzaron. Gobernó Tabasco, ocupó la Secretaría de Gobernación, disputó la candidatura presidencial y posteriormente encabezó la bancada mayoritaria en el Senado y la Junta de Coordinación Política. Durante varios años pasó de un centro de decisión a otro sin abandonar la primera línea.
La sucesión presidencial rompió esa continuidad. Claudia Sheinbaum ganó la candidatura y posteriormente la Presidencia. Adán encontró en el Senado una nueva plataforma, pero en febrero de 2026 dejó también esa posición para dedicarse, según explicó, al trabajo territorial y electoral rumbo a 2027.

Ocho meses después, ese trabajo tuvo una primera prueba de resultados: 17 gubernaturas. Andrea Chávez, su respaldo estatal más explícito, no obtuvo una. Si la tarea territorial pretendía conservar o reconstruir influencia mediante las elecciones de 2027, el primer balance fue adverso: otros grupos consiguieron territorios; el suyo perdió la plaza en la que más había invertido políticamente.
Chihuahua no demuestra que Adán haya perdido toda capacidad de influencia. Demuestra algo más concreto y quizá más incómodo: su grupo no consiguió convertir dos años de operación política en una gubernatura. Ésa es la medida del fracaso de aquella apuesta y, al mismo tiempo, una fotografía del lugar que ocupa hoy dentro del nuevo equilibrio de Morena.
Del poder al territorio
2019 Gobierno de Tabasco
2021 Secretaría de Gobernación
2023 Sucesión presidencial
2024 Senado y Jucopo
2026 Deja la coordinación
2026 Chihuahua
Tabasco ya no alcanza
El problema para Adán es que Chihuahua no se perdió en el vacío. Ocurrió cuando Tabasco ya tiene otro centro de gravedad. Javier May gobierna con estructura propia, mantiene interlocución directa con Claudia Sheinbaum y conduce un aparato estatal que ya no puede explicarse como una prolongación del grupo político que antecedió a su gobierno.
Durante años, el peso nacional de Adán tuvo en Tabasco su principal base territorial. Desde aquí pasó a Gobernación, desde aquí alimentó una red política y aquí conservó cuadros que permanecieron activos aun después de su salida. Pero el relevo estatal modificó esa relación: hoy las decisiones locales se procesan entre más actores y el adancismo ya no ordena por sí solo el tablero.

Esa es la conexión que vuelve relevante Chihuahua en Villahermosa. Andrea podía darle afuera el territorio que el grupo ya no domina adentro con la misma amplitud. Una gobernadora políticamente próxima no habría recuperado Tabasco, pero habría construido una nueva plataforma desde la cual reorganizar influencia.
Su derrota dejó al grupo obligado a buscar otra ruta. Ya no tiene la gubernatura tabasqueña, ya no controla la coordinación del Senado y tampoco obtuvo Chihuahua. Más que una sucesión perdida, es una acumulación de posiciones que dejaron de estar bajo su mando directo o que no pudo conquistar.
Los espacios que cambiaron
La gubernatura fue la plataforma desde la que se construyó el grupo político original.
El salto a Bucareli llevó esa red al centro de las decisiones nacionales.
Adán compitió por la candidatura, pero Morena eligió a Claudia Sheinbaum.
La coordinación parlamentaria le devolvió una posición institucional de gran peso.
El escenario local muestra ahora más centros de decisión y estructuras que compiten entre sí.
La derrota de Andrea cerró la vía más visible para construir una nueva plataforma territorial asociada al grupo.
El día después
Andrea quedó fuera de Chihuahua, pero no necesariamente fuera del tablero. Claudia Sheinbaum recordó después de las definiciones que todavía habrá candidaturas a presidencias municipales, diputaciones locales y federales, y que quienes no obtuvieron una coordinación estatal podrán participar en nuevas convocatorias.
La diferencia está en el tamaño de lo perdido. Una diputación, una posición partidista o una responsabilidad parlamentaria pueden mantener a Chávez en la primera línea, pero ninguna sustituye automáticamente la plataforma de seis años que representaba una gubernatura. Morena puede encontrar otra posición para Andrea; encontrar otra Chihuahua para el grupo de Adán será bastante más difícil.

La propia reacción de la senadora dejó margen para observar lo que sigue. Reivindicó a la Cuarta Transformación y a la Presidenta, pero evitó convertir la derrota en una adhesión entusiasta a Cruz. El PT había expresado antes disposición para recibir inconformes; alrededor de Andrea comenzaron además a circular versiones sobre futuras compensaciones políticas. Ninguna puede darse todavía por cerrada.
Para Adán Augusto la pregunta es otra: con qué estructura reconstruye ahora poder. Sigue siendo senador y conserva relaciones políticas, pero la candidatura que debía probar capacidad de expansión terminó derrotada dentro de su propio partido. La noche del World Trade Center dejó esa paradoja resumida en una sola escena: Cruz salió con la constancia; Andrea, sin Chihuahua.
Morena terminó de llenar las 17 casillas. Para el grupo del tabasqueño, el saldo fue mucho más sencillo de contar: su apuesta principal cayó y ninguna otra gubernatura ocupó su lugar.
17 candidaturas, ninguna claramente propia
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