Alejandro Moreno sujeta a Gerardo Fernández Noroña durante la gresca en la tribuna senatorial.

El Congreso expone su quiebre: opositores recurren al escándalo y abren flancos a Washington

CDMX.— En política los hechos hablan más que los discursos. El miécoles, en la antigua sede de Xicoténcatl, el Senado de la República ofreció al país y al extranjero la postal más reveladora de su crisis: una oposición incapaz de construir proyecto, pero hábil para fabricar escándalos funcionales a narrativas externas.

El episodio fue nítido: Alejandro “Alito” Moreno, dirigente del PRI, subió a tribuna tras el cierre de la Comisión Permanente y, fuera de sí, encaró al presidente del Senado, Gerardo Fernández Noroña, al grito de “¡te voy a romper la madre!”. Hubo manotazos, empujones, patadas a un joven camarógrafo y agresiones contra legisladores. Lo que debió ser conclusión parlamentaria terminó en gresca.

El hecho parece anecdótico, pero no lo es. Es síntoma de dos cosas: la decadencia de un partido reducido a 13 senadores y la apuesta por generar escenas que sirvan fuera del país. Alito no peleaba por la palabra: peleaba por protagonismo, por el golpe mediático, por la imagen de un Congreso caótico.

TELÓN DE FONDO

Durante más de tres horas, la oposición sostuvo un discurso estridente. Lilly Téllez, senadora del PAN, pidió colaboración militar de Estados Unidos para combatir al narcotráfico. Sus palabras, en boca de una legisladora, tienen otro peso: refuerzan el guion de que México es un país ingobernable, corroído por el narco y necesitado de ayuda extranjera.

Desde los escaños, Morena respondió con gritos de “traidora”. Adán Augusto López Hernández, jefe de senadores guindas, recordó que en otro siglo eso se habría llamado “traición a la patria” y se habría castigado en el Cerro de las Campanas.

Ese fue el ambiente que antecedió al zafarrancho. Lo que parecía un pleito personal se inscribe, en realidad, en un guion más amplio: fabricar provocaciones a la carta.

ESCÁNDALO FUNCIONAL

Alito y Téllez, con estilos distintos, terminan siendo complementarios. Él, con violencia física, ofrece imágenes de ingobernabilidad. Ella, con discursos incendiarios, justifica la necesidad de intervención. Ambos, sin coordinación explícita, encajan en una narrativa mayor: México como país caótico, autoritario y en riesgo de colapso.

Esa narrativa es útil para ciertos sectores de Estados Unidos, en particular los republicanos que presionan por mayor control en la frontera y hasta por incursiones militares contra los cárteles. El golpe parlamentario no se queda en México: viaja como propaganda.

LA RESPUESTA GUINDA

Frente a la violencia, la 4T respondió con ruta institucional. Noroña y Adán Augusto anunciaron denuncias penales contra Moreno y exigieron su desafuero. La gobernadora campechana, Layda Sansores, advirtió que tienen expedientes suficientes para llevarlo ante un juez: “tenemos material para el infinito”.

La Presidenta Claudia Sheinbaum hizo la lectura política: lo ocurrido recuerda a los porros de la UNAM en los ochenta. El PRI, dijo, sigue siendo lo mismo: autoritarismo disfrazado de oposición. Y subrayó la contradicción: los que acusan a la 4T de autoritarismo son los que recurren a golpes y a pedir la intervención de otro país.

LO QUE SIGNIFICA

El miércoles no fue un exabrupto. Fue la radiografía de un sistema en transición:

  • El PRI ya no es columna vertebral del régimen, es un partido reducido a la provocación.
  • El PAN se diluye en estridencias que coquetean con Washington.
  • Morena, con claroscuros, se planta como mayoría que contrasta legalidad con violencia.

La pregunta de fondo no es quién golpeó a quién, sino para qué sirvió el espectáculo. Y la respuesta es incómoda: sirvió para abonar al discurso de quienes, desde fuera, buscan justificar presiones y tutelas sobre México.

Secuencia muestra agresión de Alejandro Moreno contra Gerardo Fernández Noroña en la tribuna senatorial.

DE BALANCÁN A LA TRIBUNA

En la trifulca apareció también un tabasqueño: Erubiel Alonso Que, diputado federal del PRI por la vía plurinominal. No forma parte de la Comisión Permanente, pero ingresó al salón al lado de Alejandro Moreno.

Su nombre no es menor: fue dirigente estatal del tricolor en Tabasco, operador de aparato antes que político de tierra, y hoy ocupa curul gracias a la representación proporcional. No ganó distrito alguno, se hizo de la diputación por la vía de las listas definidas en el comité nacional.

En su carrera, Alonso ha transitado de regidor en Balancán a diputado local y, más tarde, presidente estatal del PRI. Ese salto le abrió las puertas del círculo de confianza de la dirigencia nacional y lo proyectó al Movimiento Territorial, la estructura corporativa que suele entregar movilización en tiempos de crisis. Desde allí, su cercanía con Moreno Cárdenas se volvió evidente.

En la sesión del miércoles, el legislador tabasqueño fue señalado por Gerardo Fernández Noroña como uno de los que cerraron el paso en tribuna y participaron en los empujones contra el equipo técnico del Senado. Su defensa posterior —“yo no pateé a nadie”— contrasta con los testimonios y videos que lo muestran entre los rijosos.

Su presencia exhibe el verdadero rostro de un sector del PRI: jóvenes operadores reciclados en el aparato, sin base electoral propia, convertidos en comparsas de la violencia política. El caso de Alonso simboliza lo que queda de un partido que antes presumía cuadros de Estado y ahora produce acompañantes de zafarranchos.


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