Héctor I. Tapia
Había luz de martes cansado sobre el Congreso de Tabasco, de esas que entran por los ventanales como si arrastraran el polvo de otros debates. Desde las 10 de la mañana, el recinto ya despedía ese olor tan propio de los días de comparecencias: café tibio, papel recién abierto, perfume contenido y el murmullo de quienes llevan años asistiendo a las mismas butacas.
En la puerta, productores con sombrero en mano; en los pasillos, asesores improvisando guiones; en las escaleras, reporteros acomodando micrófonos como si fueran piezas de una coreografía conocida. Todo listo para un día largo. Muy largo.
A las diez en punto, Luisa del Carmen Cámara Cabrales cruzó la puerta del pleno con paso decidido. Cargaba la seguridad de quien conoce la tierra que pisa y también el peso de ser la primera mujer que dirige la política del campo en Tabasco.
Su traje claro contrastaba con el verde de las carpetas que llevaba su equipo. Hubo quienes se pusieron de pie; otros levantaron el mentón en señal de escrutinio. Los agricultores sentados al fondo la siguieron con la mirada como si observaran a alguien que les debe cuentas, pero también esperanza.
La secretaria tomó asiento, colocó las manos sobre la mesa —dedos entrelazados, gesto firme— y comenzó a hablar. Su voz rebotó en el recinto con ritmo de faena: directa, sin adornos. Desde el primer minuto dejó claro el tono: “la ruta para desarrollar el sector primario ya está definida”. Una frase que cayó pesada como costal de maíz sobre quienes esperaban explicaciones y no sólo proyecciones.
Mientras hablaba, la cámara imaginaria de esta crónica hacía zoom en los detalles: el brillo de los aretes que apenas se movían con cada frase; la libreta roja de una diputada que asentía como si llevara el conteo de cada novillona entregada; el murmullo de dos productores que repetían en voz baja las cifras del Crédito a la Palabra: 783 paquetes ganaderos, 7,830 novillonas, 783 toros, 215 millones invertidos. Cada dato resonaba como un golpe de machete abriendo brecha.
A mitad de la exposición, un hombre con camisa a cuadros tomó aire profundo. Olía a campo, a tierra mojada. Cuando Cámara Cabrales mencionó los 86 mil árboles nativos distribuidos y la reforestación en la Chontalpa, él apretó el borde de su sombrero. Ese gesto, pequeño pero revelador, contaba más que cualquier pregunta parlamentaria: en Tabasco, la política agropecuaria no es estadística; es identidad.




LA SEMILLA Y EL RUIDO
En los pasillos, mientras la secretaria desplegaba el mapa completo de sus programas, llegó el ruido de la siguiente comparecencia: Bienestar afinaba micrófonos. Era como escuchar, a lo lejos, el eco de otra batalla.
Un asesor anunciaba las 49 mil 718 personas atendidas, otro repasaba el padrón de adultos mayores de 63 y 64 años. El Congreso se convirtió entonces en un cascarón amplio donde convivían tres mundos a la vez: lo dicho, lo que faltaba por decir y lo que las bancadas preparaban para cuestionar.
Pero la cámara (la del cronista, la que ve lo que otros no ven) volvía al pleno. Ahí, Cámara Cabrales desgranaba el parte vital del campo: la tilapia, los ostiones, las 100 toneladas de mojarra vendida en Jonuta, la piscifactoría de Teapa que resucita con 12.5 millones de alevines. Los diputados tomaban notas con la velocidad de quien sabe que esas cifras correrán mañana en radio, prensa y sobremesas.
En la segunda fila, un joven productor movía la pierna con ansiedad. No le importaba la política ambiental ni los comités de vigilancia energética. Él quería escuchar una palabra: “movilización”.
La obtuvo. Cuando la secretaria habló de los 210 mil bovinos movilizados hacia otros estados —con ingresos estimados de 21.9 millones de pesos diarios—, el muchacho soltó la pierna, exhaló y asentó dos veces. Como quien confirma que sus números sí cuadran.
HORA DE PREGUNTAS
El reloj marcaba la una de la tarde cuando las fracciones parlamentarias empezaron su ronda. Los tonos variaron: hubo preguntas tersas como lirios, otras filosas como anzuelos. Cámara Cabrales respondió sin tambalear. No prometió milagros; prometió procesos. En algunos momentos levantó la voz, en otros la bajó hasta convertirla en hilo. Pero nunca soltó la brújula: el campo como prioridad de Estado.
La atmósfera, sin embargo, ya era otra. El olor a café recalentado se había mezclado con el aire tibio del pleno. Afuera, personal de Bienestar esperaba su turno. Más tarde, Semades entraría con una carpeta verde llena de datos: 1.4 millones de plantas producidas, 80 denuncias ambientales atendidas, 2.7 millones de árboles reforestados. Tres comparecencias, un mismo día, un Congreso que parecía respirar hondo entre una y otra.
EL CIERRE
Poco antes del mediodía, Cámara Cabrales terminó su intervención con una frase que sonó como cierre de acto, pero también como inicio de otro:
“¡Tabasco, estamos cumpliendo!”
El aplauso no fue estruendoso, pero sí sincero. En las filas de productores hubo sonrisas discretas; en los curules, miradas que decían “el debate sigue”; en los pasillos, asesores que ya enviaban mensajes a las redacciones. Afuera, el sol caía con luz de despedida. Un día largo se había consumido entre cifras, testimonios, cuestionamientos y promesas.
La cámara se alejó lentamente del pleno. El sonido final no fue un discurso ni un portazo político. Fue el rumor tenue de los mismos productores que habían llegado en la mañana. Algunos se quedaron conversando, otros bajaron las escaleras con paso lento, cargando carpetas como si fueran costales de esperanza.
Un día más en el Congreso.
Un capítulo más de la ruta del campo.
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