Javier May enfatizó que Tabasco se gobierna con cercanía, principios y austeridad.

Javier May rompe con el viejo poder en su primer informe

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Héctor I. Tapia

En política, a veces una palabra lo cambia todo. Javier May Rodríguez ya había repetido hasta el cansancio que su gobierno no pactaba con la delincuencia. Era una frase de rigor, casi un rezo institucional.

Pero este primero de octubre, en el austero auditorio del DIF, añadió una palabra que puede leerse como un quiebre en la gramática de poder en Tabasco: ‘ni con la corrupción’.

El matiz no es menor. En un estado marcado por el recuerdo reciente de favores y concesiones, donde la línea entre autoridad y complicidad se volvió difusa, esa adición sonó como un parteaguas. No nombró a nadie, pero la alusión fue inevitable: romper con la corrupción equivale a romper con los pactos del pasado.

La frase, sobria y sin aspavientos, reconfiguró el eje de legitimidad de su gobierno. En vez de un deslinde ruidoso, el mandatario optó por un golpe quirúrgico: colocó a su administración en el lado de la ética pública y dejó que la omisión hablara por sí sola. Quien escuchó con atención, pudo interpretar que allí se insinuaba un nuevo contrato político.

No fue un anuncio espectacular ni un despliegue de cifras; fue, en el sentido más estricto, una línea de frontera. Una manera de decir que, a un año de haber iniciado su mandato, la transformación tabasqueña ya no se mide solo en programas sociales o en obras de infraestructura, sino en un cambio de régimen moral.

LOS SILENCIOS CALCULADOS

En la política, lo que no se dice pesa tanto como lo que se proclama. El discurso del gobernador Javier May no mencionó un solo nombre propio ligado a los escándalos recientes, pero cada frase crítica resonó como acusación.

El silencio hacia Adán Augusto López fue deliberado. Ninguna alusión directa, ningún reproche. Sin embargo, al hablar de “un pasado donde el dinero público se convertía en negocios privados”, la imagen se completó sola en la mente de la audiencia. La omisión blindó el mensaje: el golpe fue estructural, no personal.

El silencio pesó más que los aplausos.

Ese recurso tiene valor táctico. Evita confrontaciones abiertas, pero deja sembrada la interpretación. No se trató de señalar individuos, sino de trazar la ruptura con un modelo de poder que gobernó con oficinas cerradas, privilegios y triangulaciones. En ese sentido, la estrategia fue clara: May dejó que el auditorio —y la opinión pública— completaran los nombres, sin necesidad de pronunciarlos.

Esa omisión inteligente lo coloca en un terreno doble: mantiene la disciplina política con la vieja guardia obradorista, pero al mismo tiempo consolida su perfil como alfil de Claudia Sheinbaum en Tabasco. Su discurso fue menos una rendición de cuentas y más un acto de reposicionamiento: marcar distancia sin abrir guerra frontal.

EL TERRITORIO COMO PODER

Javier May volvió a insistir en una de sus banderas: “gobernar desde el territorio, no desde el escritorio”. No es una frase improvisada, sino la narrativa que define su estilo de gobierno.

En su primer año, el gobernador ha colocado a los Centros Integradores como el corazón de la acción pública. No se trata solo de oficinas municipales: son símbolos de una política que busca legitimar su poder en la proximidad, en el contacto directo con la gente. Cada jornada de atención, dijo, “no es un trámite, es un encuentro comunitario”.

May refuerza su estilo territorial: cercanía con la gente como nuevo poder.

Ese énfasis en el territorio contrasta con la vieja política estatal, acostumbrada a despachos cerrados y a presupuestos que se perdían en la burocracia. La idea de que “el presupuesto del pueblo se queda en el pueblo” no es solo una consigna: es el intento de reconstruir la relación de confianza entre el gobierno y la ciudadanía tras décadas de descrédito.

En términos políticos, la estrategia busca construir una legitimidad distinta a la de sus antecesores: menos espectáculo, más comunidad. Si antes el poder se medía en actos multitudinarios o en control de élites, hoy se mide en la cercanía constante con las bases. Un capital político que, de sostenerse, le dará margen para sortear las crisis y diferenciarse del viejo régimen.

LA AUSTERIDAD COMO RUPTURA

En el auditorio del DIF, sin símbolos ostentosos ni parafernalia política, Javier May reiteró que la austeridad no es discurso, sino forma de vida. No hubo escenario adornado ni despliegues mediáticos; el mensaje mismo fue la puesta en escena.

La frase clave fue contundente: “antes el dinero público se convertía en negocios privados, hoy cada peso se destina al bienestar de las familias”. Una línea que no sólo retrata el contraste con el pasado inmediato, sino que funciona casi como una confesión institucional de un modelo de poder agotado.

Atril sobrio y sin ornamentos, símbolo de la austeridad política que May reivindica.

El gobernador insistió en que el presupuesto dejó de financiar lujos y privilegios para ir directo a la gente. No habló de dádivas, sino de derechos. Esa distinción marca una ruptura simbólica: del clientelismo al reconocimiento de ciudadanía.

El mensaje político es doble. Por un lado, responde a la exigencia de transparencia tras los señalamientos de triangulación de recursos en sexenios previos. Por el otro, convierte la austeridad en un eje ético, una narrativa que lo distancia de la vieja guardia que usó al Estado como botín.

Así, la austeridad se vuelve más que un recorte administrativo: es el punto de quiebre que May propone como sello de su mandato. Un capital político que no se mide en cifras, sino en credibilidad frente al pueblo.

UNIDAD, SHEINBAUM Y LA 4T NACIONAL

El mensaje de Javier May no se limitó a un balance local. Fue también un acto de alineación política. Recordó que Tabasco decidió abrir un nuevo capítulo con raíces en la dignidad y la justicia social, y que hoy ese capítulo se escribe en sincronía con el proyecto nacional.

Al citar a la presidenta Claudia Sheinbaum como motor del “Segundo Piso de la Cuarta Transformación”, el gobernador proyectó gobernabilidad más allá de la frontera estatal. No hubo exageraciones: habló de colaboración plena, de respeto institucional y de coordinación en obras y programas. Ese énfasis convierte su gobierno en un engrane que se integra al proyecto federal.

La presencia de Aurora Raleigh en primera fila subrayó el respaldo familiar e institucional al proyecto de Javier May.

Sin embargo, la insistencia en la unidad también tiene un eco interno. En un momento en que Tabasco busca dejar atrás los fantasmas de pactos y privilegios, May recurre al paraguas de la 4T nacional para blindar su legitimidad. El mensaje es claro: su administración no camina sola ni se aisla, forma parte de un proyecto mayor.

En términos políticos, ese gesto ofrece equilibrio. Mientras traza líneas de ruptura con el pasado inmediato —la corrupción, los negocios privados con recursos públicos—, reafirma su pertenencia a la corriente histórica lopezobradorista y su lealtad al liderazgo presidencial en turno. Distancia con el ayer, cercanía con el centro del poder.

CONCLUSIÓN Y REMATE POLÍTICO

El primer año de gobierno de Javier May no se festejó con fanfarrias, sino con un mensaje breve y cargado de fondo. En quince minutos, el gobernador colocó sobre la mesa la premisa que pretende marcar su sexenio: no pactar con la delincuencia ni con la corrupción.

Esa frase, sobria en la forma y contundente en el fondo, opera como corte de caja y como ruptura con el pasado inmediato. Evita nombres, pero señala prácticas. No acusa, pero insinúa un parteaguas. No grita, pero resuena.

Al mismo tiempo, May refuerza su modelo político: austeridad, cercanía, redistribución. Habla de un gobierno que manda obedeciendo y que pone el presupuesto en manos del pueblo, no de las élites. Un poder territorial, no de escritorio.

El saldo político es doble: hacia dentro, se perfila como advertencia a quienes pretendan usar la estructura pública como botín; hacia fuera, se convierte en una señal de disciplina institucional y de respaldo al proyecto de la Cuarta Transformación en su etapa nacional.

En Tabasco, donde los discursos suelen ir acompañados de excesos y ritos, May optó por la sobriedad. Esa sobriedad, paradójicamente, fue la fuerza del mensaje. En el fondo, lo que ofreció fue una frase de continuidad y otra de ruptura. Una continuidad con la 4T nacional y una ruptura con las inercias del poder local.

Si el 2024 cerró un sexenio, este discurso busca proyectarse como cierre de una era.

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