1939 — 2026
LIMA.— La noticia llegó temprano, con ese silencio que dejan las despedidas verdaderas. La mañana del 10 de marzo de 2026 murió en Lima Alfredo Bryce Echenique, narrador peruano nacido en 1939, uno de los autores más singulares de la literatura en español. Tenía 87 años.
Su muerte cerró una vida larga, errante y literaria. Pero también abrió otra escena: la de sus libros volviendo a circular como si acabaran de escribirse.
Bryce tenía una convicción sencilla: la tristeza se podía domar con humor. Decía que el amor funcionaba así, entre carcajadas, invenciones y un poco de vergüenza. Reírse para seguir viviendo. Reírse para empezar otra vez.
Esa idea —medio confesión, medio filosofía— atravesó toda su obra.
Un niño llamado Julius
Cuando publicó Un mundo para Julius en 1970, Bryce abrió una ventana incómoda hacia la aristocracia limeña. La novela miraba ese universo desde los ojos de un niño que apenas empezaba a comprender las jerarquías invisibles que organizaban la casa.
El niño observaba funerales distintos para ricos y pobres. Veía cómo algunos ataúdes salían por la puerta principal y otros por la trasera.
Aquella escena quedó grabada en la memoria de muchos lectores de América Latina. Era una forma delicada de contar una desigualdad brutal.
Dos años después, en 1972, el libro recibió el Premio Nacional de Literatura de Perú y Bryce quedó instalado en el mapa del llamado boom latinoamericano.
No gritó para entrar. Llegó hablando bajito.





Un escritor que prefería la conversación
Bryce escribía como quien charla en una mesa de café. Su prosa tenía algo de confesión y algo de broma privada. A veces parecía que el narrador estaba contando una historia entre amigos, con un vaso de whisky a medio terminar.
En sus páginas aparecían el amor, la soledad, la depresión y la felicidad. No como conceptos solemnes, sino como escenas cotidianas.
Lo dijo alguna vez con claridad: la escritura lo salvó de la tristeza y de la locura.
Y le creímos.
La vida lejos de casa
Nació en una familia acomodada de Lima. Entre sus antepasados había un presidente y hasta un virrey. Sin embargo, el joven Bryce prefirió las bibliotecas a los despachos.
Estudió Derecho, pero también Literatura. Y cuando pudo, dejó todo para marcharse a Europa en 1964.
París fue su primera estación. Luego vinieron Italia, Grecia, Alemania y España. Durante años vivió como un escritor itinerante que cambiaba de ciudad con la misma facilidad con que cambiaba de historia.
En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim. Aquella etapa consolidó su presencia internacional y lo convirtió en un narrador seguido por lectores de varios continentes.

Personajes que no se van
Cuando un escritor muere, lo primero que ocurre es extraño: sus personajes siguen caminando.
En el caso de Bryce siguen ahí Julius, Martín Romaña, Octavia de Cádiz o Carlitos Alegre. Figuras frágiles, irónicas, excesivas, siempre un poco perdidas en el mundo.
Personajes que hablaban demasiado de amor y demasiado de recuerdos.
Quizá porque el propio Bryce sospechaba que la memoria es el único lugar donde las cosas no terminan de morir.
La risa como defensa
En una conferencia ofrecida en Ámsterdam en 2007, Bryce habló del humor como una herramienta peligrosa. Decía que el humor desmonta a los personajes, abre su mecanismo y los deja expuestos.
Como si un pequeño diablo se metiera dentro de la historia para revelar cómo funciona.
A él le gustaba ese gesto.
Decía que los recuerdos bonitos mezclados con un poco de tristeza sabían mejor. Como una fruta madura.
Un escritor con permiso para retirarse
En 2019 publicó Permiso para retirarme, el libro que funcionó como despedida literaria. No fue un cierre solemne. Fue más bien una conversación larga sobre la vida, el tiempo y la memoria.
Algo muy suyo.
Ahora que se ha ido, la ironía se impone: hay demasiadas palabras para despedirlo.
Pero quizá Bryce habría preferido algo más sencillo.
Una risa breve.
Un recuerdo.
Y una historia contada otra vez.
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