Sala Nezahualcóyotl llena durante un concierto de orquesta tras su reapertura
Después de 180 días cerrada por trabajos de rehabilitación, la Sala Nezahualcóyotl volvió a recibir al público y a su orquesta en una noche que celebró también los 50 años del recinto.

Sala Nezahualcóyotl reabre entre música y memoria

CDMX.— Hay edificios que se inauguran. Otros, después de muchos años, simplemente despiertan. La Sala Nezahualcóyotl despertó la noche del sábado después de 180 días con las puertas cerradas. No lo hizo con discursos interminables ni con ceremonias cargadas de solemnidad. Lo hizo como debía hacerlo una casa construida para escuchar: con una orquesta afinando, músicos ocupando sus lugares y cientos de personas regresando poco a poco a las butacas.

Durante seis meses, aquel recinto de la Universidad Nacional Autónoma de México permaneció en silencio mientras se rehabilitaban escenario, servicios, accesos e iluminación. Desde afuera podía parecer una pausa técnica. Adentro significaba otra cosa: desmontar, revisar, corregir y modernizar sin destruir aquello que hizo famosa a la sala desde hace medio siglo.

Porque una sala de conciertos también tiene memoria. Y la de la Nezahualcóyotl está en la madera, en la disposición del escenario, en sus balcones, pero sobre todo en algo que no se ve: la manera en que una nota sale de un instrumento, cruza el aire y llega hasta la última fila.

La noche de la reapertura puso esa memoria a prueba. La Orquesta Filarmónica de la UNAM, residente del recinto, regresó a casa con una función que reunió aniversarios, ausencias de último minuto, música nueva y una obra capaz de llenar por sí sola cualquier escenario: la Primera sinfonía de Gustav Mahler.

Antes de que comenzara el concierto, el rector Leonardo Lomelí resumió el momento con una frase sencilla: celebró el reencuentro después de aquel breve silencio. Breve en la vida de una universidad. Largo para una sala que vive de sonar.

MEDIO SIGLO DE MÚSICA

La Nezahualcóyotl rompió 180 días de silencio

La reapertura no fue solamente un regreso al escenario: reunió cinco aniversarios y puso a prueba la acústica preservada durante la rehabilitación.

180 días cerrada por trabajos de rehabilitación
50 años de la Sala Nezahualcóyotl
90 años de la Orquesta Filarmónica de la UNAM
475 años de historia de la Universidad de México
40 años de Difusión Cultural UNAM
5 años del Festival Cultura UNAM
La intervención cambió lo necesario sin tocar lo esencial: escenario renovado, mejores condiciones de accesibilidad, nueva iluminación y preservación de las cualidades acústicas.
Fuente: UNAM · Información del concierto de reapertura

Medio siglo entre butacas

La reapertura coincidió con los 50 años del recinto, pero la noche cargaba más calendarios sobre los hombros: 475 años de la Universidad de México, 90 años de la OFUNAM, cuatro décadas de la Coordinación de Difusión Cultural y cinco años del Festival Cultura UNAM.

Era, en ese sentido, una celebración hecha de capas. Entre el público estaban antiguos rectores como José Sarukhán, Juan Ramón de la Fuente, José Narro y Enrique Graue, además de la secretaria de Cultura federal, Claudia Curiel de Icaza.

La sala estaba prácticamente llena, aunque el programa había recibido un golpe apenas antes de comenzar. El violonchelista Mischa Maisky, anunciado como una de las figuras de la noche, no llegó. Un problema con el vuelo de conexión que debía traerlo desde Europa obligó a modificar el programa.

OFUNAM interpreta el concierto de reapertura en la Sala Nezahualcóyotl
La Orquesta Filarmónica de la UNAM encabezó la reapertura de su sala residente, con un programa que debió modificarse tras la cancelación de Mischa Maisky.

La música, sin embargo, conoce bien el arte de resolver sobre la marcha. El tenor mexicano Arturo Chacón-Cruz ocupó el espacio abierto por la cancelación y entró al escenario con Verdi y Puccini. Cantó Oh, figlie miei!… Ah la paterna mano, de Macbeth, y después llegó uno de esos momentos capaces de cambiar el ánimo de una sala entera: Nessun dorma, de Turandot.

El público pidió más. Chacón-Cruz respondió primero con Granada, de Agustín Lara, y después con O sole mio. La sustitución que pudo sentirse como un remiendo terminó convertida en parte de la memoria de aquella noche.

Eso también ocurre en los conciertos: los programas se imprimen con anticipación, pero las emociones nunca leen el programa.

Una fanfarria para despertar

El verdadero primer sonido de esta nueva etapa había sido escrito para la ocasión. La compositora mexicana Gabriela Ortiz, académica y egresada de la UNAM, entregó Fanfarria volcánica, una obra encargada especialmente para celebrar el regreso de la sala.

El nombre parecía hecho para la noche. Después de medio año de silencio, la Nezahualcóyotl no necesitaba un susurro para volver. Necesitaba una sacudida. La música brotó como si alguien hubiera abierto una compuerta.

Horas antes, durante el ensayo, Ortiz había dejado además una observación que seguramente tranquilizó a quienes pasaron meses interviniendo el inmueble: la sala, dijo, sonaba mejor.

Era quizá el elogio más importante que podía recibir la rehabilitación. Porque podían cambiar lámparas, mejorar accesos, renovar equipos o intervenir el escenario, pero había una frontera que nadie quería cruzar: tocar demasiado aquello que durante décadas convirtió al recinto en una referencia acústica de América Latina. La modernización debía notarse sin escucharse. O, mejor todavía, debía escucharse sin que se notara.

UNA NOCHE · CUATRO MOMENTOS

Escucha la reapertura paso a paso

Toca cada momento para recorrer el programa que devolvió la música a la Sala Nezahualcóyotl.
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PRIMER SONIDO
Gabriela Ortiz despertó la sala
La noche comenzó con el estreno mundial de Fanfarria volcánica, obra encargada especialmente a la compositora mexicana Gabriela Ortiz para celebrar la reapertura.
Fuente: programa y crónica de la reapertura · UNAM

Mahler ocupó la noche

La segunda parte dejó atrás cualquier sensación de ceremonia. Llegó Gustav Mahler. Su Primera sinfonía, Titán, comenzó a extenderse por la sala con esos paisajes sonoros donde primero parece despertar el campo y después termina avanzando una orquesta entera como si empujara una montaña.

La OFUNAM respondió con equilibrio bajo la dirección de Sylvain Gasançon, quien cerrará este año su etapa como director titular de la agrupación.

Fue entonces cuando la rehabilitación dejó de ser un dato técnico. Las obras podían describirse en informes: iluminación de menor consumo, accesibilidad, servicios renovados, modificaciones en el escenario. Pero la verdadera prueba estaba ocurriendo frente a cientos de oídos.

Cada sección de la orquesta tenía espacio. Los metales podían crecer sin aplastar a las cuerdas. Los silencios conservaban profundidad. Los golpes de la música subían hasta los niveles superiores sin convertirse en ruido. Una sala de conciertos no termina de construirse cuando los trabajadores retiran las herramientas. Termina cuando vuelve la música.

Orquesta en el escenario de la Sala Nezahualcóyotl con su sistema de iluminación
La rehabilitación renovó escenario, accesibilidad e iluminación sin abandonar uno de los atributos centrales de la Nezahualcóyotl: sus reconocidas condiciones acústicas.

Una universidad anterior al país

Antes del concierto, Rosa Beltrán, coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM, había dejado otra imagen suspendida entre las butacas.

Recordó los 475 años de la Universidad de México y formuló una paradoja histórica: cuando todavía no existía la nación mexicana como hoy la conocemos, ya existía universidad.

La frase colocaba aquella noche en otra escala. De pronto, los seis meses de cierre parecían apenas una pausa dentro de una historia medida en siglos. Eso explica también el cuidado puesto en la intervención de la Nezahualcóyotl. Renovar un espacio así no significa sustituir lo viejo por lo nuevo. Significa decidir qué debe cambiar para que lo esencial permanezca.

La sala reabrió con tecnología distinta, mejores condiciones para el público y un escenario renovado, pero volvió buscando conservar la misma identidad. Al terminar Mahler, los aplausos ocuparon el espacio que durante 180 días perteneció al silencio.

Las personas comenzaron a levantarse. Los músicos guardaron sus instrumentos. Las luces siguieron encendidas unos minutos más. Afuera esperaba otra vez la Ciudad de México, con sus automóviles, conversaciones, vendedores y ruidos cotidianos.

Adentro quedaba algo más difícil de medir. Una sala había vuelto a sonar. Y después de medio siglo de música, quizá ésa era la única reapertura que realmente importaba.

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