Hay marcas que duran décadas sin romperse y luego, en una sola noche, desaparecen. México nunca había ganado sus tres partidos de la Fase de Grupos en un Mundial. Ni en 1970, ni en 1986, cuando jugó como local y no pudo. Ni en Corea-Japón 2002, ni en Rusia 2018, cuando arrancó con dos triunfos y se cayó en el tercero. La historia de la Selección Mexicana en los mundiales es una historia de bordes, de casi llegar, de inventar razones para explicar por qué el techo siempre apareció antes de tiempo.
El miércoles 25 de junio de 2026, en el Estadio Ciudad de México con más de 80 mil personas adentro y 800 mil en Paseo de la Reforma bajo la lluvia, el Tricolor rompió ese techo con un 3-0 ante Chequia que nadie recordará por sus formas, pero que la historia no olvidará por su resultado.
En Villahermosa, el Estadio Centenario 27 de Febrero volvió a llenarse. El gobernador Javier May convocó de nuevo, la gente respondió de nuevo, y una abuela llegada desde Tepetitán, Macuspana, dijo lo que muchos pensaban pero pocos se atrevían a pronunciar: que este equipo llega a la final. Que quiere un México-Argentina. Que este es el mejor Tri que ha visto.
Vinieron desde los municipios, desde Jalpa de Méndez, desde rancherías sin nombre en el mapa futbolero nacional. Vinieron porque, como dijo uno de ellos, «acá está la garulla» y «el pueblo se une en una sola voz». El Centenario no es el Azteca. Pero esa noche tuvo la misma temperatura.
La presidenta Claudia Sheinbaum volvió a celebrar. La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, salió a contar personas: más de 800 mil en las calles de la capital. El Ángel de la Independencia se declaró lleno. Desde Bucareli hasta el monumento, la gente bailaba, cantaba, y cuando llegó el aguacero no se fue: se quedó y armó guerritas de charco. Hay algo en el fútbol mexicano que convierte la lluvia en elemento narrativo. Siempre llueve cuando México gana en grande.



El primer tiempo que nadie quería recordar
Javier Aguirre apostó fuerte: rotó el equipo casi completo. Descansaron Jesús Gallardo, Johan Vásquez, Erik Lira, Raúl Jiménez y el apercibido Brian Gutiérrez. Debutaron en el once titular Gil Mora y Guillermo Martínez. La apuesta tenía lógica —administrar piernas para los dieciseisavos— pero el primer tiempo fue un argumento en contra. En 32 minutos, Chequia ya había disparado cinco veces sin respuesta mexicana. El más peligroso, un remate de Denis Visinsky que rozó el poste. México no existía.
La afición en el Azteca lo sintió y reaccionó como suele: al minuto 9 sonó el grito homofóbico que la FIFA lleva años intentando erradicar y que el fútbol mexicano no termina de enterrar. Después vino un «Cielito Lindo» tibio e incómodo, y una ola que no pudo darle la vuelta completa a la tribuna. El estadio aplaudió una falta conseguida por Luis Romo a 30 metros de la portería y una chilena descompuesta de Israel Reyes. Cuando la gente aplaude eso, es porque no tiene mucho más que aplaudir.
El mediocampo estaba desconectado de los atacantes. La posesión no llegaba, la presión tampoco. Aguirre vio todo eso desde el banco con la misma cara de siempre: sin alarma, sin aspavientos, sin sustituciones de pánico. Sabe que sus equipos no juegan bonito en los primeros tiempos. Sabe también que en los segundos aparece otra cosa.
El contragolpe que cambió el partido y la historia
Lo que cambió el partido no fue un ajuste táctico visible, no fue un discurso en el vestuario que nadie escucha desde afuera. Fue un pase de Luis Romo aguantando el balón entre tres defensores checos y filtrándolo al espacio. Mateo Chávez, debutante, recibió solo, corrió solo y definió al minuto 55 con la calma de quien lleva años haciendo eso. El estadio explotó. En Villahermosa, el Centenario saltó.
Seis minutos después, al 61′, otra transición. Julián Quiñones se encontró con el balón tras una serie de rebotes —la suerte también se trabaja— y lo mandó a las redes. Jorge Sánchez hizo el trabajo sucio para que eso ocurriera. El 2-0 convirtió el partido en otra cosa: en una fiesta que ya no tenía vuelta atrás.
Al 90+3′, Álvaro Fidalgo marcó el tercero. El Ciudad de México casi se cae. En el Centenario, los tabasqueños que no se conocían entre sí se abrazaron, se estrecharon la mano, levantaron la V de la victoria. En Reforma, la lluvia no importó. El Ángel se llenó antes del silbatazo final.


Ochoa y la cuenta regresiva que el fútbol no perdona
Hubo un momento dentro del partido que no tenía que ver con el marcador ni con la clasificación. Guillermo Ochoa entró de cambio ante el rugido de más de 80 mil personas. Es su cuarto Mundial. Tiene 39 años. El estadio lo vitoreó como si hubiera atajado el penal más difícil de su carrera, y en cierta forma lo ha hecho: el penal de seguir vigente, de seguir convocado, de seguir siendo el portero que México llama cuando hay un Mundial.
Jesús Gallardo, el tabasqueño, fue uno de los que Aguirre eligió guardar para las rondas siguientes. No jugó. Pero en el Centenario su nombre sonó de todas formas, con el orgullo regional que no necesita minutos en cancha para activarse.
México termina la Fase de Grupos con 9 puntos, 3 triunfos, 0 goles en contra y el liderato del Grupo A. Espera rival para los Dieciseisavos. El calendario lo pondrá frente a alguien que llega con menos energía, menos confianza y sin el respaldo de 80 mil personas en el estadio y 800 mil en la calle.


La política: gol a gol en redes, estadio a estadio en Tabasco
Claudia Sheinbaum no esperó al silbatazo final. Publicó cada gol en tiempo real, como quien no puede quedarse quieta frente al televisor. Tres goles, tres publicaciones. Al terminar el partido subió un video celebrando y eligió palabras que van más allá del protocolo: «su entrega, esfuerzo y pasión nos llenan de orgullo», escribió. «Gracias por darnos tantas alegrías y por representar con grandeza a México.» No es el lenguaje de un boletín de prensa. Es el lenguaje de alguien que vio el partido y lo sintió.
Hay algo políticamente relevante en ese detalle. Una presidenta que documenta su reacción gol a gol no está cumpliendo una agenda de comunicación: está apostando en público, en tiempo real, sin saber cómo termina el partido. En el primero y en el segundo eso tiene poco riesgo. Pero en el tercero, cuando el marcador ya dice 3-0 y el Ángel de la Independencia está declarado lleno con 800 mil personas bajo la lluvia, la apuesta ya es otra cosa: es la imagen de un país que celebra unido y de una presidenta que forma parte de esa celebración sin verse forzada.
Javier May usó una palabra precisa: «hazaña». No «evento», no «partido», no «encuentro». Hazaña. Escribió que la Selección «volvió a hacer vibrar no solo al Estadio Azteca» sino también al Centenario 27 de Febrero, «lleno de familias y juventudes que festejaron juntos el 3-0 vs Chequia». La frase tiene una construcción deliberada: primero el Azteca, luego el Centenario. Primero lo nacional, luego lo local. Es la manera en que un gobernador coloca a su estado dentro de una narrativa mayor sin que suene a apropiación.
Dos mandatarios, dos tonos, un mismo resultado: el fútbol como escenario donde la política puede mostrarse sin defensas. La abuela de Tepetitán que vino desde Macuspana y quiere una final México-Argentina no sabe ni le importa la arquitectura comunicacional detrás de esas publicaciones. Vino porque el gobernador abrió la puerta. Se quedó porque el equipo le dio razones. Y se fue cantando «Cielito Lindo» porque el fútbol, cuando sale bien, no necesita que nadie lo explique.
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