NUEVA YORK.— Nueva York conoce bien las despedidas públicas. Pero pocas cargan con la historia cultural de un barrio entero. La mañana en que el féretro de Willie Colón cruzó la Catedral de San Patricio, la salsa dejó de ser solo música: volvió a sentirse como crónica de ciudad.
Familiares, amigos y admiradores se reunieron en Manhattan para despedir al trombonista, compositor y activista nacido como William Anthony Colón Roman, quien murió el 21 de febrero, a los 75 años, en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, en Bronxville. La causa de la muerte no fue revelada. Su familia confirmó que partió en paz, rodeado de los suyos.
La ceremonia pública siguió a un fin de semana de velatorios privados. Afuera de la catedral, algunos seguidores aguardaron en silencio. Cuando el féretro salió, los aplausos se mezclaron con los acordes de “La murga de Panamá”. Fue un gesto espontáneo. Y preciso: pocas canciones resumen mejor la manera en que Colón convirtió la vida latina en sonido.
El hijo del Bronx que llevó la salsa al mundo
Durante la misa, su hijo Diego Colón resumió el impacto familiar y artístico con una frase que resonó entre los asistentes: su padre dejó “una sombra gigantesca”. Luego añadió algo más directo: el mundo cambió con su música.
El obispo Joseph A. Espaillat lo expresó de otra forma. Recordó que Colón era un hijo del Bronx, también de Puerto Rico, pero sobre todo “un hijo de Dios”. La homilía tuvo momentos de humor. El obispo bromeó diciendo que aprendió qué era un trombón gracias al propio músico.
Otro de los hijos del artista, Alejandro Miguel Colón, reveló un detalle íntimo que humanizó la ceremonia: el último alimento que probó el músico fue un trozo de chocolate negro con frambuesa. También contó que su padre siempre soñó con que su funeral se realizara en la Catedral de San Patricio. “Lo logramos”, dijo.
La frase cerró una escena que parecía escrita para la propia narrativa de la salsa: el barrio, la familia y la ciudad convergiendo en un mismo momento.

La música que transformó la salsa
Colón nació en el Bronx, en una comunidad donde la identidad latina se forjaba entre idiomas, migraciones y barrios duros. Su trombón apareció allí como un instrumento narrativo.
A lo largo de su carrera produjo más de 40 álbumes y vendió más de 30 millones de copias en el mundo. Fue nominado a 10 premios Grammy y a un Latin Grammy. Pero su verdadera influencia no se mide en estatuillas.
Colón convirtió la salsa en algo más que baile. Sus canciones introdujeron historias urbanas, personajes marginales y dilemas sociales. Temas como “El gran varón”, “Sin poderte hablar”, “Casanova” y “Oh, qué será” mezclaron ritmo con narrativa social.
Su representante Pietro Carlos explicó esa transformación con claridad: Colón no solo cambió la salsa, la expandió. La cargó de política, de vida urbana, de barrio.
Y eso explica por qué su música atravesó fronteras culturales.
Willie Colón en cifras
La huella del músico neoyorquino se mide en discos, premios y una influencia que llevó la salsa del barrio a la conversación cultural.
salsero
Activista, político y cronista urbano
El legado de Colón también se construyó fuera del estudio. Participó activamente en causas comunitarias y fue defensor de derechos civiles en Estados Unidos.
En Nueva York trabajó como asistente especial de los alcaldes David Dinkins y Michael Bloomberg, una señal de que su influencia trascendía la industria musical.
Incluso intentó dar el salto formal a la política: en 1994 compitió en las primarias demócratas contra el congresista Eliot Engel, aunque no logró la nominación.
No era una rareza en su trayectoria. Desde sus primeras grabaciones, Colón había entendido que la salsa era una herramienta cultural. Un lenguaje de barrio capaz de narrar desigualdad, orgullo y resistencia.
Un legado que no necesita despedida
La misa en San Patricio terminó con música y lecturas en español e inglés. La ceremonia se transmitió en línea para miles de seguidores que no pudieron asistir.
Fue una despedida solemne, pero también una celebración cultural.
Porque Colón nunca fue únicamente un músico. Fue un cronista del Bronx. Un productor que entendió que la salsa podía ser identidad, memoria y política.
Y esa mezcla —barrio, ritmo y conciencia— sigue sonando.
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