
Hoy, 19 de enero, la música mexicana amanece con resaca emocional. No es cruda de cantina, es memoria. Se cumplen 100 años del nacimiento de José Alfredo Jiménez, y el país entero parece cantarse a sí mismo frente al espejo.
Desde Plaza Garibaldi, donde esta noche el mariachi volverá a sonar como juramento colectivo, hasta los archivos sonoros más íntimos, México celebra al hombre que escribió lo que otros solo se atrevieron a sentir.
El homenaje no es discreto ni silencioso. En Garibaldi, corazón nocturno de la música ranchera, se levanta un concierto con Mariachi Los Gavilanes, María Elena Leal, Gabriel Solís y Percy, una alineación que entiende que a José Alfredo no se le interpreta: se le enfrenta.
Cada canción es un trago largo, una confesión a media luz, un espejo donde el orgullo y la derrota se dan la mano. Así se canta al Hijo del Pueblo.
Pero el centenario no se queda en el escenario. La Secretaría de Cultura del Gobierno de México armó una programación que parece mapa emocional del país. En Canal 22 y Radio Educación, la obra de José Alfredo se intercala con anécdotas, reflexiones y silencios que también dicen.
No es nostalgia fácil: es contexto. Es volver a escuchar letras que hoy siguen sonando actuales, como telegramas enviados desde otra época pero recibidos intactos.
En el Centro Nacional de las Artes y la Fonoteca Nacional, la experiencia se vuelve íntima. Fotografías en blanco y negro, discos de acetato, cancioneros, programas de mano, grabaciones inéditas. José Alfredo joven, José Alfredo en familia, José Alfredo cansado.
La Fonoteca abre cajas donde viven versiones distintas de las mismas canciones, tomas únicas, cintas de carrete abierto, casetes que guardan voces ya gastadas por el tiempo. Ahí está también la historia de “El Caballo Blanco”, nacido no de la fantasía sino de una gira accidentada en un Chrysler Imperial 1957, avanzando a trompicones de Guadalajara a Ensenada. La épica ranchera, en realidad, fue mecánica.
EL MITO VIVO
El centenario también recuerda de dónde vino todo. Dolores Hidalgo, Guanajuato, 1926. Un niño que perdió pronto al padre y se mudó a la Ciudad de México. Un joven que fue mesero, portero de futbol, sobreviviente urbano.
José Alfredo no sabía leer música ni tocar instrumentos; componía por instinto, como quien escribe cartas urgentes. En 1948, cantó por primera vez en la XEX y luego en la XEW, acompañado por el trío Los Rebeldes. Ahí empezó el mito, sin academias ni permisos.
Carlos Monsiváis lo explicó mejor que nadie: un sentimentalismo que va del rencor a la autocompasión y regresa, con letras que parecen órdenes tajantes dictadas por el impulso.
Más de 30 álbumes, más de 400 canciones —y muchas más atribuidas al pulso popular— construyeron un personaje que nunca pidió permiso. “El Rey”, “Camino de Guanajuato”, “Si nos dejan”, “Ella”, “La media vuelta”, “En el último trago”. Himnos que cruzaron fronteras porque hablan un idioma universal: perder sin pedir perdón.
HERENCIA ETERNA
Murió joven, a los 47 años, en 1973. Su mausoleo en Dolores Hidalgo, con forma de sombrero y sarape, no es monumento: es declaración. José Alfredo sigue ahí porque nunca se fue.
Vive en la voz del mariachi, en la canción popular, en cada borracho digno que canta para no caerse. Hoy, a cien años, José Alfredo Jiménez no es pasado: es presente que duele bonito. Es México cantándose con la verdad por delante.
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