URUAPAN.- El asesinato del alcalde de Uruapan dejó de ser noticia; hoy importa entender cómo lo mataron pese a su escolta, quién era el joven que apretó el gatillo y qué mensaje envió el crimen organizado en pleno espacio público.
Carlos Manzo había convertido su cargo en un desafío directo a los cárteles. La noche del 1 de noviembre, frente a familias y ofrendas, lo silenciaron. Ese disparo no solo partió la plaza: exhibió la costura más débil del Estado y encendió un debate incómodo sobre la naturaleza del ataque.
El fiscal Carlos Torres Piña informó que el presunto agresor —un joven de entre 17 y 19 años, según la necropsia— actuó solo, drogado y dispuesto a morir, un perfil que descoloca incluso a las autoridades: un adolescente convertido en sicario, en un escenario donde la muerte era segura.
La imagen del menor cayendo entre velas y aplausos cerró la metáfora de un país donde la juventud es usada como arma de sacrificio.
Lo mataron en un acto público del Día de Muertos, con catorce guardias de la Guardia Nacional alrededor. En esa escena, entre flores y fusiles, el país vio lo que no quiere admitir: el Estado mexicano puede estar presente… y no servir de nada.
El crimen no ocurrió a espaldas del poder, sino bajo su mirada. Manzo desafió al crimen organizado, pidió ayuda al Gobierno federal, y fue asesinado frente a la estructura que debía protegerlo.
Lo que debía ser una celebración de la vida y la memoria se convirtió en un retrato del colapso institucional: una autoridad ejecutada bajo custodia del Estado.

VIGILANCIA FALLIDA
Desde diciembre de 2024, Manzo contaba con protección federal y municipal. En mayo de 2025 se le asignaron 14 elementos de la Guardia Nacional, dos vehículos oficiales y una escolta permanente.
El general Ricardo Trevilla confirmó que la vigilancia nunca se suspendió y que existía contacto constante con los mandos militares de la región.
Aun así, el 1 de noviembre, el enemigo eligió el sitio, la hora y el ruido de fondo: una fiesta popular. En medio de flores y velas, el sicario se acercó con una pistola 9 mm —arma que ya había sido usada en enfrentamientos del CJNG— y disparó siete veces a corta distancia. Cayó muerto de inmediato, sin identificación.
El blindaje fallido no fue a distancia: falló en presencia. Las fuerzas de seguridad no lograron detener al agresor antes de los disparos. La protección existía en papel, no en reflejos. El crimen no atravesó el cerco: lo ignoró.
El fiscal Carlos Torres Piña detalló que el agresor se hospedó en un hotel del centro de Uruapan la tarde del 1 de noviembre, compró una sudadera blanca con capucha y salió caminando hacia la plaza principal minutos antes del ataque.
En los videos mostrados por la Fiscalía, se le observa avanzar con calma entre la multitud, sin interlocutores visibles. La prueba de rodizonato dio positiva, y su cuerpo —aún sin reclamar— presenta doce tatuajes en brazos, manos y muslos.
El fiscal añadió que no se ha localizado registro en el INE, lo que sugiere que podría tratarse de un menor sin credencial. Las pruebas toxicológicas confirmaron consumo de metanfetaminas y marihuana.
“De manera oficial no hay respuesta, pero de forma extraoficial nos indicaron que no existen coincidencias”, dijo Torres Piña. El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla aseguró que el caso apunta a una operación de grupo criminal, con apoyo logístico de al menos dos personas. “El actor material fue abatido, pero hay actores intelectuales detrás”, advirtió.
El dato abre una línea de análisis más dura: el sicario adolescente. En una región donde el narco recluta menores para operaciones suicidas, la figura del agresor cambia el sentido político del crimen: el Estado no solo fue observado, fue desafiado con su propia omisión.
ESCENA PÚBLICA
La ejecución fue un acto público planeado. Ni emboscada ni persecución: un asesinato escenificado ante la ciudad que festejaba a sus muertos. El agresor eligió el lugar más visible, la plaza más vigilada. Sabía que su acción sería grabada y difundida.
Cuando un delincuente mata en la zona más custodiada y ante el funcionario más protegido del estado, el objetivo ya no es solo matar: es mostrar la impotencia del poder. El asesinato de Uruapan no buscó el silencio, buscó el escándalo. Matar frente a todos convierte la muerte en mensaje, y el mensaje en humillación.
El Estado mexicano no fue víctima: fue testigo. Su presencia militar no significó protección, sino evidencia de su debilidad. Uruapan se convirtió en el espejo donde México vio su propio fracaso.

El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, declaró: “El agresor sabía que perdería la vida o sería detenido.” Con esa frase reveló una mutación en la violencia mexicana: los sicarios dispuestos a morir como parte del encargo. La muerte del asesino no fue un accidente; fue parte del plan.
Esa conducta introduce otra categoría delictiva: el terrorismo de mensaje. Un acto que busca impactar en la psicología social y en la imagen del Estado. El homicidio trasciende la venganza y se convierte en escarmiento. El sicario no buscó huir, buscó dejar una lección.
En esa lógica, la plaza no fue un escenario casual, sino una declaración de principios: “Podemos matar a cualquiera, aunque lo custodie el Ejército.” El crimen habló y el Estado no respondió.

DESAFÍO Y SOLEDAD
Carlos Manzo había convertido su gestión en una batalla personal contra el crimen. Pidió apoyo al Gobierno federal, encabezó operativos, patrulló con chaleco antibalas y prometió “abatir a quien disparara contra la autoridad”.
En mayo retó a la presidenta Claudia Sheinbaum a pacificar sin balazos. Y en septiembre advirtió: “Si no se pone orden, el pueblo se va a levantar.”
Su discurso desafiaba no solo al CJNG, sino a la indiferencia institucional. Era el tipo de alcalde que hace ruido en un país donde el silencio es supervivencia. Su popularidad creció tanto como su peligro. Y cuando la violencia decidió responder, el Estado llegó tarde otra vez.
Manzo murió protegido por la misma estructura que se jactaba de resguardarlo. El sistema que lo rodeaba era una ilusión: una fortaleza sin murallas. El crimen no le disparó solo a él, sino a la idea misma de autoridad local.
- Centro rompe el techo fiscal: el caso que está redefiniendo la transparencia municipal

- Arranca en enero la rehabilitación de la carretera Zapatero

- Godoy, la nueva línea de fuego en la FGR

FALLA DEL ESTADO
El asesinato del alcalde de Uruapan no revela una ausencia de gobierno, sino su presencia inútil. El Estado mexicano no se retiró del escenario: asistió al crimen. Su reacción posterior —conferencias, promesas, peritajes— solo confirmó lo que la gente ya había visto: la protección es una coreografía.
El anillo de seguridad no sirvió porque nadie esperaba que el enemigo atacara de frente. En ese error táctico se resume el problema del país: un aparato de seguridad entrenado para simular control, no para enfrentar la osadía criminal.
Uruapan marca un antes y un después: el crimen demostró que puede matar a una autoridad rodeada de fuerzas federales y salir del lugar con el mensaje completo. El Estado quedó reducido a eso: a la imagen de un cadáver rodeado de uniformes.
Tras el crimen, Estados Unidos ofreció profundizar la cooperación en seguridad. El subsecretario Christopher Landau dijo que era necesario “erradicar al crimen organizado a ambos lados de la frontera.” El gesto fue tan rápido como elocuente: Washington vio en Uruapan la confirmación de un Estado rebasado.
La oferta abre un dilema para México: aceptar esa mano implica reconocer que el sistema de seguridad nacional fracasó. Rechazarla obliga a demostrar resultados inmediatos. En cualquier caso, el asesinato de Manzo elevó el costo internacional de la impunidad. El miedo dejó de ser solo local.
‘¡Fuera! ¡Asesino!’, le gritan a Alfredo Ramírez Bedolla (@ARBedolla) , Gobernador de Michoacán, quien se presentó en el velorio del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo.https://t.co/HMlKkBMiUm
— REFORMA (@Reforma) November 2, 2025
📹GildoGarzaMx pic.twitter.com/3O8C5fLikg
COSTO POLÍTICO
El funeral del alcalde fue también un juicio al poder. El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla fue recibido entre gritos de “¡Fuera!” y “¡Asesino!”. La multitud no reclamaba partidismo, reclamaba protección. En Michoacán, la fe en la autoridad se ha vuelto una devoción en extinción.
Mientras el Gabinete prometía “no impunidad”, en Morelia la indignación se transformó en furia. Cientos de manifestantes marcharon por la Avenida Madero y un grupo irrumpió en el Palacio de Michoacán, rompiendo puertas, vidrios y muebles, hasta hacer sonar la campana del balcón principal “en honor a Manzo”.
Entre consignas de “¡Fuera Bedolla!”, “¡Sí se puede!” y “¡Justicia por Carlos Manzo!”, encapuchados y ciudadanos con el rostro descubierto arrojaron bombas caseras que provocaron incendios parciales. Desde el balcón, una bandera mexicana ondeó sobre el caos. Las fuerzas antimotines tardaron varios minutos en llegar.
Esa escena —el Palacio envuelto en humo, el pueblo gritando justicia, el gobierno ausente— fue más que un estallido: fue la metáfora del poder sitiado. En Uruapan, diez mil personas acompañaban el féretro de Manzo; en la capital, ardía el edificio que debía representar al Estado.
El crimen provocó un segundo colapso: la pérdida del respeto. El Estado mexicano ya no solo es observado: es increpado y empujado por una ciudadanía que lo siente cómplice por omisión.

LO QUE SIGUE
El crimen de Uruapan no se cierra con el abatido del día ni con una ficha informativa. Si el Estado quiere evitar que este caso se vuelva otra estadística, debe reconstruir la cadena que permitió el ataque: quién filtró la ruta, quién entregó el arma, quién no intervino.
La justicia no se mide por el número de detenidos, sino por la capacidad de restaurar autoridad. Uruapan demostró que el Estado mexicano ya no inspira temor al crimen, sino lástima a los ciudadanos.
En este caso, el sacrificio tuvo rostro adolescente. Si el atacante tenía entre 17 y 19 años, como confirmó la necropsia, el crimen adquiere una lectura todavía más inquietante: no solo fue una ejecución pública, sino la puesta en escena de una juventud convertida en instrumento del terror.
Un país donde los cárteles usan niños como soldados y el Estado no logra impedirlo ya no enfrenta solo violencia: enfrenta una generación perdida reclutada por el miedo y el abandono.
Carlos Manzo murió rodeado de soldados. Y en esa imagen, México vio lo que no quiere admitir: que la presencia del Estado no garantiza vida, solo presencia.
Sigue nuestro canal de WhatsApp
Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí

