BEIJING — En una escenografía diseñada para la posteridad y el poder, China conmemoró el 80° aniversario de la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial con un desfile militar de una escala pocas veces vista, que sirvió tanto de homenaje como de advertencia.
Frente a una Plaza de Tiananmén colmada de soldados, veteranos centenarios y banderas ondeantes, el presidente Xi Jinping selló un mensaje claro: el rejuvenecimiento chino es imparable, la nación no teme a nadie y su ejército está listo para “luchar y ganar guerras”.
Pero lo más revelador del acto fue quiénes estuvieron allí. Vladimir Putin, Kim Jong Un, Miguel Díaz-Canel, Masoud Pezeshkian, Aleksandar Vucic. El desfile reunió a más de dos docenas de jefes de Estado y delegaciones, consolidando la imagen de un nuevo bloque multipolar que se cohesiona mientras Occidente mira con recelo.
Para Corea del Norte, fue la primera vez en 65 años que su líder participa en una parada militar en suelo chino. El simbolismo fue tan potente como el estruendo de los misiles hipersónicos que pasaron frente al mausoleo de Mao.
GUERRA MOSTRADA, GUERRA EVOCADA
El desfile comenzó con un saludo de 80 cañones y el himno nacional, seguido por la icónica “Marcha de los Voluntarios”, una canción de resistencia contra la ocupación japonesa. Xi Jinping recorrió las filas en una limusina negra, saludando a tropas que respondían al unísono: “¡Servimos al pueblo!”.
Más de 10 mil soldados desfilaron con paso perfecto, mientras sobrevolaban aviones de combate de quinta generación y pasaban tanques de nueva generación con sistemas antidrones.
Por primera vez, China mostró su capacidad nuclear estratégica “triple”: misiles desplegados en bases terrestres, aéreas y marítimas. Para el régimen, no se trata solo de armamento, sino de legitimidad internacional, especialmente en un mundo que Xi ve dividido entre “el diálogo y la confrontación”.
“No nos dejaremos intimidar por ningún matón”, dijo Xi, sin mencionar directamente a Estados Unidos, pero dejando en claro su rol como alternativa al orden dominado por Occidente.
Y mientras sus palabras resonaban en Beijing, Rusia bombardeaba ciudades ucranianas y Donald Trump tuiteaba su bendición: “Por favor, den mis más cálidos saludos a Putin y Kim mientras conspiran contra EE.UU.”
LA TRÍADA QUE INQUIETA A OCCIDENTE
Las imágenes de Xi, Putin y Kim caminando juntos, saludando a veteranos centenarios y subiendo juntos al mirador de Tiananmén, evocaron un mensaje geopolítico que no necesita traducción.
Para los estrategas de Washington, se trata de una escenificación de alianzas tácitas, un bloque que desafía la hegemonía liberal. Para el gobierno chino, en cambio, es una muestra de soberanía, liderazgo regional y ascenso civilizatorio.
El desfile fue también una pieza interna de legitimación. Millones de chinos vieron la ceremonia como una reivindicación del rol que su país jugó en la Segunda Guerra, muchas veces minimizado en los relatos occidentales.
La invasión japonesa dejó más de 15 millones de muertos en China, pero su protagonismo histórico ha sido opacado por las campañas en Europa o el Pacífico. Xi se propuso rescribir esa narrativa con banderas, marchas, veteranos y un arsenal brillante.
Kevin Schneider, comandante de las Fuerzas Aéreas del Pacífico de EE.UU., lo dijo sin ambages: “Eventos como este buscan enviar un mensaje. No nos intimidan”. Pero Washington sí observa con atención. No solo por el armamento, sino por los símbolos.
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LA MEMORIA COMO ESCUDO POLÍTICO
En su discurso, Xi mezcló con destreza la memoria histórica con la ambición geopolítica. Recordó a las víctimas de la guerra, agradeció a las naciones que apoyaron a China en la resistencia contra Japón, y propuso una “comunidad de destino compartido para la humanidad”. Pero también recordó que el pueblo chino es fuerte, autosuficiente y “no teme a la violencia”.
Ese equilibrio entre víctima histórica y potencia emergente, entre desarrollo pacífico y capacidad militar aplastante, define la estrategia narrativa de Beijing en el escenario global. En un mundo en transición, donde las viejas alianzas se tensan y nuevas coaliciones emergen, China no se esconde ni se suaviza: se exhibe.
Estados Unidos, por su parte, enfrenta el desafío de interpretar estas señales sin caer en la paranoia ni la pasividad. Porque lo que se mostró en Tiananmén no fue solo un desfile: fue una tesis sobre el poder, la historia y el futuro.
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