Con la experiencia de haber sido parte del movimiento que protestó en la Plaza de Armas, el gobernador Javier May Rodríguez recordó este lunes 19 de enero el 31 aniversario del desalojo de 1995 y fijó una definición política de su gobierno: gobernar es escuchar y construir, nunca imponer. El mensaje no fue sólo memoria: fue una afirmación sobre cómo se gobierna cuando se conoce el poder desde abajo.
En un contexto nacional y local marcado por la polarización, May colocó una línea clara. Gobernar —dijo— es escuchar y construir, no imponer. La frase, pronunciada sobre una herida histórica, no funciona como consigna, sino como contraste entre dos maneras de entender la autoridad: una basada en el control y otra en el diálogo.
MEMORIA VIVA
El 19 de enero de 1995 permanece en la memoria colectiva como una jornada de ruptura. Tras semanas de tensión poselectoral —con un plantón instalado desde el 31 de diciembre de 1994 para impedir el ingreso del nuevo gobierno estatal— la Plaza de Armas se convirtió en escenario de confrontación abierta. El hostigamiento fue creciendo hasta derivar en una toma violenta del espacio público.
Hubo gases lacrimógenos, piedras, incendios, bombas molotov y destrozos en vehículos y comercios. El saldo oficial de esa noche fue de 130 heridos. La llegada de militares con tanquetas al centro político de Villahermosa selló una imagen que marcaría a toda una generación: el conflicto político había escalado al terreno del control físico y la fuerza.
Aquel episodio dejó una enseñanza incómoda: cuando el poder se encierra en sí mismo, la plaza deja de ser espacio ciudadano y se convierte en botín. Es esa lectura la que el actual gobierno decidió recuperar, no para reabrir viejas trincheras, sino para fijar un punto de partida distinto.
GOBIERNO EN CALLE
La apuesta de Javier May fue trasladar la memoria al método. No quedarse en la evocación, sino usarla como advertencia. En ese marco, anunció que esta semana llevará Jornadas de Atención a Nacajuca, Paraíso, Teapa y Jonuta, como parte de una estrategia de contacto directo con la ciudadanía.
El anuncio no es menor. Implica asumir que el diálogo no se resuelve desde el escritorio ni desde el discurso, sino en territorio. De ahí la meta planteada para 2026: 100 audiencias públicas en 100 centros integradores, un número que busca convertir la cercanía en práctica sistemática, no en gesto excepcional.
El mensaje también envía una señal interna. La legitimidad, en esta lógica, no se defiende confrontando críticas, sino resolviendo problemas. La presencia sustituye a la narrativa; la atención directa, a la intermediación política.
OBRA CON SENTIDO
El otro eje del mensaje fue la obra pública planeada, con énfasis en su sentido social. En el balance de 2025 y en la agenda de 2026, el gobierno estatal destacó avances y proyectos en agua potable, saneamiento, caminos, movilidad y vivienda, áreas donde los rezagos han sido históricos.
El enfoque no apunta a la cantidad de obras, sino a su pertinencia. En comunidades que arrastran carencias de décadas —algunas, reconoció, de más de 50 años— la infraestructura adquiere un valor político adicional: reconstruir confianza donde durante mucho tiempo sólo hubo espera.
Hay un subtexto que vale subrayar. Elegir una fecha asociada al autoritarismo para hablar de libertades, diálogo y escucha no es casual. Es una forma de marcar distancia con una cultura política que normalizó la imposición y de plantear, sin estridencias, otra ruta de gobierno.
Por ahora, el mensaje es consistente: la historia no se usa como adorno, sino como referencia. El verdadero juicio vendrá después, en el territorio, en las audiencias cumplidas y en las obras que realmente cambien la vida cotidiana.
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