RÍO DE JANEIRO.— La campaña presidencial de Brasil comenzó donde nacieron dos relatos políticos que todavía dividen al país. Luiz Inácio Lula da Silva volvió a São Bernardo do Campo, la ciudad industrial donde se convirtió en dirigente sindical. Flávio Bolsonaro eligió Copacabana, escenario predilecto del movimiento construido por su padre.
No fue una coincidencia geográfica. Lula regresó a su biografía; Flávio, a la herencia familiar. Uno busca convertir su pasado en garantía de gobierno. El otro necesita demostrar que el apellido Bolsonaro puede sobrevivir políticamente sin Jair Bolsonaro en la boleta.
El presidente reunió a más de 10 mil simpatizantes en el estadio Vila Euclides. Su adversario congregó a miles de seguidores frente al Atlántico. Las concentraciones confirmaron que ambos conservan estructuras capaces de ocupar las calles, pero una multitud inaugura una campaña; no necesariamente la gana.
El dato más revelador apareció fuera de los escenarios. Un sondeo levantado entre el 14 y el 16 de agosto coloca a Lula con 41% y a Flávio con 36% en primera vuelta. En un posible balotaje, la diferencia se reduce a 47% contra 44%, dentro del margen de error. Brasil empieza a votar desde un empate político, aunque todavía no electoral.
ELECCIONES BRASIL 2026
VOTO FEMENINO
Más de 158 millones votarán; las mujeres representan la mayoría decisiva.
Los bastiones hablan
Lula, de 80 años, volvió al lugar donde encabezó las huelgas metalúrgicas durante la dictadura. Desde esa cancha sindical construyó el Partido de los Trabajadores, llegó tres veces a la Presidencia y ahora intenta obtener un cuarto mandato no consecutivo. El mensaje fue sencillo: su candidatura no nació en los palacios, sino en una fábrica.
El regreso tiene fuerza simbólica, pero también descubre una debilidad. El presidente necesita convencer a una generación que no vivió aquellas huelgas y que juzga al gobierno por el precio de los alimentos, el empleo, la seguridad y los servicios públicos. La memoria moviliza a los leales; para ampliar la ventaja se necesitan resultados presentes.
Flávio eligió Río de Janeiro, territorio político de su familia. Sin embargo, su operación es más compleja: debe conservar al votante de su padre y, al mismo tiempo, presentarse como algo más que su sustituto. El apellido le entrega una base disciplinada, pero también le transfiere rechazos, cuentas judiciales y una forma de confrontación que aleja a sectores moderados.
Jair Bolsonaro cumple en prisión domiciliaria temporal una condena de 27 años y tres meses por la trama golpista. Su ausencia física no lo retira de la campaña. Por el contrario, Flávio intentará convertirlo en presencia permanente, símbolo de persecución para sus seguidores y recordatorio del ataque a la democracia para sus adversarios.
ENCUESTA NACIONAL · AGOSTO 2026
CARRERA CERRADA
Lula lidera la primera vuelta; el balotaje permanece dentro del empate técnico.
Las mujeres deciden
Brasil tiene 158 millones 745 mil 463 electores. De ellos, 83 millones 877 mil 126 son mujeres: representan 52.84% del padrón. No constituyen un segmento adicional. Son la mayoría que puede definir quién gobernará el país más poblado y poderoso de América Latina.
Una encuesta nacional de julio mostró la brecha que preocupa al bolsonarismo. En una segunda vuelta, 50% de las mujeres se inclinaba por Lula y 40% por Flávio. Entre los hombres, la competencia aparecía prácticamente nivelada. La ventaja del presidente tiene, por ahora, rostro femenino.
Por eso los dos comenzaron la campaña hablando hacia ellas, aunque desde registros distintos. Lula busca asociar su candidatura con protección social, educación, empleo y defensa de derechos. Flávio intenta rebajar la resistencia que provoca su apellido y ofrecer seguridad como respuesta al temor cotidiano.
No bastará con colocar esposas, madres o hijas junto a los candidatos. Las brasileñas votarán después de evaluar ingresos, cuidados, violencia doméstica, transporte, salud y autonomía. El error de tratarlas como una fotografía familiar puede costar más que cualquier discurso fallido.

Seguridad y soberanía
Flávio abrió uno de los contrastes más duros al prometer que Brasil clasificará al Primer Comando de la Capital y al Comando Vermelho como organizaciones terroristas. Estados Unidos adoptó esa denominación el 28 de mayo de 2026, ampliando su capacidad para bloquear activos, perseguir redes financieras y castigar apoyos internacionales.
La propuesta conecta con una preocupación real. El crimen organizado brasileño controla rutas de drogas y armas, penetra economías legales, disputa territorios y opera más allá de las fronteras. La población exige respuestas que reduzcan homicidios, extorsiones y dominio territorial, no solamente nuevas categorías jurídicas.
Pero llamar terrorismo a las facciones no es un cambio semántico inocente. Puede facilitar cooperación internacional y persecución financiera, aunque también aumenta la capacidad de Washington para intervenir sobre actores y operaciones dentro de Brasil. Allí comienza la discusión que Lula quiere colocar en el centro: quién dirige la seguridad brasileña.
El presidente calificó la decisión estadounidense como injerencista. Su posición no debería traducirse en negar el tamaño de las organizaciones criminales. La salida socialmente útil está entre ambos discursos: cooperación internacional, inteligencia financiera, control de fronteras y recuperación territorial, pero bajo conducción de las instituciones brasileñas.
ELECCIÓN PRESIDENCIAL
DOS PROYECTOS
Dos proyectos opuestos disputan soberanía, seguridad, economía y el voto femenino.
Minerales bajo disputa
La soberanía también apareció en el discurso de Lula sobre las tierras raras. El mandatario sostuvo que Brasil no debe limitarse a exportar minerales sin procesar para después comprar tecnología fabricada en el exterior. Propuso formar especialistas, industrializar el recurso y conservar dentro del país una mayor parte de su valor.
La idea identifica una vieja falla latinoamericana: vender materia prima barata y recomprarla convertida en productos caros. Las tierras raras son utilizadas en baterías, turbinas, vehículos eléctricos, sistemas de defensa y dispositivos electrónicos. Su explotación puede generar empleo e industria, pero también daños ambientales y nuevos conflictos territoriales.
Lula buscó tomar distancia simultánea de Estados Unidos y China. “No tenemos preferencia” por ninguna de las dos potencias, afirmó. Es una posición ambiciosa: negociar inversiones y tecnología sin entregar el control de un recurso codiciado por las dos economías más grandes del mundo.
La promesa deberá superar el discurso. Brasil necesita investigación, plantas de procesamiento, energía, infraestructura, reglas ambientales y capital para construir una cadena industrial propia. Sin esas piezas, la soberanía corre el riesgo de quedarse en la boca del candidato mientras el mineral vuelve a salir sin transformación.
La economía vota
Flávio prometió un “recorte drástico” del gasto público, generación de empleos y mayor seguridad. Es una oferta reconocible para el electorado conservador: menos Estado, disciplina fiscal y autoridad. La pregunta que tendrá que responder es dónde recortará y quién absorberá el costo.
Brasil llega a la elección con señales que no permiten una lectura única. El producto interno bruto creció 1.1% durante el primer trimestre de 2026 frente al trimestre anterior y 1.8% en comparación anual. La desocupación se ubicó alrededor de 6.1%, mientras la inflación acumulada seguía presionando el consumo familiar.
Lula puede exhibir actividad económica y empleo, pero la elección no se decidirá en una hoja estadística. Se decide en la caja del supermercado, la mensualidad, el alquiler y la percepción de si el salario alcanza. Un indicador favorable no neutraliza automáticamente el malestar doméstico.
Flávio intentará convertir cada dificultad económica en una prueba de agotamiento del gobierno. Lula buscará presentar los recortes de su rival como riesgo para pensiones, salud, educación y ayudas sociales. Entre ambos quedará una pregunta concreta: quién puede ordenar las cuentas sin trasladar el ajuste a las familias más vulnerables.
Herencias enfrentadas
La elección enfrenta dos herencias, no sólo dos candidatos. Lula representa una fuerza que gobernó Brasil durante buena parte de este siglo y conserva un vínculo poderoso con trabajadores y sectores populares. Flávio representa la continuidad de un movimiento de derecha que sobrevivió a la derrota de 2022 y a la condena de su fundador.
También existen otras candidaturas. Ronaldo Caiado, Romeu Zema y Renan Santos buscan romper la repetición entre petismo y bolsonarismo. Sus números iniciales, cercanos a 4% o 5%, no alcanzan todavía para desplazar a los favoritos, pero pueden decidir qué discurso llega al balotaje y hacia dónde se mueve el voto opositor.
La estrechez revive el antecedente de 2022, cuando Lula derrotó a Jair Bolsonaro por 50.90% contra 49.10%. La diferencia fue de poco más de 2.1 millones de votos dentro de un padrón gigantesco. En Brasil, una variación pequeña en las mujeres, los indecisos o la abstención puede alterar el mapa nacional.
De ahí que la campaña no se reduzca a izquierda contra derecha. También enfrenta protección social contra ajuste fiscal, soberanía contra alineamiento, conducción civil contra tentaciones autoritarias y experiencia contra herencia. Son discusiones reales, aunque los candidatos intenten envolverlas en sus biografías.
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Siete semanas
El primer turno será el 4 de octubre y un eventual segundo se celebrará el 25 de octubre. Los candidatos disponen de siete semanas para salir de sus bastiones y disputar al electorado menos ideologizado, que no participa en concentraciones y suele tomar su decisión mirando la vida cotidiana.
Lula comienza adelante, pero no tiene la victoria asegurada. Flávio conserva un piso electoral alto, pero necesita crecer entre las mujeres y los moderados. El presidente debe evitar que la campaña se convierta en un referéndum sobre su edad o el desgaste del poder; su adversario debe probar que posee un proyecto propio.
La influencia de Estados Unidos será una presencia sin candidatura. Aparecerá en la seguridad, las tierras raras, el comercio y la relación de Flávio con el conservadurismo internacional. China estará menos visible en los discursos, aunque pese más en las exportaciones, las inversiones y las decisiones industriales de Brasil.
Los actos de São Bernardo y Copacabana abrieron la campaña, pero no resolvieron su pregunta central. Brasil tendrá que escoger entre dos proyectos y decidir cuánto pasado está dispuesto a llevar hacia adelante. Esta vez, el apellido puede movilizar millones; para gobernar, tendrá que ofrecer algo más.
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