Héctor I. Tapia
A las ocho y media de la mañana ya no cabía otro autobús en Tabasco 2000. Los coordinadores pasaban lista por secciones, marcaban nombres en libretas y acomodaban contingentes como si prepararan una elección. No había música ni arengas. Había logística. La política exterior, a veces, empieza así: con conteo.
La Plaza de la Revolución se fue llenando sin sobresaltos: familias, empleados públicos, jóvenes con chalecos de comité. Mil 185 estructuras territoriales con metas de asistencia. Al final, la dirigencia de Morena habló de 23 mil personas. Más disciplina que entusiasmo. Más orden que fiesta.
El templete confirmó esa sobriedad. El gobernador Javier May Rodríguez tomó el micrófono sin estridencia. No levantó la voz. Habló como jefe de gobierno, no como animador de plaza. “Desde esta tierra, Tabasco, nos reunimos en defensa de la soberanía nacional”, arrancó. Y enseguida fijó el eje: “La soberanía de México no se condiciona ni se negocia”.
La frase cayó seca, casi administrativa. Después vinieron las precisiones: “Nuestro pueblo está dispuesto a trabajar de manera conjunta con otras naciones, pero siempre en el marco de nuestros principios, de nuestra Constitución y de nuestras leyes”. Traducido: cooperación sí; tutela, no.
ASISTENCIA ORGANIZADA
Estructuras territoriales movilizan 23 mil asistentes con metas por comité. 01 FEB
| Concepto | Valor |
|---|---|
| Comités | 1185 |
| Meta por comité | 18–25 |
| Asistencia estimada | 23000 |
| Lugar | Plaza de la Revolución |
| Fecha | 01 febrero |
MENSAJE CLARO
May insistió en que la concentración no era un acto partidista. “Es una expresión colectiva de dignidad”, dijo. “La voz de un pueblo que entiende que la soberanía es condición indispensable para la justicia, la paz y el bienestar”. El tono fue institucional, deliberadamente sobrio, como si buscara que el mensaje viajara más lejos que los aplausos.
Luego amarró seguridad y política exterior en una sola idea: “La construcción de la paz y la cero impunidad son pilares de la política de seguridad que nuestro país desarrolla con responsabilidad y compromiso”. No habló de enemigos externos. Habló de Estado. De orden. De legalidad.
El contexto explicaba la cautela. Días antes, la presidenta Claudia Sheinbaum había recordado en Sonora las invasiones estadounidenses, la pérdida territorial del siglo XIX y la ocupación de Veracruz en 1914. No fue efeméride: fue pedagogía política. Recordar cicatrices para fijar límites contemporáneos.
Mientras tanto, desde Washington, Donald Trump agitaba el lenguaje con amenazas comerciales y exigencias energéticas. La relación bilateral volvió a tensarse. En ese tablero, cualquier gesto público adquiere significado diplomático. Una plaza ordenada también comunica.
FRASES CLAVE
May fija límites diplomáticos y vincula seguridad con soberanía nacional.
-
“La soberanía no se condiciona ni se negocia”.
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“Expresión colectiva de dignidad”.
-
“Trabajar con otras naciones, sin subordinación”.
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“Paz y cero impunidad son pilares”.
CLIMA ÁSPERO
Por eso May remató con una línea que resonó más allá del templete: “Respaldamos con firmeza al gobierno de México y refrendamos nuestro apoyo pleno a nuestra presidenta, que encabeza con responsabilidad y valentía esta nueva etapa”. No fue subordinación, fue cierre de filas.
La escena, sin embargo, tenía otra lectura. Mientras los contingentes se acomodaban frente al templete, corría una noticia paralela: la renuncia de Adán Augusto López Hernández a la coordinación del Senado ocurría prácticamente a la misma hora.
Al mediodía, un taxista que avanzaba lento por el periférico lanzó la puntilla política: “¿Y esos de Morena qué celebran? Parece que ya están festejando la salida de Adán”. No era eso. Pero, visto desde fuera, lo parecía.
La coincidencia dibujó una imagen involuntaria: mientras el oficialismo hablaba de soberanía nacional, una de sus figuras históricas se movía del tablero. Dos escenas superpuestas en el mismo reloj. Mensaje hacia afuera, reacomodo hacia adentro.




SEÑAL DE FONDO
Al final, lo que quedó no fue épica sino método. Listas, coordinación, lenguaje constitucional. El poder mostrándose capaz de movilizarse sin perder compostura. May no gritó. Fijó postura.
“México coopera, pero no se somete”, resumió uno de los oradores. Y esa fue la atmósfera: firmeza sin teatralidad. En tiempos de presión externa, esa contención pesa más que cualquier consigna.
La soberanía no se declama. Se administra. Y a veces se demuestra así: contando gente, marcando territorio y hablando bajo.

MEMORIA HISTÓRICA
Horas antes, a cien kilómetros de la frontera, la Presidenta fijó el tono del día. En Bavispe, Sonora, no habló de aranceles ni de tratados; habló de historia.
Recordó que México ha enfrentado invasiones, que “los vecinos se llevaron la mitad del territorio en una invasión”, evocó la ocupación del puerto de Veracruz en 1914 y enlazó esas heridas con el presente.
“Seguimos luchando por justicia social, por soberanía e independencia, por democracia y por libertad”, dijo, como quien traza una línea continua entre las transformaciones del pasado y la actual.
No fue retórica conmemorativa. Fue una advertencia. Cuando un presidente estadounidense habla abiertamente de enviar a su Ejército a territorio mexicano para combatir cárteles, la discusión deja de ser técnica. Se vuelve política y simbólica. Y en ese terreno, la memoria pesa.
Sheinbaum optó por un recurso poco frecuente en la narrativa gubernamental: recordar agravios históricos para marcar límites contemporáneos. Es una forma elegante de decir que la cooperación existe, pero la subordinación no.
PRESIÓN EXTERNA
La tensión creció la noche del sábado. Donald Trump reveló, con la franqueza brutal que lo caracteriza, una conversación privada: aseguró que pidió a la Presidenta mexicana dejar de enviar petróleo a Cuba y que ella accedió.
“Le dije: no queremos que envíen petróleo allá… y no lo están enviando”, presumió a bordo del Air Force One. El comentario, más que diplomático, fue un recordatorio de la asimetría.
Ahí está el dilema de cualquier gobierno mexicano: negociar con el socio indispensable sin aparecer como socio menor. Trump juega a la presión pública; Sheinbaum, al equilibrio silencioso.
Mientras Washington amenaza con aranceles y sanciones energéticas, México necesita mantener abiertas las compuertas del comercio y la seguridad. Es un ajedrez fino: ceder en lo táctico para sostener lo estratégico.
Por eso la plaza importa. Porque ante la presión externa, el Gobierno requiere mostrar respaldo interno. No para gritar más fuerte, sino para negociar con mayor margen.
CALLE Y REALIDAD
El contexto tampoco concede tregua. En días recientes, la violencia política volvió a asomarse con crudeza: ataques a legisladores, alcaldes heridos, asesinatos que recuerdan que la gobernabilidad sigue siendo frágil.
En ese clima, convocar a miles a la calle es una apuesta por la normalidad democrática. Es decir: el Estado no se repliega.
La oposición habla de distractores. Es una crítica comprensible pero incompleta. Cuando la discusión es si un país puede o no ser intervenido por su vecino, la política deja de ser doméstica. Se vuelve geopolítica. Y la geopolítica no se enfrenta con comunicados, sino con legitimidad social.
Tabasco aporta, además, una dimensión simbólica imposible de ignorar. Aquí nació el movimiento que hoy gobierna. Aquí la narrativa de transformación no es discurso abstracto, sino memoria viva. Una concentración en esta tierra envía una señal inequívoca: continuidad, cohesión, raíces.
SEÑAL POLÍTICA
La estrategia parece clara. Sheinbaum no ha optado por la estridencia nacionalista ni por el silencio complaciente. Ha elegido algo más eficaz: colocar la discusión en el terreno de la dignidad histórica y del respaldo ciudadano.
Recordar invasiones pasadas para fijar límites presentes. Llenar plazas para fortalecer la mesa de negociación.
Si la concentración transmite serenidad y unidad, habrá cumplido su función: convertir la política exterior en un asunto compartido. Si se reduce a liturgia partidista, se agotará en la foto.
En tiempos de presión, esa combinación —memoria histórica, respaldo social y cálculo diplomático— suele ser la única fórmula realista.
La política, al final, es eso: elegir el momento y el escenario para decir, sin aspavientos, dónde están las líneas rojas.
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