TEHERÁN.— La guerra en Medio Oriente cruzó ayer un umbral que ya no admite lectura regional: Irán golpeó cinco buques petroleros en una sola jornada, tensó el corazón energético del planeta y colocó al estrecho de Ormuz como epicentro de una crisis con impacto global. Al mismo tiempo, el Consejo de Seguridad de la ONU exigió a Teherán un alto el fuego, pero evitó emplazar en los mismos términos a Washington y Tel Aviv, en una señal del desequilibrio diplomático que atraviesa al sistema multilateral.
En paralelo, comenzó a aflorar el costo de la ofensiva: Estados Unidos ha gastado ya 11 mil 300 millones de dólares en apenas seis días, una cifra que revela que la guerra no sólo incendia puertos, rutas marítimas y capitales regionales, sino también la arquitectura política, económica y moral del orden internacional.
Durante los últimos días, el estrecho que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico, por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo del planeta, ha sido escenario de ataques a embarcaciones y amenazas directas contra la navegación internacional. Tres barcos fueron alcanzados por proyectiles mientras transitaban por el paso marítimo y otros dos petroleros extranjeros ardieron en aguas territoriales de Irak tras ataques con embarcaciones cargadas de explosivos.

EL CUELLO DEL PETRÓLEO
El estrecho de Ormuz volvió al centro de la guerra: ataques a buques, presión sobre rutas energéticas y riesgo de una sacudida global en precios, comercio y seguridad marítima.
La cifra de 14 buques impactados desde el inicio del conflicto el 28 de febrero refleja que la guerra ya tiene un frente marítimo que amenaza directamente al comercio global. En respuesta, autoridades iraquíes suspendieron las operaciones de sus terminales petroleras mientras que Irán advirtió que cualquier barco vinculado a Estados Unidos, Israel o sus aliados puede convertirse en objetivo militar.
Este tipo de advertencias no es retórica. En la lógica estratégica de Teherán, el estrecho de Ormuz constituye su principal carta de presión en un escenario donde la superioridad militar estadounidense e israelí es evidente. Si Irán no puede competir en capacidad aérea o tecnológica, sí puede golpear el nervio económico de Occidente: el suministro energético.
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El petróleo como arma estratégica
La amenaza iraní de que el precio del petróleo podría alcanzar los 200 dólares por barril si el conflicto se prolonga revela la dimensión económica de la guerra. No se trata sólo de un cálculo propagandístico: cualquier interrupción prolongada en Ormuz podría alterar los mercados energéticos, presionar la inflación global y forzar a potencias importadoras —desde Europa hasta Asia— a intervenir diplomáticamente para evitar una escalada mayor.
Mientras tanto, la actividad marítima en la zona ya muestra signos de distorsión. Algunos petroleros vinculados a exportaciones iraníes atraviesan el estrecho en lo que las empresas de seguridad denominan “tránsitos oscuros”, con los sistemas de identificación automática apagados para evitar sanciones y rastreo internacional. Según la firma Neptune P2P Group, al menos siete embarcaciones realizaron este tipo de maniobra en días recientes.
Al mismo tiempo, Irán reinició discretamente exportaciones desde la terminal de Jask, en el golfo de Omán, con cargamentos cercanos a los dos millones de barriles. Es una señal de que incluso bajo bombardeo, el país intenta preservar su capacidad económica.
Pero el campo de batalla no se limita al mar. En territorio iraní continúan los bombardeos estadounidenses e israelíes contra infraestructura militar, defensas aéreas y objetivos estratégicos. Los ataques del 28 de febrero eliminaron a gran parte de la cúpula militar iraní, incluido el líder supremo Ali Jamenei, un golpe simbólico que buscaba descabezar el sistema político clerical.
COSTO
El gasto militar inicial de la guerra ya preocupa al Congreso estadounidense.
Nota a pie: El conflicto podría convertirse en la mayor operación militar estadounidense desde 2003.
El régimen resiste pese a la guerra
Sin embargo, los informes de inteligencia estadounidenses sugieren que la estrategia de decapitación política no ha logrado su objetivo principal. Según evaluaciones internas, el régimen iraní mantiene cohesión y no enfrenta riesgo inmediato de colapso, pese a la muerte de altos mandos y a casi dos semanas de bombardeos.
La rápida designación de Mojtaba Jamenei, hijo del líder fallecido, como nuevo dirigente supremo refleja precisamente esa capacidad de continuidad institucional dentro del sistema teocrático iraní. Aunque el nuevo líder resultó herido durante los ataques iniciales —según reportes con fractura en una pierna— permanece protegido en una instalación de alta seguridad.
En términos políticos, el mensaje es claro: Washington y Tel Aviv pueden infligir daños severos, pero no han logrado alterar la estructura de poder del régimen.
Mientras tanto, la guerra se expande por otros frentes regionales. En Líbano, Hezbollah afirmó haber derribado un helicóptero israelí durante un intento de desembarco militar, en un episodio que refleja el riesgo permanente de que el conflicto se convierta en una guerra regional abierta. Las autoridades libanesas reportan ya más de 634 muertos y más de 800 mil desplazados.
En paralelo, milicias proiraníes en Irak intensifican ataques contra fuerzas estadounidenses, mientras Arabia Saudita interceptó misiles dirigidos a una base aérea operada conjuntamente con Estados Unidos.

El costo militar y político para Washington
En Washington, la guerra comienza a mostrar su impacto político y financiero. Funcionarios estadounidenses informaron al Congreso que los primeros seis días de operaciones costaron al menos 11 mil 300 millones de dólares, una cifra que podría multiplicarse si el conflicto se prolonga.
La Casa Blanca evalúa solicitar hasta 50 mil millones de dólares adicionales para financiar la campaña militar. La cifra genera inquietud en el Capitolio no sólo por el costo económico, sino por el desgaste estratégico: Estados Unidos enfrenta simultáneamente tensiones con China, la guerra en Ucrania y ahora un conflicto directo en Medio Oriente.
El presidente Donald Trump insiste en que la guerra terminará pronto y que Estados Unidos “va muy adelantado” en sus objetivos militares. Pero incluso funcionarios israelíes admiten en conversaciones privadas que no hay garantías de que el conflicto provoque la caída del régimen iraní, lo que plantea una pregunta incómoda para Washington: qué significa exactamente “ganar” esta guerra.
Porque más allá del campo de batalla, el verdadero impacto del conflicto se mide en el sistema internacional. Cada barco atacado en Ormuz, cada interrupción en el comercio energético y cada milicia que se suma al enfrentamiento revela una realidad cada vez más evidente: el orden global atraviesa una fase de fragmentación estratégica, donde los conflictos regionales pueden sacudir la estabilidad económica del planeta.
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