Héctor I. Tapia
“Hasta los adversarios ya se dieron cuenta de que no estamos jugando”.
La frase no fue lanzada hacia la multitud que llenaba el Centro de Convenciones. Fue dirigida hacia otro lado: a quienes no aplauden, pero escuchan; a los que han esperado desgaste; a los que buscaban grietas antes que resultados; a los que conocen las señales cuando el poder deja de justificarse y empieza a ejercerse.
La política tiene un registro que no se escribe en discursos ni se mide en trending topics. Se reconoce en el silencio. Y en el salón, cuando la frase cayó, no hubo estridencia. No hubo matraca. Hubo aire quieto. El tipo de quietud que aparece cuando algo se entiende, aunque no se diga: el mensaje había llegado a su destinatario.
Ese momento marcó el tono del informe. No fue una ceremonia para repetir lo sabido. Fue una declaración de posición: el gobierno dejó de explicar lo que hace. Pasó a hacerse cargo. No era un recuento administrativo. Era una frontera política trazada con voz y cuerpo.
Pero para comprender la profundidad de esa frase había que mirar hacia atrás, hacia la herida con la que comenzó esta administración: el jefe de la Policía estaba del lado de los criminales. Hernán Bermúdez Requena, hoy preso en el Altiplano, no era un hombre cualquiera. Era la autoridad encargada de custodiar el Estado. Y protegía a La Barredora.
Eso no fue un accidente.
Fue un sistema completo funcionando de cabeza.
Por eso, cuando May dijo: “Nunca más el delincuente será policía”, no sonó a promesa. Sonó a expediente cerrado.

LA LLEGADA DESDE LEJOS
Desde las 9:30 de la mañana, la explanada entre el Planetario y el Centro de Convenciones ya estaba viva. Gente que había salido de madrugada, algunos en lancha, otros desde caminos de terracería. Las 2,600 sillas no alcanzaron. Mucho antes de las once, ya había gente de pie.
Había familias con cartulinas, grupos de Centros de Aprendizaje Campesino, pescadores con camisas claras, jóvenes deportistas con pants recién planchado. No era acarreo. Era presencia. Quien llega con esfuerzo, no llega por consigna.
Un detalle decía más que cualquier discurso: las escaleras eléctricas estaban detenidas. Se subía a pie. La voluntad pesa distinto cuando se viene de lejos.
EL SALÓN COMO MAPA
Adentro, el salón estaba trazado como mapa social. Beneficiarios mezclados con funcionarios. Sembradores junto a alcaldes. Pescadores junto a secretarios. No había jerarquías visibles. Había pertenencia.
En la primera fila, 28 tabasqueños cuyos rostros eran parte del mensaje: el gobierno no hablaba de ellos, hablaba desde ellos.
Detrás, la política nacional observaba sin ocupar el centro. Este no era el informe para exhibir respaldos, sino para afirmar autonomía.
Cuando May tomó el micrófono, el silencio no se pidió. Se produjo solo.
“No pactamos con la delincuencia.”
Y todos sabían exactamente qué significaba esa frase.

RUPTURA Y CONSECUENCIA
La depuración de la seguridad no fue solo moral. Tuvo consecuencias medibles.
La FIRT Olmeca ha detenido 1,600 delincuentes, entre ellos 120 objetivos prioritarios dedicados a secuestro, extorsión y cobro de piso.
Este año, las detenciones crecieron 316%. El decomiso de drogas, 842%. El huachicol dejó de encontrar tierra fértil. No era una narrativa. Era un golpe real.
La presidenta Claudia Sheinbaum acompañó este giro. No para dictarlo, sino para sostenerlo. Tabasco no se volvió excepción federal ni feudo estatal. Se volvió coherencia política.
Por eso, cuando May dijo: “Las condiciones de hoy no son las mismas de ayer”, el salón no aplaudió por cortesía: reconoció un hecho.
EL SALÓN COMO DECLARACIÓN POLÍTICA
Adentro, el salón se explicaba a sí mismo. Dos mil metros cuadrados trazados como mapa social. Dos pasillos de dos metros en los orillas, funcionaban como columnas vertebrales. A los costados, la mezcla deliberada: beneficiarios junto a funcionarios, sembradores junto a regidores, pescadores junto a secretarios, padres de familia junto a atletas becados. No era una división por jerarquía. Era una composición horizontal.
En la línea frontal del templete estaban 28 tabasqueños que representaban los más de dos mil millones de pesos destinados a programas estatales de bienestar. Sus rostros eran parte del mensaje: el gobierno no hablaba de ellos, hablaba desde ellos.
Más atrás, Clara Brugada, Eduardo Ramírez, Salomón Jara, y Vidal Llerenas observaban sin protagonizar. La política nacional estaba presente, sí, pero no en posición de mando visual. Este no era el informe para mostrar respaldos, sino para afirmar una autonomía.
Cuando May tomó el micrófono, la sala no esperó. Hizo silencio. El inicio fue directo: “No pactamos con la delincuencia”. No era anuncio. Era constatación de algo que ya había tenido consecuencia: la caída de quienes se creían intocables.

LAS FRASES QUE MARCAN UN GOBIERNO
Entonces llegaron las sentencias:
“Se acabó la venta de plazas”.
“Nunca más un delincuente será policía”.
“Las condiciones de hoy no son las mismas de ayer”.
Eran frases que en otros años habrían sonado a proyecto. Aquí sonaron a expediente cerrado.
Cuando se mencionaron las 300 becas de sostenibilidad deportiva, los atletas se levantaron. El aplauso no vino de cortesía. Vino de historia personal. No celebraban la frase. Celebraban haber sido vistos.
Doña María Fernanda, que había viajado cuatro horas desde Jonuta, se emocionó cuando escuchó que el gobernador dijo “no venimos a simular, sino a cumplir”. Don Atanasio, campesino de Huimanguillo, levantó el puño. No gritaban. Asentían. Así se reconoce lo verdadero en política: con el gesto que no está ensayado.
Y entonces llegó la frase que quedó suspendida en el aire, como cierre de un ciclo: “Hasta los adversarios ya se dieron cuenta de que no estamos jugando”. Ese fue el momento en que el gobierno dejó de defender logros y comenzó a ejercer autoridad.

LA SALIDA Y LO QUE QUEDA
El mensaje duró poco más de una hora. Cuarenta aplausos, ninguno coreografiado. No hubo pose final. No hubo caminata hacia cámaras. May salió por una puerta lateral. Sin teatro. Sin firma ornamental. Afuera, las familias se acomodaban para volver. Sin euforia. Sin decepción. Con certeza.
Los funcionarios retomaron sus agendas. Los alcaldes conversaron en voz baja. Los periodistas enviaron audios. La vida pública regresó a su ritmo habitual. Pero el clima ya no era el mismo. Porque la frase no se queda en el salón.
La frase viaja: a despachos, cafés, pasillos, chats, redacciones, grupos donde se administra el poder y la memoria. “Hasta los adversarios ya se dieron cuenta de que no estamos jugando”. No es amenaza. No es bravata. No es consigna. Es el acto más difícil en política: Hacer sentir autoridad sin gritarla.
Lo que ocurrió no fue una fiesta. Fue un reacomodo. Quien tenía poder prestado, lo perdió. Quien tenía autoridad legítima, la ejerció. Y el pueblo —el que subió escaleras detenidas y llegó sin que nadie lo llevara— lo entendió primero. Por eso, la frase final no sonó a consigna. “Con permisito, por favor, que estamos avanzando.”
Así hablan los gobiernos que ya no piden autorización. Así suena el Estado cuando vuelve en serio.
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