ASÍ LO DIJO EL TABASQUEÑO / POR HÉCTOR I. TAPIA / 20/05/26
El viernes tuve cita con el hombre de a pie. Lo encontré detrás del mostrador de una carnicería, vendiendo mangos a veinte pesos el montoncito, y también tomando café en el Parissi. Se llame Lacho, Lupe, Asunción o Trinidad, siempre ha sido el centro de las preocupaciones de quienes escribimos para los diarios.
Me detuvo bajando por Vázquez Norte: «Me gustó El Tabasqueño de hoy». Eso me hizo sentir el nuevo golden-boy del periodismo tabasqueño. Pero a la vuelta del café Duncan, otro hombre de a pie, sin el menor tiento: «Oiga, Octavio, o como se llame, después de lo que escribió, mejor dedíquese a otra cosa». Y cruzando la 27 de Febrero, una tercera voz: «¿Hubo Tabasqueño hoy?». Eran las cuatro de la tarde y el hombre de a pie no tenía la menor idea de que Octavio, o como se llame, había cumplido puntualmente con su dislate semanal.
Por fortuna, los juntaletras tenemos nuestro desquite. Cuando en La Cabaña, el Parissi o el Pino Suárez escuchamos que los apagones no tienen cuándo acabar, inmediatamente escribimos: «El hombre de a pie dice, con toda razón, que los apagones no tienen para cuándo acabar». Y al día siguiente el hombre de a pie lee eso y comenta: «Bueno, yo no lo dije, pero debe ser cierto».
Lo curioso es que el hombre de a pie existe en todas partes y a todas horas, pero nunca en el mismo lugar donde lo buscamos. Los políticos lo invocan en campaña con una familiaridad que da ternura: «El pueblo me dijo», «La gente me pidió», «El ciudadano de a pie exige». Nadie pregunta cuál pueblo, cuál gente, cuál ciudadano. Porque en realidad no importa. El hombre de a pie es el mejor ventrílocuo de la historia: habla sin abrir la boca y dice exactamente lo que cada quien necesita escuchar.
En La Cabaña de Juárez, a ciento cincuenta metros del Palacio de Gobierno, hay una mesa donde el hombre de a pie se convierte en experto. Ahí descifra quién manda, quién cae, quién sube y por qué. Ahí el Tabasqueño es brillante o mediocre según el café que se esté tomando. Pero cuando la mesa queda vacía y solo sobreviven las tazas y el ruido del ventilador, quien estuvo ahí no fue don Chinto, ni Domitilo, ni el bueno de Cleto. Fue, simple y redondamente, el hombre de a pie. Ese que todos citan y nadie conoce, que opina sin que le pregunten y calla justo cuando más falta hace.
Me gustaría saber en qué piensa cuando despierta. Tengo la sospecha de que él se hace la misma pregunta sobre mí.
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