Donald Trump junto a JD Vance y Marco Rubio durante reunión en la Casa Blanca sobre política exterior.
Donald Trump, JD Vance y Marco Rubio encabezan una política exterior que reactiva la Doctrina Monroe y prioriza control hemisférico y presión militar selectiva.

Trump reactiva la Doctrina Monroe y redefine el orden global

WASHINGTON.— ¿Qué está revelando el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca sobre el equilibrio de poder global? Más que una sucesión de decisiones erráticas, lo que emerge es una arquitectura estratégica que combina unilateralismo hemisférico, presión militar selectiva y una narrativa económica nacionalista que intenta redefinir el lugar de Estados Unidos en un mundo fragmentado.

La nueva palabra que circula en Washington —“sanewashing”, o “lavacordura”— sintetiza ese esfuerzo por dotar de coherencia a una política exterior que oscila entre la promesa de poner fin a las “guerras estúpidas” y la ampliación del despliegue militar en múltiples frentes.

El desplazamiento de un portaviones desde el Caribe hacia Medio Oriente no es un simple movimiento táctico. En semanas recientes, Washington pasó de insinuar presión directa sobre Venezuela y Cuba a concentrar capacidades militares frente a Irán, en una acumulación de fuerzas que algunos comparan con la antesala de la invasión a Irak en 2003.

Al mismo tiempo, Trump inauguraba su Junta de Paz para la reconstrucción de Gaza, territorio devastado con armamento estadounidense. La simultaneidad de reconstrucción y amenaza bélica no es una contradicción menor: es una señal de cómo se superponen diplomacia, negocios y coerción.

En su primer año de regreso al poder, Trump reconoció ataques contra al menos siete países —Venezuela, Siria, Irak, Irán, Nigeria, Yemen y Somalia— mientras mantenía amenazas abiertas contra México, Colombia, Cuba, Groenlandia y Panamá. La frase repetida por su secretario de Estado, Marco Rubio —“Este hemisferio es nuestro”— no es retórica aislada: encaja con la reaparición explícita de la Doctrina Monroe en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional.

El resurgimiento de esa doctrina, formulada en el siglo XIX para bloquear la injerencia europea en América, adquiere ahora un nuevo significado. Ya no se trata solo de contener potencias externas, sino de disputar influencia a China y Rusia en América Latina y asegurar control sobre rutas estratégicas y minerales críticos.

Hemisferio, expansión y recursos estratégicos

La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero —por un Departamento de Guerra rebautizado con esa denominación histórica— explicitó prioridades que exceden el discurso tradicional: asegurar acceso al Canal de Panamá, al Golfo de México (rebautizado por Trump como “Golfo de América”) y a Groenlandia. Esta última, territorio autónomo bajo soberanía danesa, se convirtió en obsesión presidencial por su valor geopolítico en el Ártico y sus reservas de minerales críticos.

Trump ha ido más lejos: insinuó que Canadá podría transformarse en el estado 51 y reiteró que Groenlandia debería incorporarse “quiera o no”. Las declaraciones, lejos de ser excentricidades aisladas, se insertan en una lógica de expansión estratégica vinculada a seguridad energética, minerales críticos y rutas marítimas en un contexto de competencia sistémica con China.

La Junta de Paz sobre Gaza también debe leerse en esa clave. El involucramiento de Jared Kushner en el diseño de desarrollos inmobiliarios y bases militares sobre territorio palestino conecta diplomacia, reconstrucción y negocios. No es sólo política exterior: es geoeconomía aplicada.

Desde América Latina, el impacto es directo. El énfasis en frenar el fentanilo que ingresa por la frontera sur, central en el discurso del vicepresidente JD Vance, vincula seguridad interna con política exterior. La eventual militarización de la lucha antidrogas podría reconfigurar la relación con México y otros países de la región.

Los actores clave y la narrativa de “America First”

Marco Rubio, Scott Bessent y JD Vance cumplen un rol crucial en dar coherencia al proyecto. Rubio, históricamente asociado al intervencionismo neoconservador, ahora traduce la agenda en términos de “America First”. En Múnich habló de civilización occidental y de una cadena de suministro segura para minerales críticos que no dependa de potencias rivales.

Bessent, secretario del Tesoro y enlace con Wall Street, es el encargado de explicar cómo los aranceles pueden fortalecer la posición estratégica estadounidense. Fue él quien persuadió a Trump de pausar medidas que deprimían los mercados de bonos. Su rol refleja la tensión entre nacionalismo económico y estabilidad financiera global.

Vance, con ambiciones presidenciales hacia 2028, enfatiza que el enemigo inmediato no es Ucrania sino el fentanilo. Esa jerarquización redefine prioridades estratégicas y explica el desplazamiento del foco europeo hacia el hemisferio occidental.

La palabra “sanewashing” intenta describir el esfuerzo interno por racionalizar contradicciones. Pero más allá de las maromas discursivas, lo que emerge es una redefinición del papel de Estados Unidos en el orden internacional: menos multilateral, más transaccional, con instituciones internacionales debilitadas y alianzas sometidas a cálculo utilitario.

Donald Trump junto a Marco Rubio, JD Vance y Scott Bessent en retratos oficiales.
El presidente y su círculo estratégico impulsan una política exterior menos multilateral y más transaccional, con foco en minerales críticos, rutas estratégicas y presión hemisférica.

Un orden en transición

La pregunta estructural es si esta estrategia fortalece o erosiona la posición global estadounidense. Por un lado, consolida control sobre recursos y rutas estratégicas. Por otro, tensiona alianzas tradicionales y refuerza la percepción de unilateralismo.

En América Latina, la revitalización de la Doctrina Monroe puede generar alineamientos forzados y resistencias. En Europa, la insistencia en una civilización occidental compartida busca cohesión ideológica, pero el desinterés relativo por Ucrania inquieta a socios de la OTAN.

En Medio Oriente, la simultaneidad de reconstrucción en Gaza y amenaza sobre Irán introduce un factor de inestabilidad que puede escalar regionalmente. En el Ártico, la presión sobre Groenlandia abre un frente diplomático con Dinamarca y la Unión Europea.

El orden internacional atraviesa una fase de competencia abierta entre grandes potencias. La política de Trump no crea esa rivalidad, pero la gestiona bajo parámetros que privilegian control territorial, recursos estratégicos y presión militar directa. La incógnita es si ese enfoque consolidará poder o acelerará la fragmentación del sistema internacional.

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